Otras historias

Visita del papa Francisco a San Alfonso María de Ligorio
"Mucha gente –y no tan alejada de la Iglesia- piensa que los curas sólo celebramos misas, entierros y cosas por el estilo. Ignoran esta otra labor humana y social que tenemos que hacer a veces"

Al principio pensé en titular: “Cosas que los curas (también) tenemos que hacer”, pero pensé en mi vecino de blog,  José Manuel Carballo, que en sus publicaciones sucesivas de “Curas e fregueses” habló mucho de la labor humana y social que realizan muchos curas en sus parroquias. Yo, cuando las leía, me acordaba del que fue mi párroco de A Pedra, Atilano Maciñeira: gracias a él empezamos a tener agua corriente en las casas y los viejos caminos de carro se fueron transformando en pistas de asfalto.

Mucha gente –y no tan alejada de la Iglesia- piensa que los curas sólo celebramos misas, entierros y cosas por el estilo. Ignoran esta otra labor humana y social que tenemos que hacer a veces. Aquí van unos ejemplos.
 

Ayudante (no técnico) sanitario

Aquellas señoras vivían en medio de Ferrol como si todavía estuviesen viviendo en su Mazaricos natal: lareira, montones de papeles y leña y humo por todas partes, cuyo aroma iban difundiendo a su paso. Una noche me llamaron porque una de ellas, la más corpulenta, se había puesto muy mala. Llegué allí y, al ver la situación me avisé al médico don Ramón Cordero, quien le recetó unas inyecciones. Tuve que ir a levantar de cama al bueno de don Ramón, el practicante que llegó dispuesto a clavar la jeringuilla. ¡Pero ahí empezaba el problema! ¿Quién movía aquél corpachón tendido en el camastro para inyectarle en el glúteo? No había manera porque ella estaba inconsciente y era, como suele decirse, un peso muerto. Decidimos subirnos los dos a la cama y, mal que bien, la colocamos apropiadamente. La buena señora no reaccionó  y a los pocos días falleció. Aparte de los “auxilios espirituales”, humanamente se hizo lo que se pudo.

Otras veces tuve que hacer de recadero de una señora mayor que vivía en un bajo de la calle María y no podía salir: hacía encargos a todos los que pasaban por su acera. Otras veces hice de “bombero” en casos de riñas familiares o violencia doméstica. Hasta hice de “canguro” de unos niños extranjeros mientras su mamá iba a dar a luz y su papá no podía faltar del trabajo…
 

Buscando a un padre

Amelia servía en una casa importante de la zona. Un marinero “de Betanzos” la había dejado embarazada. Los conserjes de la finca nos explicaron el caso. Cuando dio a luz ella quiso localizar al padre de la criatura. Y allá nos fuimos David (que me ayudaba en Dolores) y yo por los labrantíos de Mesía y Visantoña. Preguntamos a unos y otros y nos identificaron al dichoso “marinero de Betanzos”. El abuelo estaba trabajando en una leira cercana: le expusimos la situación y nos escuchó callado todo el rollo. Como toda respuesta nos dijo con aire retranqueiro: “Eu non teño ningún neto en Ferrol”. Regresamos con nuestro fracaso a cuestas.
 

No al reformatorio

Luisito era un muchacho hiperactivo a cuyas continuas travesuras era incapaz de poner coto su afligida abuela viuda que, además de él, tenía que cuidar de la madre de la criatura, mentalmente débil. Las profesoras del colegio y algunos vecinos ya hablaban de que había que meterlo en el reformatorio: el famoso Palavea, en la entrada de A Coruña. En la parroquia le dábamos vueltas a lo que se podía hacer para buscar otra solución, digamos menos “traumática”. Y se nos ocurrió pensar en “La Ciudad de los Muchachos” del padre Silva, que entonces estaba en su apogeo. Y allá nos fuimos a Orense con Luisito para que lo viesen y para comprobar si a él le iba aquel centro con tantas oportunidades. Creo que estuvimos dos días por allí; al final el muchacho dijo que aquello no le gustaba y los de la Ciudad tampoco podían quedarse con alguien que no aceptase libremente ingresar. Otro fracaso. Pasó algo de tiempo y ocurrió lo previsible: ¡Fue a parar a Palavea! Estos días apareció en la prensa una noticia sobre “los últimos de la Ciudad de los Muchachos”: los pocos que aún quedaban por allí, con mucha añoranza del Circo y del padre Silva, tuvieron que desalojar, porque el solar había sido adquirido por otro propietario.
 

Tutelando al ratero

Se había criado con sus hermanos en el Hospicio y de allí me venía la relación con su madre y sus hermanos. Eran un desastre. El hermano más pequeño, V.M. pronto se convirtió en un raterillo, una vez que ya se disolvió el Hospicio y empezó a andar a su aire. Fundieron todo lo que les correspondió de indemnización por la muerte en atropello de su madre. Quedaron sin casa y V.M. prácticamente vivía en la calle. Poco a poco los delitos eran más graves: de sustracciones de los bolsos de las señoras a robos con violencia y algún asalto a las tiendas… Consecuencia: frecuentes y cada vez más largas visitas a la cárcel de Paradela. Como no tenía otro, daba como domicilio la parroquia del Carmen: yo lo traía y lo llevaba en un taxi que, eso sí, él pagaba religiosamente de su “peculio”. Siempre me acordaré de lo que me decía: “Don Rosendo, ¡qué bonitas son las calles de Ferrol! ¡Qué bien se siente uno cuando está libre!”.
 

Los duelos

Por supuesto que una de las tareas que hacen los párrocos con más frecuencia es acompañar en los duelos. Algunos son muy duros, porque el dolor es grande y lo único que puedes hacer además de rezar- es estar calladamente, con una presencia cariñosa y compasiva. A mí me tocaron dos extraordinariamente graves.

+ Aquel accidente en la autopista de Santiago había sido terrible. Murieron todos, los cuatro que iban en el coche: abuelo, hijo, nuera y nieta mayor. Nunca había hecho un entierro con cuatro ataúdes. Quedó sola la nieta más joven, de unos catorce años, que se mantuvo entera durante las exequias y hasta leyó un emocionante escrito dedicado a su hermana mayor. Los primeros días la tuvieron en su casa unas amigas como una hermana más; más tarde, se la llevaron con ellos unos tíos que vivían en Madrid: a ella y a la abuela materna. Pero yo no me conformé y quise comprobar “in situ” cómo llevaban el duelo: me fui a Madrid, estuve con ellos y vi que la chica estaba bastante tranquila.

+ Era una joven de Ferrol que emigró a Londres en busca de trabajo: lo encontró y encontró también el amor de su vida, un joven neozelandés compañero de trabajo. Estaban muy enamorados y hasta vinieron a casarse a san Julián de Ferrol. Cuando tuvieron un niño también vinieron a bautizarlo aquí. En un momento determinado la empresa los destinó precisamente a Nueva Zelanda. Allá vivieron felices un tiempo hasta que ella contrajo una grave dolencia cerebral que la postró en la cama de un hospital. Ni corta ni perezosa, la madre se fue para allá a cuidarla hasta que su hija falleció. Vinieron todos a darle sepultura aquí. Me conmovió la fortaleza y la ternura de aquél esposo y padre llevando a su niño –tendría  cuatro años- tanto al sepelio como al funeral. Sin miedo a que le produjera ningún trauma le iba diciendo: “Ahí en esa cajita va mami”. Y cuando ya se cerró el nicho: “Échale un besito de despedida a mamá”. Durante todo el funeral, en brazos de unos y otros, estuvo calladito hasta que se durmió. Yo nunca había visto una cosa igual. Pero no quiero dejaros con esta sensación triste, por eso ahora os contaré.
 

Las encomiendas de Cuco

Sabido es que Cuco Ruiz de Cortázar (a veces le llamábamos “Mamá Cuco”) se metía en todos los fregados para evangelizar a su manera, haciendo el bien y tratando de solucionar los problemas de tipo social o económico que tenía la gente. Cuando ya no daba abasto, repartía juego y “delegaba” en otros ciertos asuntos. Así me encomendó a mí, en colaboración con la incansable Josefiña Ameneiros, el tema de la renovación del antiguo Patronato “Amelia Fagundez”, que había sido fundado para ayudar a las chicas trabajadoras que venían de fuera. Se vendió el antiguo inmueble y se compró otro para establecer el nuevo Patronato “Concepción Arenal”, residencia y apoyo de la mujer trabajadora- mayormente empleadas de hogar- que no eran internas o ya estaban retiradas. Lo conseguimos, pero después de realizar innumerables gestiones en el Ayuntamiento, Gobierno Civil, Diputación, etc. Recuerdo que hasta una vez Josefa y yo fuimos a visitar en busca de ayuda a la mismísima Condesa de Fenosa.

También heredé de Cuco las excursiones para “Empleadas de Hogar”, que englobaba a más gente. Hacíamos cada verano cuatro o cinco que duraban el día. Así recorrimos casi toda Galicia. Había que hacer de todo, desde reservar el autobús, asignar las plazas... Y durante el viaje animar con cantos y chistes al personal. Una vez llegados al destino principal teníamos la eucaristía (alguna ocasión en pleno campo), la comida, la fiesta con cantos,  bailes (“baile Señor Cura baile..”), sorteos y otras gansadas. La gente lo pasaba pipa y volvía cansada, pero ya pensando en la próxima. Es de justicia reconocer que en todo esto colaboraba mi feligresa de Dolores Mª del Carmen Alvariño, siempre disponible.

Ya sé que todos los sacerdotes realizaban estas actividades o similares, pero yo cuento mi experiencia.

17 de abril de 2016, domingo del Buen Pastor

Publicado: 19/04/2016: 4193