Sección litúrgica "Dominus"

1ª semana del Tiempo de Adviento

Domingo 29 de noviembre de 2020. Comienzo del Tiempo de Adviento

Viene el Señor: anunciémoslo con obras y con palabras

Nos disponemos, un año más, a vivir ese tiempo de Adviento, con la mirada puesta en la venida de Jesucristo al final de los tiempos y con el corazón abierto para celebrar las próximas fiestas de la Encarnación de Señor, las fiestas de la Natividad y Epifanía de nuestro Señor. Las tres palabras: Adviento, Navidad y Epifanía, o sea, venida, nacimiento y manifestación, apuntan a lo mismo, que el Hijo de Dios, Cristo Jesús, se ha querido hacer presente en nuestra historia para comunicarnos su salvación.

La Iglesia nos recuerda: Que con el adviento iniciamos una etapa y una oportunidad nueva de salvación. Que Cristo sigue viniendo en la historia, a través de la historia y sometido a la historia. A veces bajo forma de emigrante, desplazado, marginado o niño; otras veces, bajo forma de resurrección a través de hechos liberadores y alegres. Que para descubrirlo es necesario estar vigilantes, con el corazón expectante y comprometerse en el presente con lucidez, con perspectiva de plenitud y futuro y la mirada fija en él. Que hemos de anunciarlo a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo con nuestras vidas y con nuestras palabras.
 

Monición de entrada

Bienvenidos todos a la celebración de la Eucaristía. Hoy comenzamos un nuevo tiempo litúrgico, el Adviento; tiempo de esperanza y alegría, de preparación y de vigilancia. Durante estos cuatro domingos, se nos hace una llamada a vivir con ilusión la fe en Jesús. Él viene constantemente a nuestras vidas, y nosotros, con el corazón abierto, preparamos su venida llenos de gozo y esperanza. Las velas y la luz de la Corona de Adviento nos preparan para recibir una vida que va a nacer en Belén. El Evangelio nos dice que estas luces nos tienen que ayudar a estar en vela, despiertos, para que nazca algo bueno en nuestro corazón. Con esta intención y llenos de gozo iniciamos la celebración.
 

EVANGELIO

Marcos 1, 1-8

Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino;  voz del que grita en el desierto: “Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos”»; se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.  Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
 

COMENTARIO: "La casa de Jesús", por José Antonio Pagola

Jesús está en Jerusalén, sentado en el monte de Los Olivos, mirando hacia el Templo y conversando confidencialmente con cuatro discípulos: Pedro, Santiago, Juan y Andrés. Los ve preocupados por saber cuándo llegará el final de los tiempos. A él, por el contrario, le preocupa cómo vivirán sus seguidores cuando ya no le tengan entre ellos.

Por eso, una vez más les descubre su inquietud: «Mirad, vivid despiertos». Después, dejando de lado el lenguaje terrorífico de los visionarios apocalípticos, les cuenta una pequeña parábola que ha pasado casi desapercibida entre los cristianos.

«Un señor se fue de viaje y dejó su casa». Pero, antes de ausentarse, «confió a cada uno de sus criados su tarea». Al despedirse, sólo les insistió en una cosa: «Vigilad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa». Que cuando venga, no os encuentre dormidos.

El relato sugiere que los seguidores de Jesús formarán una familia. La Iglesia será "la casa de Jesús" que sustituirá a "la casa de Israel". En ella todos son  servidores. No hay señores. Todos vivirán esperando al único Señor de la casa: Jesús el Cristo. No lo olvidarán jamás.

En la casa de Jesús nadie ha de permanecer pasivo. Nadie se ha de sentir excluido, sin responsabilidad alguna. Todos son necesarios. Todos tienen alguna misión confiada por él. Todos están llamados a contribuir a la gran tarea de vivir como Jesús al que han conocido siempre dedicado a servir al reino de Dios.

Los años irán pasando. ¿Se mantendrá vivo el espíritu de Jesús entre los suyos? ¿Seguirán recordando su estilo servicial a los más necesitados y desvalidos? ¿Lo seguirán por el camino abierto por él? Su gran preocupación es que su Iglesia se duerma. Por eso, les insiste hasta tres veces: "vivid despiertos". No es una recomendación a los cuatro discípulos que lo están escuchando, sino un mandato a los creyentes de todos los tiempos: «Lo que os digo a vosotros, os lo digo a todos: velad».

El rasgo más generalizado de los cristianos que no han abandonado la Iglesia es seguramente la pasividad. Durante siglos hemos educado a los fieles para la sumisión y la obediencia. En la casa de Jesús sólo una minoría se siente hoy con alguna responsabilidad eclesial.
 
Ha llegado el momento de reaccionar. No podemos seguir aumentando aún más la distancia entre "los que mandan" y "los que obedecen". Es pecado promover el desafecto, la mutua exclusión o la pasividad. Jesús nos quería ver a todos despiertos, activos, colaborando con lucidez y responsabilidad.
 

REFLEXIÓN: "Atención, oremos vigilando", POR javier leoz

1.- Que Dios sigue pasando a nuestro lado es una realidad, que hace felices a los que saben atender, acoger y entender los signos de su presencia. Pasa el Señor y, lo hace, sin excesivo ruido. Pasa el Señor, ciertamente, ¿por qué muchos “pasan” de El?

Comenzamos el Adviento. Nos sensibiliza ante la llegada inminente de la Navidad. Todos los años, y no está demás que lo repitamos, los próximos días serán santos si preparamos un buen terreno y un buen fondo para que Jesús nazca. Como preparamos el hogar para la llegada de un invitado, también –y mucho mejor- hemos de preparar la casa del corazón y el alma misma para el nacimiento de Cristo.

2.- ¿Atención? Si. Atentos al Señor que viene; si nos encuentra despistados, mirando en la dirección equivocada, distraídos en lo secundario, entonces, el Señor no centralizará la grandeza ni el núcleo de la Navidad. El adviento, por ser tiempo de esperanza, nos invita a esperar con el ritmo de Dios. ¿Qué tal si buscamos un espacio de silencio, una meditación diaria de la Palabra para atender y entender el sentido, y también el sinsentido, de las próximas fechas navideñas? ¿En qué vamos a poner el acento en estos próximos días previos a la navidad?

¿Oración? Es urgente y necesaria en una realidad donde los decibelios no nos dejan escuchar ni el latir de nuestro corazón, ni el gemir de la realidad sufriente de los demás. La oración nos pone delante de la presencia misteriosa del Señor. El Adviento, por ser tiempo de silencio, nos invita a no escondernos en esos pequeños paraísos que nos montamos y que nos alejan de un Dios que, ante todo y sobre todo, es salvación. La oración nos abre, nos esponja estas semanas para que, luego, sintamos de verdad que Dios se hace niño en Belén.

¿Vigilancia? Y, además, activa. No es quedarnos inmóviles o mirando en una única dirección. El vigilante sabe que, por cualquier abertura, puede colarse el ladrón. El amigo de Dios ha de estar vigilante porque, por muchas ventanas, entran las ansías de buscarle y de encontrarle y, por otras tantas, nos invade un río de contaminación en un intento de desorientarnos y de alejarnos de aquel horizonte por el cual, el Señor, viene hasta nosotros.

3.- Adviento. Lo necesitamos. ¡Qué déficit de esperanza el nuestro! Viene el Señor, porque nos ve vacíos. Cuántas estrellas que iluminan las calles y, los que las han puesto, las han levantado sin saber por qué ni por quién.

Adviento. ¡Bienvenido sea! ¡Qué ganas tenemos de un Niño que nos reúna en torno a la mesa y nos haga vislumbrar que, el mundo, aún tiene solución!
Adviento. Es el Señor, que llega.
 

PRECES

• Por la Iglesia, el Papa, los obispos, sacerdotes, diáconos y laicos comprometidos, para que guíen a su pueblo al encuentro con el Señor. Roguemos al Señor...

• Por los gobernantes de todas las naciones, para que reconozcan la necesidad de buscar en Cristo la razón de ser de sus gobiernos en la lucha por la paz verdadera. Roguemos al Señor...

• Por los pobres, marginados, enfermos y desamparados que no tienen pan, techo ni con que abrigarse, para que compartamos con ellos lo que tenemos, no lo que nos sobra. Roguemos al Señor...

• Por los padres e hijos, para que construyan la unidad familiar con Cristo como centro de sus vidas. Roguemos al Señor...

• Por todos nosotros, para que la presencia de Cristo en esta celebración nos mueva a estar vigilante y en oración esperando su llegada. Roguemos al Señor...
 

DESPEDIDA

Bendito seas Señor Jesús, tú que vives por siempre,
porque durante tu corta ausencia confías en nosotros
y nos encomiendas la inmensa tarea de un amor vigilante
que no echa la siesta cuando hay tanto que hacer en torno.

Esperamos tu venida con actitud alegre y dinámica,
sin ansiedad estéril ni expectación angustiosa.
Ayúdanos a unir productivamente la esperanza y el esfuerzo
para acelerar el día venturoso de la llegada de tu reino.

No permitas, Señor, que se enfríe nuestro corazón,
para que al llegar nos encuentres con las manos en la tarea
de amasar un mundo mejor y el corazón ocupado en amar.

Amén

Servicio Diocesano de Comunicación

@mondonedoferrol