Maribel Loureiro: «En lo sencillo y en lo constante también se construye Iglesia»

En esta segunda entrevista de verano conversamos con Maribel Loureiro, laica empleada del obispado en Ferrol, que en este 2026 cumple treinta años vinculada a las oficinas de la curia al frente del Servicio de Publicaciones.

Maribel, naciste en Ferrol, aunque creciste en Narón. ¿Cómo influyeron tu entorno familiar y tus primeros años en la persona que eres hoy?
Es verdad que nací en Ferrol, pero a los seis meses me trasladé con mis padres a Narón, a la parroquia de Santiago Apóstol, en el barrio de la Gándara. Mi familia está compuesta por mis padres, Álvaro y Maribel, y mi hermana Elena. Tuve una infancia muy feliz y siempre estuve rodeada de la familia y los amigos. Puedo decir que fui una niña muy alegre y sociable.

A lo largo de tu vida, tanto personal como profesional, ¿qué personas han dejado una huella más significativa en ti?
A nivel personal, sin duda mi familia y mis amigos. Y el ámbito profesional, los compañeros de trabajo y varios sacerdotes y obispos con los que he ido coincidiendo a lo largo de estos años.

Tu vinculación con la Iglesia comenzó desde muy joven. ¿Hubo alguna experiencia concreta que marcara tu compromiso e implicación eclesial?
Mi experiencia en la Iglesia empezó desde bien pequeña: primero con mi bautizo, después la primera comunión y cuando iba a prepararme para la confirmación, ya unos años antes, en la parroquia de Santiago Apóstol de la Gándara, donde estuve colaborando (desde 1986 al 2011) como catequista de niños de primera comunión. Era una parroquia con mucha vida y mucha participación. Además, tuvimos la suerte de tener dos grandes sacerdotes: primero don Luis Fole y más tarde don Evaristo Lorenzo. Con este último colaboré también como catequista de confirmación, en los grupos de Cáritas juvenil, en los grupos de liturgia y en la Pastoral Obrera. Fueron unos años de los que guardo muy buen recuerdo por todo lo vivido y compartido, además de haber podido conocer a mucha gente que hoy siguen siendo grandes amigos.

Llevas más de tres décadas vinculada a la Domus Ecclesiae de Ferrol. ¿Cómo se produjo tu llegada al obispado y qué recuerdos conservas de aquellos primeros años? ¿Imaginabas entonces una trayectoria tan prolongada?
Pues a la Domus llegué porque un día se puso en contacto conmigo Beatriz Oliver, una religiosa (Obrera de la Cruz) que llevaba varios años encargada del Servicio de Publicaciones y la destinaban a Valencia. Nos conocíamos porque ella colaboraba en la parroquia de al lado, en Santa Cecilia. Fue ella quien me propuso que me presentase a una oferta de trabajo en la Domus. Después de un proceso de selección y de entrevistas con los por entonces obispo y ecónomo de la diócesis, don José Gea y don Ramón Otero, me llamaron para que empezase a trabajar allí. Durante los primeros meses Beatriz me ayudó mucho en todas las tareas, por lo que siempre le estaré agradecida. En aquellos tiempos yo era una joven de 24 años con muchas ganas de aprender. Además, en la Domus de aquella época vivían y trabajaban muchos sacerdotes y había pocos seglares: yo era la benjamina de la casa. ¡La verdad es que los años fueron pasando muy rápido! Pasaron tres obispos más y varios vicarios, y yo sigo aquí. De todos ellos guardo un recuerdo muy especial. También de todas las compañeras y compañeros con los que tuve la suerte de coincidir.

Desde tu responsabilidad en el Servicio Diocesano de Publicaciones, ¿en qué consiste exactamente esta tarea y qué te gustaría que se conociera mejor sobre este servicio?
Mi tarea se centra principalmente en el diseño y la maquetación. Es muy creativo, ya que te permite combinar tareas diferentes de cartelería, folletos, edición de publicaciones como el Boletín Diocesano o la Guía Diocesana… Se trata de una labor que, aunque muchas veces pueda pasar desapercibida, creo que es fundamental para la diócesis, porque ayuda a difundir la vida de las comunidades parroquiales. Quizá sí me gustaría que tuviese algo más de visibilidad y que cada vez más parroquias y delegaciones se animasen a encargarnos sus trabajos. Creo que detrás de cada publicación hay mucho trabajo silencioso.

En estos más de 30 años, ¿cómo ha evolucionado tu trabajo y de qué proyectos o publicaciones te sientes especialmente orgullosa?
Pues ha cambiado mucho. De tener un pequeño escáner para fotos y una fotocopiadora, con los años todo se fue modernizando. Ahora las máquinas tienen más resolución y los programas de diseño son más modernos, lo que implica unos mejores resultados a la hora de editar los trabajos. La manera de comunicarnos también ha cambiado: hoy se usan mucho más las redes sociales, el WhatsApp, al inteligencia artificial… Son herramientas muy útiles, aunque todavía seguimos haciendo muchos trabajos en papel. De una de las publicaciones de las que estoy más orgullosa es del Boletín Oficial do Bispado, un trabajo que me encargó personalmente el obispo actual, don Fernando. Se trata de una publicación trimestral que se envía en formato digital a todos los obispados de España, a los sacerdotes, las comunidades religiosas y las delegaciones.

La Domus Ecclesiae es también un espacio de convivencia. ¿Cómo describirías el ambiente de trabajo y qué aprendizajes te llevas de tus compañeros? ¿Recuerdas alguna experiencia con especial cariño?
El ambiente de trabajo es muy familiar y muy cercano. He tenido la suerte de coincidir siempre con grandes compañeros. Creo que es lo mejor de este trabajo. De ellos y con ellos he aprendido mucho, siempre están ahí, puedes contar con ellos y siempre están dispuestos a ayudarte. Recuerdo con mucho cariño la época del anterior ecónomo, don Ramón Otero: éramos menos empleados, casi como una familia. Todavía me acuerdo que cada fin de curso organizábamos una excursión que nos permitía conocer otras zonas de la diócesis y disfrutar de un día de convivencia juntos.

Tu labor, además, implica un contacto constante con obispos, sacerdotes, comunidades religiosas, el laicado… ¿Cómo ha sido esa relación y qué te ha enseñado el trato cotidiano con el clero sobre la dimensión humana de la Iglesia?
Mi trato con los obispos, los sacerdotes y el resto de responsables diocesanos siempre ha sido cercano y de mucha colaboración. Por su parte siempre han procurado facilitar el trabajo de cada uno, entendiendo que todos formamos parte de una misma misión y que cada responsabilidad aporta algo valioso a la vida de la diócesis. Les agradezco la confianza que depositaron en mí durante todos estos años. En cuanto al trato con los sacerdotes, recuerdo que en los primeros años era más personal, ya que muchos de ellos pasaban por la oficina y allí hablábamos, nos conocíamos, nos implicábamos juntos. Era un trato más cercano. Hoy se trabaja más desde la distancia, es menos personal, ya que se utilizan más otros canales como el móvil, el email o el WhatsApp. También he descubierto con el tiempo que detrás de cada cargo hay personas con sus preocupaciones, ilusiones, cansancio y entrega generosa. Creo que la parte más humana en la vida diocesana se vive en el contacto diario, en los pequeños gestos, en el deseo de acompañar y ayudar.

La parroquia de Santiago Apóstol de Narón ha sido un lugar clave en tu vida. ¿Qué papel ha desempeñado en tu historia personal y espiritual?
Pues para mí, durante muchos años, fue mi segunda casa. Allí pasé muchísimas horas preparando las catequesis, las convivencias, los campamentos que hacíamos en Centroña (Pontedeume) y tantos y tantos buenos momentos. También allí conocí a muchas personas que hoy siguen formando parte de mi vida. La parroquia ocupa un lugar muy importante en mi vida, fue la época de mi juventud.

También has estado implicada en la acción social a través de Cáritas. ¿Qué te ha aportado este voluntariado y qué papel consideras que desempeña Cáritas en la vida diocesana?
Colaboré con el grupo de Cáritas desde 2018 al 2024. Fue una experiencia muy enriquecedora, con la que también tuve la oportunidad de coincidir con grandes compañeras y unos sacerdotes que estuvieron con nosotros acompañándonos. Colaborar con Cáritas me permitió estar más atenta a las necesidades de las personas que acogíamos, me han permitido crecer en humanidad. Es verdad que en algunas ocasiones pasamos por situaciones difíciles que hacían que te fueses a casa con alguna preocupación. Creo que Cáritas juega un papel fundamental en la Iglesia, el de poder ayudar a muchas personas que lo necesitan y trabajar juntos para que cada día se hagan más visibles dentro de la sociedad.

Después de tantos años de servicio, si tuvieras que elegir un momento o etapa especialmente significativa, ¿cuál destacaríaa? ¿Qué personas permanecen con más fuerza en tu memoria?
Pues a lo largo de todos estos años te diría que muchos: los momentos de compartir con los compañeros, el café de media mañana, las comidas de final de curso y las excursiones, las jubilaciones de compañeros… Me acuerdo de muchos de ellos, sobre todo de los compañeros de mis inicios: Enma, Pilar, Charo, José Manuel, Carlos, Antonio González, Javier Fuentes, Eduardo Maiz, Diego, Danka, Rubén, Lita, Tonucha, Ana, Juani, Rosa, Puri, Fátima, Loli, Eva, Manoli, Lourdes y las religiosas que vivían en la casa (la hermana Reyes, Laura, Beatriz, Isabel y Teresa). También, cómo no, de los compañeros actuales, como Rosario, Elena, José Manuel, Ignacio, Bety, Begoña, Sergio, Sergio Díaz, Javier Pérez y Javier.

Y un recuerdo especial a los sacerdotes Ramón Otero, Alfonso Gil, Benito Méndez, Félix Villares, Toño, Juanjo, Antonio Valín, Xosé Francisco Delgado, Uxío García, Xaquín Campo, Rafael Lombardero, Gonzalo Varela, Benedicto Palmeiro, Ramón Antonio, Javier Santiago, Pepe Vega, Carlos Gómez, Javier Martínez, Xosé Antón Miguelez, Juan Basoa, Marcos Marino, Antonio Rúa, Óscar Santiago, José Pascual Duque, Jose Carlos Moreno, Luis Ledo, Eduardo Silva, Juan Antonio Sanesteban… Y algunos ya fallecidos como Evaristo Lorenzo, Luis Fole, Ángel Paz, Gonzalo Folgueira, Xosé Manuel Carballo, Rosendo Yáñez, Fernando Porta, Francisco Gómez, Leoncio Pía, Álvaro Rábade, Javier Rodríguez, Manuel Grandal, Ramiro Pérez, Enrique Blanco, José María Ladra, Jesús Iglesias … Y a otros tantos que conocí y que siguen pasando por la Domus. A todos les diría: ¡Gracias por vuestra confianza y amistad!

Tampoco puedo olvidarme de personas que colaboraron en las delegaciones y con las que coincidí: Pilar Piñón, Marisa y Mari Carmen, José Antonio Fernández, Pedro Rodríguez y Ángeles Formoso, José Manuel Quintana, Cristina y Pilar, Ana García, Jorge, Chema, Nieves Espiñeira, José Luis Fernández, Román Escourido, José Rey, Carlos Miranda, Fina Rebés, M.ª Teresa Pérez, Gela Losada, Remedios Orjales, Chus Prieto, Mar Sarmentero, Alejandro Piñón, Jesús Álvarez, Juan Pablo Alonso, Raúl y María Jesús Terradillos, Simón Fernández y Mar Gutiérrez (perdonadme si me queda algún nombre por mencionar, pero son muchas personas y muchos años).

Mirando en perspectiva, ¿qué te ha aportado este trabajo a nivel humano? ¿Qué retos ha supuesto para ti mantenerse durante tantos años en un servicio discreto pero esencial? ¿Qué significa para ti haber servido a la diócesis desde esta responsabilidad?
A nivel humano, este trabajo me ha dado mucho más de lo que yo me podía imaginar. Me ha enseñado a escuchar, me ha dado la oportunidad de conocer de cerca a personas muy diferentes. También he tenido momentos de agobio, de mucho trabajo, pero me quedo siempre con la parte positiva, sobre todo con el trato con las personas, que para mí es algo fundamental. Quizá lo que más me ha costado, sobre todo al principio, fue ganarme la confianza a la hora de encargarme trabajos, pero hoy, después de 30 años… ¡puedo decir que lo he conseguido! No siempre es fácil mantener el mismo nivel de entrega cuando el trabajo a veces pasa desapercibido, pero precisamente ahí también hay mucho valor.

Estos años han supuesto para mí una gran responsabilidad y al mismo tiempo una satisfacción profunda. Aunque sea un puesto discreto, he sentido que mi labor ha sido útil y necesaria. Aunque no siempre se vea, siento que este servicio tiene un gran valor, porque en lo sencillo y en lo constante también se construye Iglesia.

Y por último quiero agradecerles especialmente a mi marido Marce y mi hijo Pablo, por estar siempre ahí, por su apoyo, su cariño y por acompañarme en cada momento. Su presencia es uno de los mayores regalos de mi vida.

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