Jesús Rodríguez: “El abuso de menores es una lacra social que exige prevención y conciencia”

  • Entrevista a Jesús Rodríguez, responsable del Servicio de Asesoramiento para las Oficinas de Protección de Menores de la CEE

La pasada semana estuvo en el Seminario de Mondoñedo dirigiendo los ejercicios espirituales de los seminaristas del Seminario Interdiocesano, Jesús Rodríguez Torrente, sacerdote diocesano de Albacete. Actualmente es el responsable del Servicio de Asesoramiento para las Oficinas de Protección de Menores y Personas Vulnerables de la Conferencia Episcopal Española, un referente nacional en el acompañamiento a las víctimas y en la promoción de entornos seguros dentro de la Iglesia.

Aprovechando su visita, un grupo de unas veinticinco personas —miembros de la Comisión PROTEGE diocesana, directores de bienestar de los colegios católicos y centros de menores, así como responsables de Cáritas Diocesana— participó el pasado viernes en un encuentro formativo en el que se abordaron aspectos esenciales sobre la prevención, la protección y la atención a víctimas.

Conversamos con él para profundizar en algunos de estos temas:

¿Se puede decir que el abuso a menores es una lacra estructural de nuestra sociedad?
El abuso de menores, desgraciadamente, es una lacra gravísima y extendida que durante demasiado tiempo ha permanecido oculta en nuestra sociedad. Todos sabemos que la mayoría de los abusos se produce en el entorno familiar, el que debería ser el más seguro. La crisis antropológica y sexual que vive nuestra cultura, junto con el acceso indiscriminado a la pornografía y la banalización de lo erótico como objeto de consumo, ha desdibujado los límites en la relación con los menores. Lo más preocupante hoy, en mi opinión, es el aumento de los abusos cometidos por menores sobre otros menores.

¿Cómo ha respondido la Iglesia en España ante esta realidad? ¿Qué puede aprender la sociedad de su experiencia?
La Iglesia católica, tras conocer la magnitud del problema en otros países y en el nuestro, actuó con decisión y rapidez. Desde 2019, cuando se estableció la atención a las víctimas y la protección de menores como prioridad pastoral, todas las diócesis y congregaciones religiosas han creado oficinas de atención a las víctimas. Paralelamente, se han implantado protocolos de actuación y prevención, entornos seguros en actividades con menores y códigos de buenas prácticas. Actualmente, se desarrolla un plan de formación en tres fases que alcanza cada año a unas 200.000 personas. Creo sinceramente que la Iglesia está ofreciendo a la sociedad un modelo muy sólido de prevención y acompañamiento.

¿Existe un perfil definido del abusador?
Aunque no hay un perfil cerrado, suelen presentarse patrones comunes. El abusador suele ganarse la confianza del menor, reduciendo la distancia jerárquica o afectiva para crear dependencia emocional. Primero hace sentir al menor especial y protegido, hasta lograr que lo perciba como su único apoyo. Poco a poco normaliza gestos y conductas que no lo son, anulando su voluntad. Suelen ser personas aparentemente seguras, con rasgos narcisistas, que aprovechan entornos laborales, familiares o sociales. Y siempre hay un elemento esencial: el silencio. Por eso es clave promover educación y comunicación abierta desde la infancia.

¿Cuáles son las principales consecuencias para las víctimas? ¿Se puede hablar de recuperación?
Las consecuencias son profundas y duraderas: afectan al ámbito psicológico, madurativo, afectivo y también espiritual. Muchas víctimas ven quebradas su fe y su esperanza. El proceso de sanación requiere tiempo, acompañamiento especializado y una terapia integral. La gravedad y duración del abuso, así como el modo en que afectó a la personalidad del menor, determinarán el grado de recuperación posible. Con apoyo y seguimiento, la estabilidad y la integración sanadora son posibles, aunque el camino sea largo.

¿Está la Iglesia trabajando adecuadamente en este ámbito? ¿Y la sociedad en general?
En la Iglesia se está trabajando con rigor, compromiso y transparencia. Los colegios de inspiración religiosa tienen protocolos avanzados de entornos seguros, y hay un gran esfuerzo en campamentos, parroquias y actividades juveniles. Se ha consolidado la red de oficinas de atención a víctimas, con procesos de reparación y restauración bien definidos. Aún queda camino, sobre todo en extender la cultura de prevención a todas las parroquias. En el ámbito civil, el proceso avanza más despacio, dependiente a menudo de la administración y los recursos públicos. La actual Ley del Menor, por ejemplo, presenta todavía dificultades de aplicación.

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