Richard Kabwengy: «Nací en el Congo, pero si ahora me preguntas de dónde soy diré que de Galicia»

Un convenio con la diócesis congoleña de Kikwit trajo a Mondoñedo-Ferrol a Richard Kabwengy Ndunda Kalomba, un sacerdote que se encuentra cursando un doctorado en Derecho en la Universidad Católica de Valencia, a la vez que presta servicios pastorales en la UPA Ferrol-Ensanche. Hoy tenemos la oportunidad de conocerlo de cerca, a través de una entrevista en la que comparte con nosotros su vocación y compromiso con la Iglesia.

¡Hola, Richard! ¿Cuéntanos algo de tu diócesis e Iglesia de origen?
Nací en Kikwit en 1973, en la República Democrática del Congo (antiguo Congo Belga, el país más grande de África después de Argelia). Mi diócesis es Kikwit, sufragánea de la archidiócesis de Kinsasa, una diócesis que supera los cinco millones de habitantes, de los que el 56 % de sus habitantes son católicos. Tiene unos 73.000 kilómetros cuadrados (la nuestra de Mondoñedo-Ferrol, 4.524 kilómetros cuadrados), administrados en unas 55 parroquias (422 parroquias en Mondoñedo-Ferrol). Con estos datos os daréis cuenta que mi diócesis es muy grande, con casi 800 kilómetros de un lado al otro. Somos unos 250 sacerdotes en una edad activa, muy pocos son mayores. Es una diócesis viva, con una religiosidad muy profunda. Nuestras celebraciones tienen una liturgia más alegre, más expresiva, incluyendo no sólo el canto, sino el baile. Además, cuenta con muchas congregaciones.

Por otra parte, la situación en el país no es fácil. Es un país con muchos recursos, pero con una administración caótica, con saqueos de multinacionales, guerra, problemas con los rebeldes de Ruanda… Un país donde se explota el cobalto, el cobre, los diamantes, pero donde la máxima especulación y el problema nuclear reside en el coltán. Mi país tiene el 80 % del coltán del mundo, un elemento indispensable para todos los aparatos electrónicos y de comunicaciones. Los grupos armados controlan las minas, forzando a trabajar en condiciones precarias a la población y extorsionando a los transportistas. Son los llamados “minerales de la sangre”, que provocan conflictos y guerras interminables.

¿Cómo fue tu vocación, tu formación y vida en el Congo?
Somos cinco hermanos (dos de ellos mujeres) y yo soy el mediano. Casi todos han realizado estudios y trabajan en ámbito sanitario o como ebanistas. Me ordenó el obispo trapense monseñor Marie-Édouard Mununu-Kasiala, el 7 de septiembre de 2003, por lo que llevo veintidós años como sacerdote.

¿Cómo ha sido tu llegada a nuestra diócesis?
Llegué el 27 de septiembre a las cuatro de la tarde a la estación de autobuses de Ferrol. Me estaba esperando el párroco compañero Xoán Xosé Fernández. El primer domingo celebramos en las parroquias de Santo Domingo, en el Rosario y en San Pedro. El sábado siguiente celebré en el colegio de las Madres Mercedarias. Me sentí muy acogido por las comunidades, por las parroquias, por los compañeros sacerdotes y por el obispo. Estuvo muy bien la acogida del clero diocesano que nos dispensaron en el encuentro de sacerdotes de principios de curso en el Seminario de Mondoñedo. Tuvimos también un encuentro de formación, los sacerdotes recién llegados, con el obispo, para conocer los aspectos más necesarios a la hora de incorporarnos a esta diócesis.

Procediendo de un ámbito pastoral tan diferente, tu inculturación y adaptación a una realidad nueva… ¿cómo se asume?
No me cuesta mucho la inculturación. Pongo en mi cabeza la idea de que soy “un misionero”. De sangre soy del Congo, pero si me preguntas de dónde soy diré que “soy de Galicia”. No tengo que sentirme extraño. Comprendo la Iglesia como algo universal.

Volvamos al Congo… ¿cómo nace tu vocación?
En 1988 obligué a mi padre a cambiarme de mi colegio para el Seminario menor. Yo mismo se lo pedí. Me gustó el Seminario, el estudio de latín y filosofía. Me gustó formarme como sacerdote, aprender a rezar, acercarme a la Virgen María. El Seminario estaba a doce kilómetros de la sede de la diócesis y ofertaba una formación muy buena. Al terminar pasé al mayor en la ciudad de Kenge, donde se encuentra en Seminario interdiocesano, que agrupa a cinco diócesis. En mi curso éramos veinticuatro seminaristas llegados de las diferentes diócesis.

¿Cuáles fueron tus asignaturas preferidas?
Recuerdo con cariño el estudio de la Biblia, tuvimos un profesor de memoria y formación muy bueno y que supo hacerlo muy bien. También fue muy motivador el de Historia de la Iglesia y el de Liturgia. Ya en el Seminario menor fui el sacristán de la capilla, y siempre me gustó acompañar a los enfermos en el hospital. En el Congo acompañé también a presos durante un año. Me acerqué a la pastoral penitenciaria, donde descubrí que son hermanos de los que no tenemos que huir y que necesitan de nosotros. Recordemos lo que dijo el Señor de “estuve en prisión y no vinisteis a visitarme…”. El cristiano encuentra también en la cárcel el rostro del Señor. La cárcel no puede ser un espacio comprendido como castigo sino un espacio de reeducación. Es un mundo que me gusta, igual que el acompañamiento de los enfermos.

¿Y cómo surgió la posibilidad de formarte en España?
En mis últimos años en el Congo tenía ganas de estudiar Arquitectura y hubo un momento en que mi obispo de decantó por enviarme a realizar Derecho canónico aquí en España, en Valencia. Ahí hice la licenciatura, luego cuatro años para el grado en Civil y Criminología y el año pasado empecé el doctorado en Derecho civil.

¿Cómo fueron tus primeros años como sacerdote?
Fui administrador parroquial de una zona muy difícil a nivel pastoral, y en ese enclave creció mi pasión de ser sacerdote. Fue en la parroquia de Salmosenga. No había carreteras, me desplazaba en bicicleta, con una mochila a la espalda. Fue la alegría de vivir de otra manera para anunciar el Evangelio. Fui mi vía crucis vivo, llevado con alegría. En esa experiencia vi que allí la gente tenía ganas de encontrarse con el sacerdote, de hablar conmigo de Dios y de charlar sobre cosas trascendentes. Lo disfruté mucho. Recuerdo haber confesado un día desde las seis de la mañana hasta la media mañana. Cuando llegaba a una comunidad celebraba la misa en la que se participaba de varios sacramentos. Fue una experiencia muy bonita y rica. Me alegra que, incluso un protestante ya mayor, me dijo “estoy esperándote”, y me pidió el sacramento de la unción de enfermos al final de su vida para morir en paz.

De esta experiencia pasé a la sede diocesana para llevar las unidades de economía. Se me envió a la capital, Kinshasa, donde fui representante de las gestiones. Cuando me mandaron a estudiar no fue fácil decir que sí, llevaba dos años estudiando Arquitectura allí… Pero recordé mi promesa de servicio en el diaconado y me puse en camino. Al llegar a España aprendí el castellano en la calle; recuerdo que dos días después de llegar celebré mi primera misa en español como pude. Acostumbrado a hablar en francés, como siempre, nos cuesta pronunciar fonéticamente la “r”.

¿Qué desafíos ves en esta realidad nuestra de nueva evangelización?
Tenemos que conseguir que la Iglesia sea un lugar de alegría, de fraternidad y de fraternidad viva… No sólo de palabras. Alguien que tenga a Cristo en su vida no puede quedarse quieto, porque Cristo contagia. Tenemos que buscar nuevas maneras de evangelizar; no quedarnos con lo antiguo, que a veces ya no da fruto. Toca aportar algo nuevo, no por nuestras fuerzas sino por el Espíritu Santo. Hay que abrirse, no podemos ser personas o comunidades cerradas. Cuando nos abrimos estamos dispuestos a compartir y recibir. Estamos llamados a ser Iglesia sinodal. No sacerdotes enseñando solamente, sino comprendiendo que los demás nos enseñan a caminar y nos evangelizan de nuevo. En todo esto tenemos un desafío que son los jóvenes. Es necesario que se integren en este camino. La Iglesia se está haciendo mayor… Si no hay jóvenes, tendremos un problema.

¿Un santo?
La Virgen de los Desamparados. Veo mucha gente desamparada que tienen necesidad. Además de la Virgen, pues santa Rita, porque interviene en cosas difíciles; en el sufrimiento de las gentes.

¿Una música?
Grupos de mi país.

¿Un hobby?
No soy de ningún equipo de futbol o deportes…Mme considero neutro, evito todo lo que compita o lleve enfrentamiento. Me gusta la literatura, especialmente la literatura africana, leo al senegalés Cheikh Anta Flop Gizerbo (historiador y antropólogo senegalés que estudió los orígenes de la raza humana y la cultura africana precolonial, considerado uno de los más grandes historiadores africanos del siglo XX). Me gusta la belleza que tiene toda la cultura africana. También los escritos del cardenal Joseph-Albert Malula (1917–1989), que luchó por la inculturación del Evangelio, aprobándose el rito zaireño o congoleño en nuestra liturgia nativa. Sus homilías son muy significativas.

Entrevista de Javier Martínez Prieto

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