Balance de un viaje

  • Mensaje del obispo de Mondoñedo-Ferrol con motivo de la reciente visita del papa León XIV a España

Acabamos de vivir una experiencia maravillosa: el viaje del papa León XIV a nuestro país. Sin duda, todos hemos podido experimentar emociones, sensaciones, reflexiones y vivencias diversas y muy personales. Considero, ciertamente, que ha sido una gracia, una lluvia fecunda, un viento del Espíritu que ha sacudido con fuerza y nos ha ayudado como Iglesia y como sociedad. Como es su misión, el papa nos ha confirmado en la fe, en la esperanza y en la caridad.

De nuestra Diócesis de Mondoñedo-Ferrol, en torno a 100 personas –particularmente nuestros jóvenes- lo acompañamos en la vigilia de oración y en la misa del Corpus. Personalmente he podido estar presente en prácticamente todos los momentos más singulares del viaje, compartiendo con el santo padre unos minutos de entrañable intercambio. El despliegue maravilloso de los medios de comunicación ha permitido su seguimiento pormenorizado y atento. La respuesta cariñosa de la gente y el cuidado de todo lo relacionado con la visita ha permitido el éxito de la misma. Son muchos los mensajes, los gestos, los detalles, las sensaciones que nos ha deparado.

Ahora toca una reflexión serena y pausada sobre la siembra realizada. Quedaría en una simple emoción pasajera y fugaz si no hiciéramos este esfuerzo personal y comunitario por custodiar lo vivido. Es necesario pararnos a pensar qué mensaje me ha transmitido, qué invitación me ha hecho a nivel individual, pero también a nivel eclesial y social. Todos estamos convocados a salir en este itinerario. Os invito a ello. ¡No perdamos la ocasión de dialogar y encontrarnos desde sus propuestas! Sería hermoso que, en cada UPA, delegación, arciprestazgo, cofradía, comunidad… organizáramos encuentros para, sinodalmente, acompañarnos y ayudarnos en esa búsqueda.

El paso del papa entre nosotros ha sido una provocación saludable y una invitación a mirar el futuro con esperanza. Y podemos hacerlo porque, como él mismo nos ha indicado, tenemos un pasado y unas raíces firmes que nos lo permiten. Sus palabras nos han dejado paz, confianza en nuestras fuerzas y en la gracia que nos viene de lo alto, abriendo horizontes para un proyecto ético y social renovado. Han sido múltiples y reiteradas las llamadas a la unidad, a la comunión fraterna, y a alejarnos de polarizaciones que dividen y desgastan. El papa nos ha animado a revisar qué humanidad estamos construyendo, urgiéndonos a ser una Iglesia que se configura como comunidad abierta que integra y sirve a todos. Sin duda, su paso entre nosotros nos ha ayudado a la permanente tarea de releer el Evangelio en la constante adaptación a cada momento histórico que vivimos y que nos convoca y provoca.

Han sido días, en definitiva, para alzar la mirada que nos ayude a superar los problemas y los conflictos personales, eclesiales y sociales. Muchas veces necesitamos elevar nuestros horizontes, perspectivas, claves de interpretación y acción, paradigmas explicativos. El individualismo nos encierra. La secularización nos achata. La desesperanza, el miedo y la tristeza nos agobian. Los problemas y el estrés de cada día nos atenazan. Es interesante que, comunitariamente, hagamos este ejercicio práctico de elevar la mirada y ver más allá de nosotros mismos. La fe en Cristo nos permite confiar en el futuro y cambiar las perspectivas en las que vivimos.

La dignidad inalienable de cada persona ha estado, sin duda, en el centro de todo el mensaje pontificio. Una dignidad que se ve amenazada y que sufre por tantos retos que colectivamente estamos llamados a afrontar: el reto de una política que se atrinchera en su partidismo y no descubre el valor del bien común; el reto de una economía que mata e instrumentaliza a las personas; el reto de una técnica que las reduce a algoritmo y se convierte en pensamiento único; el reto de una migración que requiere ser gestionada con humanidad y espíritu samaritano para que nos ayude a consolidar sociedades interculturales; el reto de un culto y una fe que, más allá de la emoción, nos impulse a un compromiso trasformador y concreto por los más pobres; el reto de una cultura abierta a la trascendencia y a la belleza como camino de encuentro; el reto de unas comunidades eclesiales acogedoras y misioneras…

Gracias, santo padre, por el esfuerzo que ha hecho estos días, por su paso entre nosotros, por su siembra generosa. Acojamos su sementera y, como tierra fértil, demos abundante fruto.

Vuestro hermano y amigo,

+Fernando, obispo de Mondoñedo-Ferrol

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