Ferrol, 1972

Escrito del obispo con motivo del 50º aniversario de los sucesos del 10 de marzo de 1972

"Tenemos que estar orgullosos porque la Iglesia de Mondoñedo-Ferrol de aquel momento supo acompañar providencialmente al pueblo y participar de sus gozos, luchas y esperanzas"

Conmemoramos hoy el cincuenta aniversario de los sucesos que acontecieron en la ciudad de Ferrol el 10 de marzo de 1972 y que causaron tristemente dos fallecidos: Amador Rey y Daniel Niebla. Se trata de una fecha clave en la historia de toda esta ciudad. Seguro que muchos de vosotros todavía la guardáis en vuestro corazón. Enmarcados en una época muy distinta a la nuestra, es bueno que la podamos recordar, no sólo para realizar un ejercicio histórico, sino fundamentalmente para hacer memoria de lo acontecido y despertar claves fundamentales que no debemos olvidar ni como sociedad ni como Iglesia.

Todos somos conscientes del momento convulso que se vivía en aquellos días de ausencia de libertades, de ansias de participación política y sindical, de lucha por la justicia y la dignidad de los trabajadores… Lo vivido durante aquellos meses contribuyó al crecimiento en los valores del movimiento obrero y en la dignidad como pueblo, así como propició también el camino a la democracia. También nuestra Iglesia particular con su obispo supo estar a la altura del momento, acompañando e iluminando los sufrimientos y luchas que se vivían.

La conmemoración de hoy, y siendo conscientes de las diferencias que nos separan, me sugiere dos llamadas de atención desde el punto de vista social. Por una parte, la urgencia de fomentar una participación que propicie una auténtica democracia. Nuestros tiempos se han contagiado de un cierto retroceso democrático que deriva en el auge de los populismos, el enfrentamiento entre bloques que dificulta el diálogo y el consenso, la ausencia de compromiso comunitario, la primacía del bien individual sobre el bien común, la primacía de los intereses económicos sobre las personas... Muchos autores hablan hoy de una situación de peligro de la democracia porque, con apariencias de falsas tolerancias, se impone un único criterio de verdad y se ignora a las minorías, dificultando las libertades y el ejercicio de los derechos. Además, la ausencia de una verdadera educación ciudadana y de una auténtica participación, como alma de la democracia, gangrena su propio futuro.

El acercamiento a aquellos momentos históricos nos retrotrae a sueños compartidos, a luchas comunitarias, a esfuerzos de muchas personas, a ideales que motivan. La libertad y la democracia, en lo que supone de lucha por la justicia, ha sido siempre una conquista de cada generación. También “la Iglesia aprecia el sistema de la democracia“ (CA 46) y se esfuerza en cultivar aquellos valores que la propician, fundamentan y consolidan: la dignidad y sociabilidad de la persona humana, el bien común, el diálogo y la participación… Sólo una buena política contribuye a una ciudadanía activa que consolida una auténtica democracia.

Junto a ello, aquellos sucesos que hoy recordamos tuvieron como marco principal la reivindicación de un trabajo digno. Se convierte este en una segunda llamada que hoy podemos hacer nuestra. Como nos recuerda la enseñanza social, el trabajo digno es el que se realiza en unas condiciones que respetan en su integridad la dignidad de la persona que lo realiza. En ese sentido, las circunstancias actuales nos muestran la precariedad laboral que se ha instalado en nuestro sistema de producción. En el momento actual siguen primando los intereses del capital sobre el trabajo, primando una visión meramente mercantilista. Además, la individualización que domina las relaciones laborales dificulta una visión más global que beneficiaría al conjunto de los trabajadores, incluidos los que no tienen acceso al empleo. Recordar hoy esta fecha nos debe de llevar a todos a comprometernos por un trabajo decente.

Pero, si desde el punto de vista social esas son las dos invitaciones que propongo, también son dos las provocaciones que esta fecha nos sugiere a nuestra Iglesia de Mondoñedo-Ferrol. Por una parte, me parece urgente animar y educar en nuestro pueblo cristiano la dimensión social de la fe que tanto se propiciaba en aquellos momentos. Hoy es una de las urgencias que nos recuerda el papa Francisco y que constituye un elemento esencial de esta nueva etapa evangelizadora. La opción por Jesús entraña consecuencias comunitarias y sociales, porque la evangelización es “hacer presente en el mundo el Reino de Dios” (EG 176): un Reino que, siendo escatológico, es capaz de generar historia de fraternidad, de justicia, de dignidad, de felicidad y plenitud, de lucha por la inclusión de los pobres… Evadirnos de estos compromisos sociales es edulcorar el Evangelio e impedir la vocación a ser levadura y sal. Una auténtica espiritualidad cristiana, que tanto necesitamos, deriva en la necesidad de tocar la carne de los que sufren.

Junto a ello, creo que es bueno profundizar en lo que significa “el gozo de ser Pueblo” (EG 268). Desde mi humilde punto de vista, tenemos que estar orgullosos porque la Iglesia de Mondoñedo-Ferrol de aquel momento supo acompañar providencialmente al pueblo y participar de sus gozos, luchas y esperanzas. Se percibe, en los relatos de los protagonistas, una Iglesia que se sabe pueblo, que está cerca de la vida de la gente, unos pastores que se sienten parte del pueblo… La clave de la encarnación, como característica fundamental de la evangelización, nos lleva a estar permanentemente atentos al camino de nuestro pueblo, sintiéndonos parte de él, acompañando y generando esperanza y luz, desde la certeza de que la historia de la salvación se fragua con los mimbres de nuestra propia historia.

Al compartir con vosotros estos sentimientos que llevo en mi corazón, no trato de idealizar un momento histórico que tuvo sus sombras, como todos: pero sí pretendo leer esta historia para que siga siendo nuestra maestra en estos momentos en los que vivimos un proceso sinodal, proceso de escucha y de conversión.
 

GALEGO

Conmemoramos hoxe o cincuenta aniversario dos sucesos que aconteceron na cidade de Ferrol o 10 de marzo de 1972 e que causaron tristemente dous falecidos: Amador Rey e Daniel Niebla. Trátase dunha data crave na historia de toda esta cidade. Seguro que moitos de vós aínda a gardades no voso corazón. Enmarcados nunha época moi distinta á nosa, é bo que a podamos lembrar, non só para realizar un exercicio histórico, senón fundamentalmente para facer memoria do acontecido e espertar claves fundamentais que non debemos esquecer nin como sociedade nin como Igrexa.

Todos somos conscientes do momento convulso que se vivía naqueles días de ausencia de liberdades, de ansias de participación política e sindical, de loita pola xustiza e a dignidade dos traballadores… O vivido durante aqueles meses contribuíu ao crecemento nos valores do movemento obreiro e na dignidade como pobo, así como propiciou tamén o camiño á democracia. Tamén a nosa Igrexa particular co seu bispo soubo estar á altura do momento, acompañando e iluminando os sufrimentos e loitas que se vivían.

A conmemoración de hoxe, e sendo conscientes das diferenzas que nos separan, suxíreme dúas chamadas de atención desde o punto de vista social. Por unha banda, a urxencia de fomentar unha participación que propicie unha auténtica democracia. Os nosos tempos contaxiáronse dun certo retroceso democrático que deriva no auxe dos populismos, o enfrentamento entre bloques que dificulta o diálogo e o consenso, a ausencia de compromiso comunitario, a primacía do ben individual sobre o ben común, a primacía dos intereses económicos sobre as persoas... Moitos autores falan hoxe dunha situación de perigo da democracia porque, con aparencias de falsas tolerancias, imponse un único criterio de verdade e ignórase ás minorías, dificultando as liberdades e o exercicio dos dereitos. Ademais, a ausencia dunha verdadeira educación cidadá e dunha auténtica participación, como alma da democracia, gangrena o seu propio futuro.

O achegamento a aqueles momentos históricos retrotráenos a soños compartidos, a loitas comunitarias, a esforzos de moitas persoas, a ideais que motivan. A liberdade e a democracia, no que supón de loita pola xustiza, foi sempre unha conquista de cada xeración. Tamén “a Igrexa aprecia o sistema da democracia“ (CA 46) e esfórzase en cultivar aqueles valores que a propician, fundamentan e consolidan: a dignidade e sociabilidade da persoa humana, o ben común, o diálogo e a participación… Só unha boa política contribúe a unha cidadanía activa que consolida unha auténtica democracia.

Xunto a iso, aqueles sucesos que hoxe lembramos tiveron como marco principal a reivindicación dun traballo digno. Convértese este nunha segunda chamada que hoxe podemos facer nosa. Como nos lembra o ensino social, o traballo digno é o que se realiza nunhas condicións que respectan na súa integridade a dignidade da persoa que o realiza. Nese sentido, as circunstancias actuais móstrannos a precariedade laboral que se instalou no noso sistema de produción. No momento actual seguen primando os intereses do capital sobre o traballo, primando unha visión meramente mercantilista. Ademais, a individualización que domina as relacións laborais dificulta unha visión máis global que beneficiaría ao conxunto dos traballadores, incluídos os que non teñen acceso ao emprego. Lembrar hoxe esta data débenos levar a todos a comprometernos por un traballo decente.

Pero, se desde o punto de vista social esas son as dúas invitacións que propoño, tamén son dúas as provocacións que esta data nos suxire á nosa Igrexa de Mondoñedo-Ferrol. Por unha banda, paréceme urxente animar e educar no noso pobo cristián a dimensión social da fe que tanto se propiciaba naqueles momentos. Hoxe é unha das urxencias que nos lembra o papa Francisco e que constitúe un elemento esencial desta nova etapa evanxelizadora. A opción por Xesús supón consecuencias comunitarias e sociais, porque a evanxelización é “facer presente no mundo o Reino de Deus” (EG 176): un Reino que, sendo escatolóxico, é capaz de xerar historia de fraternidade, de xustiza, de dignidade, de felicidade e plenitude, de loita pola inclusión dos pobres… Evadirnos destes compromisos sociais é edulcorar o evanxeo e impedir a vocación para ser fermento e sal. Unha auténtica espiritualidade cristiá, que tanto necesitamos, deriva na necesidade de tocar a carne dos que sofren.

Xunto a iso, creo que é bo profundar no que significa “o gozo de ser Pobo” (EG 268). Desde o meu humilde punto de vista, temos que estar orgullosos porque a Igrexa de Mondoñedo-Ferrol daquel momento soubo acompañar providencialmente ao pobo e participar dos seus gozos, loitas e esperanzas. Percíbese, nos relatos dos protagonistas, unha Igrexa que se sabe pobo, que está preto da vida da xente, uns pastores que senten parte do pobo… A clave da encarnación, como característica fundamental da evanxelización, lévanos a estar permanentemente atentos ao camiño do noso pobo, sentíndonos parte del, acompañando e xerando esperanza e luz, desde a certeza de que a historia da salvación se fragua coas vimbias de nosa propia historia.

Ao compartir convosco estes sentimentos que levo no meu corazón non trato de idealizar un momento histórico que tivo as súas sombras, como todos: pero si pretendo ler esta historia para que siga sendo nosa mestra nestes momentos nos que vivimos un proceso sinodal, proceso de escoita e de conversión.

Mons. Fernando García Cadiñanos

Burgos (1968) - Obispo de Mondoñedo-Ferrol