Evaristo, de la Gándara

Por el religioso claretiano, Juan Cabo Meana

"Su corazón es pasión por ver medrar a las personas, salir de su postración, elevarlas a la categoría que el bautismo les ha conferido. Enérgico, colérico, de mala leche pero al mismo tiempo profundo, espiritual, humano, lleno de Dios"

Evaristo, o D. Evaristo, estaba ayer en Mondoñedo con un bastón, apoyado en él y muy atento. Celebraba 50 años de sacerdocio junto con otros compañeros. Gordo y algo más deteriorado en lo externo, conservaba el frescor del último revolucionario de mayo del 68, como así lo llamamos los que nos tenemos por amigos suyos.

Evaristo representa, hoy retirado, el modelo de presbítero que desea la Iglesia de Dios. Apasionado por el Reino de Dios y su justicia. Su palabra es fuego, como la del Bautista, que no soporta la hipocresía del mundo y la ambigüedad para con los valores del Reino. Su corazón es pasión por ver medrar a las personas, salir de su postración, elevarlas a la categoría que el bautismo les ha conferido. Enérgico, colérico, de mala leche, pero al mismo tiempo profundo, espiritual, humano, lleno de Dios. Ayer dijo cosas inconexas... fue lo de menos. El protocolo le hacía callar porque ya se pasaba dos pueblos cuando toma la palabra. Pero algunos hemos visto el alma de este profeta. El nuevo obispo, Luis Ángel, le dio un abrazo fuerte como si ya le conociera o como si su ánimo profético le inspirara que allí había calidad de la buena.

Ayer me metía con los curas. Me duelen determinados curas y sus formas. Pero me compensan los Evaristos que dejaron su piel en el intento de cambiar este mundo ancho y ajeno como decía el poeta peruano César Vallejo. Curas que se prendieron del Evangelio, no del Derecho en sí, de la norma disciplinar como forma de vida, sino del Evangelio. Evangelio es aquello de "Felices y bienaventurados porque vuestros nombres están inscritos en el libro de la Vida"; o aquello de "Yo soy", el pan de Vida, el Camino, el Buen Pastor... Evangelio es el encuentro y la permanencia con Jesús; esto que lo decimos tantas veces pero no cala en nosotros porque la norma se nos pone como una zancadilla: esto está prohibido... esto no lo consiente la santa Madre Iglesia... esta manera que usted tiene de ver las cosas no las considera la Iglesia..., etc. La norma, antepuesta a la persona, criminaliza a la persona. Llega un momento que la hace culpable, ex-cluida, ex-comulgada. Fuera del fuego ardiente de la Gracia de Dios. Y la labor de esa persona que sabe en teoría del amor de Dios pero que la norma se le ha cruzado permanentemente en su camino, es una labor zafia, aterradora. De miedo. Porque miedo es que te digan que estás excluido, que estás en pecado mortal, que tienes una montaña que escalar para llegar a Dios y esa montaña es para ti imposible...: No puedes, estás sin fuerza. Sacerdotes de esa casta de tremendas aseveraciones y juicios para con los demás, son los que hay que evitar y quisiera colaborar desde mi humilde posición a reírnos de ellos. Reírse, como en la novela de El Nombre de la Rosa donde fray Guillermo de Baskerville, ridiculiza al rigorista anciano del monasterio, Jorge de Burgos, representante de la más venerable tradición monacal que impedía la risa en sus religiosos. Reirse porque la norma no es la última palabra de nada, sino Jesús vivo y presente.

Por eso traigo aquí a Evaristo, singular representante de la influencia del Vaticano ll; hombre que la gente le aclama, respeta y quiere. Porque lleva delante no el tropiezo de la norma sino el cántaro del agua del Evangelio de Jesús. Felicidades maestro y unha apreta.

Por Juan Cabo Meana-CMF

Publicado: 11/05/2016: 11208
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