Homilía en el funeral por el papa Benedicto XVI

Nos hemos reunido para celebrar, ante todo y sobre todo, el misterio pascual de Cristo. Quien nos reúne, siempre y también hoy, es Jesucristo muerto y resucitado. En el misterio de su muerte y resurrección adquiere sentido, luz y esperanza toda muerte humana, también la muerte de nuestro papa emérito Benedicto XVI. Cada vez que nos reunimos en el misterio de la eucaristía actualizamos el misterio pascual de Cristo. Un misterio que comenzamos a tocar en el momento de nuestro bautismo, cuando de una manera sacramental, también morimos para resucitar a una vida nueva. Ahora, en el momento de la muerte de un ser querido, se produce esa participación real en la Pascua de Cristo. Con Cristo, por Cristo y en Cristo entramos a gozar eternamente de la Vida que Cristo nos ha ganado y nos ha preparado con él. Por eso hoy la muerte también la podemos festejar, paradójicamente: porque se convierte en un triunfo gozoso, en un misterio de vida. Nuestro primer objetivo hoy es orar por nuestro hermano Benedicto, un humilde trabajador en la viña del Señor, que ha cumplido con creces su trabajo y entrega hoy al Señor y a la humanidad los frutos granados de sus empeños.

Junto a nuestra oración confiada, el cristiano al celebrar la eucaristía da gracias siempre. ¡Hay tantos motivos para agradecer cada día a nuestro Dios! Hoy lo hacemos por el legado de nuestro hermano Benedicto. Sin duda, el Señor ha sido grande con nosotros y estamos alegres. Al conocer la muerte de Benedicto, enviaba un tuit a toda la diócesis en el que trataba de recoger algunos elementos de este legado que me parece importante traer hoy aquí. Os decía: “Al conocer la muerte del papa Benedicto, doctor de la Iglesia, reconocemos su magisterio profundo de reflexión sobre cómo hacer presente a Dios desde el amor. Agradecemos su vida entregada, su humildad, su testimonio, su saberse ocultar, su amor a la Iglesia”.

Ciertamente nos encontramos ante un gran sabio que, sin duda, veremos un día en el elenco de los doctores de la Iglesia. Durante estos días he podido releer algunos de los discursos más importantes que dirigió durante su corto magisterio y he ratificado esta percepción que ya tenía: ¡Qué profundidad, qué belleza, qué claridad, qué precisión, qué interés en iluminar y clarificar el momento presente! Y junto con ello, qué sencillez en su vida que nada tiene que ver con la imagen que los medios han hecho de él: ¡en cuántas ocasiones me le crucé andando cuando se dirigía a su casa, junto a la plaza de San Pedro, con una mirada sencilla y limpia!

Su gran lección, para mí, además de en los libros, está en la humildad con la que afrontó su ministerio. Toda una lección, quizás la mejor que un pontífice ha dado en la historia, al descubrirse incapaz para acometer la misión que debía de afrontar, y renunciar al pontificado, llenándolo así de humanidad y de divinidad simultáneamente. Cómo contrasta con nuestro interés por aferrarnos a los cargos, a las tareas, pensando que nada será igual si no estamos nosotros…

Su pasado, en esta tarde, lo debemos mirar con profundo amor. Así lo ha mirado él en su propio testamento espiritual cuando relee su historia y lo hace con una mirada que rezuma la tradición más genuinamente bíblica y patrística que él tan bien conocía: “si en esta hora tardía de mi vida miro hacia atrás y repaso las décadas por las que he pasado, veo en primer lugar cuántas razones tengo para dar gracias. En primer lugar, doy gracias a Dios mismo, dador de todo bien, que me dio la vida y me guio en diversos momentos de confusión; siempre me levantó cuando empecé a resbalar y siempre me devolvió la luz de su semblante. En retrospectiva veo y comprendo que incluso los tramos oscuros y fatigosos de este camino fueron para mi salvación y que fue en ellos donde él me guio bien”.

Es verdad, el Señor guía siempre la nave de nuestra historia personal y la nave también de nuestra Iglesia, de nuestra Iglesia diocesana y de la Iglesia universal. Y por eso, estoy convencido, así lo demuestra la historia de los pontificados de los siglos XX y XXI, que da en cada momento los pontífices que más necesitamos.

La época que le tocó vivir al papa Benedicto fue una época de crisis. Francisco nos dice que no estamos en una época de cambios, sino en un cambio de época. Y esta época pasa por cuatro crisis que el magisterio de Benedicto ha diagnosticado y ha tratado de afrontar, aportando una luz propia desde el evangelio y la tradición.

En primer lugar vivimos en una crisis de verdad. Así lo manifiesta él constantemente en muchos de sus textos, especialmente cuando insiste en que el ser humano hoy no solo es cultura sino también naturaleza. Como ejemplo, podemos traer aquí la homilía de comienzo del cónclave que acabó precisamente eligiéndolo como Papa. Decía él: “La realidad de nuestro mundo revela que existe una crisis de la verdad. Queda expresada en el relativismo actual. El relativismo, es decir, dejarse ‘llevar a la deriva por cualquier viento de doctrina’ (Ef 4, 14), parece ser la única actitud adecuada en los tiempos actuales. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus antojos».

Pues bien, frente a esta actitud de nuestro tiempo que se plasma en leyes bien recientes, se consagró especialmente a servir y seguir a la verdad. Así lo recoge en el propio lema de su pontificado que lo fue también de su episcopado: “Colaborador de la verdad”. Sin duda, nada mejor le puede definir. Porque la verdad hay que desvelarla, colaborar con ella para que brille y guíe a nuestro mundo: la verdad no se puede esconder, no la podemos ocultar, sino que hay que acogerla. Y es que la verdad no se posee nunca plenamente, la verdad se recibe, se admira, se contempla, nos interroga. Por eso, la verdad cristiana no puede asustar, ni atemorizar, sino que se vive siempre como un encuentro gozoso que nos libera y nos llena de paz.

El papa Benedicto nos recordó la importancia de anunciar a este mundo que existe una verdad que nos permite precisamente convivir juntos en la pluralidad, que nos ayuda a descifrar los misterios de nuestro propio ser, que nos posibilita el tratarnos unos a otros con dignidad.

En segundo lugar, vivimos hoy una crisis de amor. Las palabras amor, caridad… han perdido su sentido, se han vaciado, suenan a palabras huecas, se han tergiversado. Y es que, cuando se renuncia a la verdad, se renuncia también al amor genuino y pleno; el amor se marchita y se pierde en un cariño o sentimiento placentero que viene y se va. El amor deja así de llenar de sentido pleno la existencia humana. Por eso hoy se confunde el amor: se habla de amor, pero no se vive el amor; se canta al amor, pero no se sabe qué es; se reclama amor, pero no se quiere dar; se exalta el amor pero se confunde con sexo, placer, bienestar, sentimiento, felicidad efímera…

En esta situación, el papa Benedicto se puede considerar el papa del amor. Parece extraño que, frente a su aparente timidez, frialdad y lejanía, podamos definirle como el papa del amor. Y sin duda estoy convencido que es otra de sus definiciones. En efecto, su primera encíclica, su encíclica programática, es un canto al amor de Dios y de su Iglesia: «Deus caritas est». Y la encíclica social que escribió lleva por título «Caritas in Veritate». Y es que, precisamente en esta situación de enfriamiento ante la ausencia del amor es urgente presentar la buena noticia de un Dios que es amor y que nos atrae hacia él para ser en medio de nuestro mundo testigos amorosos. La experiencia cristiana es la experiencia de un amor acogido y un amor ofrecido: amor que se recibe y amor que se entrega. Por eso, la vida cristiana es una experiencia de amor: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».

La tercera crisis de nuestro mundo que ha afrontado el papa Benedicto es una crisis de fe: no es necesario extenderme en demostrar la realidad de esta afirmación. Vivimos momentos complejos donde se nos hace difícil la transmisión de la fe, donde se nos hace compleja la plausibilidad de la fe.

Es una crisis que se relaciona muy estrechamente con la cuarta crisis que caracteriza a nuestro mundo, y que es la crisis de la razón. Daría la sensación de que la partida de cartas que se juega hoy entre fe y razón ha sido ganada hoy por la razón tecnológica, porque solo hoy es lo que parece contar y valer. Y sin embargo, la propia razón por sí misma, es incapaz de comprender la realidad, de afrontarla y acogerla. La razón no puede ser autosuficiente. Y la fe siempre tiene que ser razonada.

Benedicto XVI lo explicaba muy bien con una pequeña parábola que utilizó en una conferencia. «El hombre contemporáneo se encuentra reflejado muy bien en la parábola del elefante y de los ciegos. Una vez, un rey del norte de la India reunió en un puesto a todos los habitantes ciegos de la ciudad. Después, frente a los allí reunidos, hizo pasar a un elefante. Dejó que uno tocara la cabeza, y dijo ‘un elefante es así’; otros pudieron tocar las orejas, y así sucesivamente el colmillo, la trompa, el lomo, la pata, la parte de atrás, los pelos de la cola. Posteriormente el rey preguntó a cada uno: ‘¿cómo es un elefante?’. Y según la parte que habían tocado, cada uno de ellos respondió: ‘es como un cesto trenzado…’, ‘es como un jarrón…’, ‘es como un asta de un arado…’, ‘es como un almacén…’, ‘es como un pilastro…’, ‘es como un mortero…’, ‘es como una escoba…’. Entonces, continúa la parábola, se pusieron a discutir a gritos: ‘el elefante es así’, ‘no, es así’, se precipitaron unos con otros y se tomaron a golpes de puño, lo cual divirtió mucho al rey». El hombre de hoy cree que las disputas sobre la verdad y más concretamente ante el «misterio de Dios» es semejante a la de estos ciegos del cuento. Nadie tiene toda la verdad y, en cambio, considera que la parte que tiene es la totalidad. Esta historia reflejaría la actitud del hombre de hoy frente al misterio. Podría decirse que en la fábula los ciegos lo son porque sólo quieren ver con los ojos y no con el entendimiento. Si el ser humano sólo confía en lo que ven sus ojos, en realidad está ciego…porque limita su horizonte de manera que se le escapa precisamente lo esencial. Porque tampoco tiene en cuenta su inteligencia. Las cosas realmente importantes no las ve con los ojos de los sentidos, y en esa medida aún no se apercibe bien de que es capaz de ver más allá de lo directamente perceptible».

Frente a la crisis de la razón y de la fe, ambas tienen que ir unidas como dos alas que llevan al auténtico conocimiento de la única verdad. Así lo afirmaba en sus célebres diálogos con Habermas que se presentan como un auténtico tratado de diálogo hoy en nuestro mundo tan necesitado de él. Decía: «En la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión, algo que, por cierto, ya habían previsto los Padres de la Iglesia. Pero a lo largo de nuestras reflexiones hemos visto igualmente que también existen patologías de la razón (de las que la humanidad hoy en día no es consciente, por lo general), una desmesurada arrogancia de la razón, que resulta más peligrosa todavía por su potencial eficiencia. Podemos ver ahí la bomba atómica o el ser humano entendido como un producto. Por eso, también la razón debe inversamente, ser consciente de sus límites y aprender a prestar oído a las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Cuando se emancipa por completo y pierde esa disposición al aprendizaje y esa relación correlativa, se vuelve destructiva». Porque la fe sin razón lleva al fundamentalismo; la razón sin fe lleva al laicismo. Y estos son fenómenos estos sobradamente conocidos con penosas consecuencias en nuestro tiempo.

El legado del papa Benedicto nos ayuda a afrontar estos retos permanentes que, en el fondo, nos permiten recorrer mejor los caminos de la urgente evangelización de nuestra cultura a la que estamos llamados. Un reto que, definitiva, pasa por amar más a Jesucristo, auténtico centro de nuestra fe, y auténtica base de toda la vida de Benedicto. Por eso, qué hermoso que sus últimas palabras hayan sido “Señor, te amo”. Sí, no se trata de entenderte, no se trata de razonar solo, de elucubrar, no se trata de creer intelectualmente, se trata de amar, de amarte, Señor. La vida cristiana es amar, conocer y vivir en ese amar de Dios, seguir a Jesús como escuchábamos hoy en el evangelio y mantener una relación estrecha de amor. ¡Manteneos firmes en la fe! Que esta fe sea hoy nuestra fuerza.

Monseñor Fernando García Cadiñanos

Concatedral de San Xiao de Ferrol, lunes 9 de enero de 2023

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