Que la Palabra habite entre vosotros

· Mensaje del obispo de Mondoñedo-Ferrol con motivo de la celebración del Domingo de la Palabra de Dios (25 de enero)

Nos unimos hoy a toda la Iglesia para celebrar el Domingo de la Palabra de Dios, una jornada instituida hace siete años por el papa Francisco. El objetivo es ayudarnos a reflexionar y a redescubrir la importancia que la Palabra de Dios tiene en la vida de fe, en el camino de cada cristiano y en el latir de nuestra comunidad eclesial.

La verdad es que vivimos en un mundo saturado por las palabras. A través de las redes sociales, la publicidad, los constantes reclamos, los debates que nos enfrentan… nos vemos envueltos en un ruido incesante. Reconocemos que, a menudo, nuestro entorno está cargado de muchas palabras que hieren, que engañan o que nos utilizan como objetos…

Sin embargo, también sabemos que la palabra tiene un poder noble: nos vincula, nos permite profundizar en el conocimiento, nos ayuda a desahogar nuestros sentimientos, nos brinda esperanza y ánimo. También hay muchas palabras en nuestro mundo cargadas de amor, de paz, de esperanza.

El corazón humano sabe distinguir perfectamente cuándo una palabra es un halago hueco y cuándo es una palabra que llena y hace crecer. En medio de este escenario, los cristianos levantamos y ofrecemos la Palabra como la única capaz de alimentarnos, sostenernos, iluminarnos, fortalecernos. Jesús mismo es la Palabra del Padre para este mundo como camino de salvación.

El lema que se ha escogido para esta jornada está tomado de la Carta a los Colosenses: “La Palabra de Cristo habite entre vosotros” (Col 3, 16). Es hermoso el verbo que se utiliza: habitar. Está lleno de sugerencias y provocaciones. No se trata, por tanto, de conocer o estudiar la Palabra “desde fuera”, sino de permitir que entre y se quede, de que penetre en nuestra vida hasta que encuentre en ella su hogar. Cuando esto sucede, nuestros pensamientos, deseos, juicios, palabras… son transformados por esta palabra nueva que tiene la potencialidad de explicarnos los misterios de nuestra propia existencia.

Para que la Palabra llegue a habitar entre nosotros se me ocurre un pequeño itinerario a practicar compuesto de cuatro verbos:

· La primera cosa que se necesita es acoger. La vida cristiana comienza con la escucha. Acoger la Palabra no es solo leer un texto antiguo, sino abrir la puerta a una Persona: Jesucristo, el Verbo encarnado. Os invito a que la Biblia no sea un libro de estantería, sino un compañero de camino. Que al abrir las Escrituras, lo hagáis con la actitud de quien espera una carta de amor de un Padre que conoce vuestros anhelos y vuestras fatigas.

· Necesitamos, en segundo lugar, conocer. No podemos amar lo que no conocemos. Os invito a profundizar en el estudio de la Escritura. Precisamente en la Escuela de Evangelización que acabamos de iniciar en la diócesis hemos querido dar un peso fundamental al conocimiento de la Palabra para que podamos situarnos adecuadamente en los cruces de la vida.

· El tercer paso es orar. Para nosotros la Palabra es alguien que nos habla. Por eso, cuando oramos con ella, nuestra oración deja de ser un monólogo para convertirse en un diálogo transformador. No tengáis miedo de preguntar, de meditar y de dejar que el Espíritu Santo ilumine vuestro entendimiento. En ese sentido, la Lectio Divina sigue siendo un magnífico método para encontrarnos con el Señor.

· Por último, necesitamos practicar la Palabra. Esta no ha sido dada para quedar encerrada en el intelecto, sino para encarnarse en nuestras manos. Una fe que no se traduce en obras es una fe que se marchita. Estamos llamados a ser hacedores de la Palabra y no solo oidores (cf. Sant 1, 22).

En este domingo, os invito a tener una Biblia en vuestra casa, a leer todos los días la Palabra, a que ella sea la fuente de nuestras reuniones y de nuestra alegría. Que la Mesa de la Palabra nunca nos falte y siga alimentando a nuestro pueblo: así podremos salir al mundo con nuestras candelas encendidas y el aceite de nuestras lámparas bien repleto.

Que aprendamos de María, la Virgen de la Escucha, a dejar que la Palabra habite en nosotros.

Vuestro hermano y amigo,

+ Fernando, obispo de Mondoñedo-Ferrol

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