- Mensaje del obispo de Mondoñedo-Ferrol con motivo del Día del Mundo Rural 2026
El 15 de mayo celebramos a san Isidro, el humilde labrador madrileño, patrono de los agricultores. La tradición siempre lo representa con su yunta de bueyes, en actitud orante y contemplativa. Junto a su esposa, santa María de la Cabeza, conformó una familia cristiana que, en los albores del siglo XII, supo ganarse el pan con su trabajo, uniendo el cuidado de sus tierras con una confianza inquebrantable en el Señor.
Quizás los hombres y mujeres del campo representan mejor que nadie esa doble dimensión que todos debemos cultivar: el cuidado de la tierra, de la “casa común” en la que vivimos, que generosamente nos sostiene, y el cuidado de ese sentido trascendente de la vida. Los bienes materiales son necesarios, pero no son lo único que existe; los bienes materiales son fruto de un esfuerzo y trabajo personal y comunitario, pero no son lo único que nos alimenta. Como nos recuerda el Evangelio, el ser humano necesita de Alguien que dé sentido y acompañe nuestro caminar.
Esta fiesta de San Isidro es una ocasión para mirar el mundo de la aldea, el mundo rural que configura tanto nuestra diócesis mindoniense. Geográficamente somos una comunidad rural, aunque la población se concentre en las ciudades y villas más importantes. Sin embargo, los ritmos de la agricultura y la ganadería siguen marcando el corazón y la cultura de muchos de nuestros conciudadanos.
Son muchas hoy las problemáticas que atraviesan el mundo rural. Durante este año, en la visita pastoral, he podido compartirlas, conocerlas de cerca, profundizar en vuestras inquietudes, percibir la transformación que se está produciendo. El envejecimiento y la disminución de la población son las más evidentes, acompañado de una creciente población migrante. La falta de perspectivas laborales para los más jóvenes complica el futuro. A ello contribuye una cultura fuertemente urbana, que idealiza el consumo y el éxito lejos del campo. Tampoco favorece la política, demasiado condicionada por el voto de las mayorías que no está en el rural, que descuida las infraestructuras y servicios públicos. Las políticas agrarias, la complejidad administrativa que burocratiza y complica tantas cosas, el Mercosur y otras realidades estructurales no favorecen salidas con esperanza. A ello se unen proyectos dudosamente ecológicos y sostenibles que, bajo falsas promesas de puestos de trabajo, amenazan la armonía de los habitantes del rural.
Frente a este escenario, es imprescindible reivindicar la fuerza, la riqueza y la importancia que sigue teniendo hoy el mundo rural en nuestra sociedad. Cierto que hay que mirar hacia afuera, porque mucho de lo nuestro depende de fuera, pero sin olvidar nuestras responsabilidades y las potencialidades que tenemos desde abajo, desde nosotros mismos, desde nuestra propia identidad para avanzar en nuestro desarrollo. Tenemos valores que son auténticos tesoros: el hábito de trabajo duro y sacrificado; la fuerza de la familia, de la mujer y de la comunidad; el contacto con los ritmos de la tierra, que nos dan sosiego y paz; las tradiciones que marcan nuestra cultura; la cultura del cuidado que tanto nos pertenece; el medio ambiente que hoy es un valor en alza; la riqueza paisajística y tradicional de nuestros entornos más inmediatos; la sabiduría de sus gentes y la acogida, especialmente de los más mayores; la fuerza de las asociaciones que velan por nuestros espacios comunitarios… No permitamos que se pierda esta fuerza que reside en nosotros mismos.
También en el ámbito religioso se está produciendo una fuerte transformación. Hoy lo religioso ya no marca tanto los ritmos como en otro tiempo. La escasez de sacerdotes dificulta mucho los encuentros comunitarios. La secularización y la ausencia de jóvenes nos desafían. Es momento de repensar y reorganizar nuestra vida cristiana en nuestras parroquias para que sea más viva, nos alimente y sea capaz de contagiar. También aquí hay muchas potencialidades que debemos cultivar y valorar: la sencillez, la sobriedad y el valor de lo pequeño; la valoración y el cuidado de lo propio; las vidas entregadas de muchas personas (sacristanes, celebrantes de la Palabra, campaneros, gentes sencillas que abren, cuidan y limpian nuestros templos); el testimonio de nuestros sacerdotes; la fuerza de la tradición…
Nuestro mundo rural es maravilloso y no lo podemos perder. Tampoco podemos mirar constantemente el pasado, sino engendrar un nuevo futuro que ya está surgiendo. Entre todos hemos de cuidarlo y llenarlo de vida. Este es el compromiso firme de nuestra Iglesia diocesana.
Vuestro hermano y amigo,
+Fernando, Obispo de Mondoñedo-Ferrol








Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.
Nacida en Ferrol (A Coruña) el 24 de mayo de 1972.



















