Ana García-Heras: «Me alegré con los que se sentían ayudados y reconfortados, y sufrí en las situaciones difíciles»

Con motivo de su reciente jubilación, compartimos esta entrevista con Ana García-Heras, miembro del Instituto Secular Misioneras Apostólicas de la Caridad en nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol.

Ana María García-Heras Martín (Belvís de la Jara, Toledo, 1961) es miembro del Instituto Secular Misioneras Apostólicas de la Caridad, donde se consagró en 1994. Licenciada en Psicología por la Universidad Pontificia de Salamanca, ha desarrollado su labor en el ámbito social y sanitario, especialmente en Proyecto Hombre y en el Hospital Arquitecto Marcide de Ferrol. Desde 2008 forma parte del equipo pastoral de Caranza y ha sido delegada diocesana de Pastoral de la Salud hasta 2018.

¿Cómo fueron tus primeros pasos y discernimiento vocacional? 
Bueno, mi proceso vocacional no empezó a una edad temprana pues cuando terminé la EGB me puse a trabajar como muchas de las chicas de mi pueblo en un taller de confección. Tenía mi pandilla, salía los sábados, como todas, pero poco a poco me fui comprometiendo un poco más en la vida parroquial. Empecé a ir a misa a diario, a comprometerme más con los grupos. Por eso valoro mucho la vida y comunidad parroquial. Esto me llevó a plantearme la vocación, pero como un consagración secular, aunque yo de aquella no sabía nada de institutos seculares, sólo sabía que no quería ser monja, no quería llevar hábito ni nada de eso.

¿Y cómo fue empezar tu compromiso en el Instituto de Misioneras Apostólicas de la Caridad?
Conocí el Instituto de Misioneras Apostólicas de la Caridad y me gustó su sencillez, su alegría y su carisma y, sobre todo, su lema de que la caridad de Cristo reine en el mundo. Lo planteé en mi familia y aunque no entendían bien mi decisión siempre la respetaron. Me fui a La Bañeza, donde está la casa central de mi Instituto. Y como no tenía estudios me propusieron hacer el BUP; así que con 23 años iba al Instituto con chavales de 14. Me lo pasaba genial. Cuando terminé COU y la selectividad me propusieron hacer estudios universitarios. Me fui a Salamanca y en la Pontificia hice Psicología. Al terminar hice una especie de prácticas en el Programa de Proyecto Hombre en Ponferrada. De aquí me indicaron que me fuera al Proyecto Hombre de Santiago de Compostela, que encontraría trabajo. Allí estuve trabajando unos años.

Llegaste a Mondoñedo-Ferrol en época del obispo Gea Escolano. ¿Cómo recuerdas aquellos primeros años?
Sí, empecé con él porque lo conocía. Dos hermanas de mi Instituto trabajaban en esta diócesi; una en el Seminario de Mondoñedo otra atendiéndolo a él. Visitaba con frecuencia a esta compañera y fue entonces cuando me dijo que se jubilaba el sacerdote Ángel Álvarez como capellán en el Hospital Arquitecto Marcide de Ferrol. Don José sabía que por el convenio ese servicio lo podía cubrir una persona designada por el obispo y me propuso para ello. Acepté con cierto temor porque aunque me sentía preparada para acompañar desde un punto de vista psicológico por mis estudios y mi experiencia en Proyecto Hombre, a nivel de fe me parecía que no iba a saber acompañar. Entonces me propuso estudiar Teología en Santiago y atender el hospital de viernes a lunes. En el obispado me hicieron un contrato, pero a la hora de comunicar el nombramiento al SERGAS fue un poco llamativo, pues era la primera persona seglar que asumía esa tarea. No sólo en Mondoñedo-Ferrol, sino en Galicia. Estaban acostumbrados a que todos los nombramientos eran de sacerdotes, desconcertaba un poco que fuera seglar y mujer. En el ámbito hospitalario creo que sirvió para romper moldes y ampliar al visón del servicio religioso, pues no es sólo sacramentos. Al principio, cuando llamaban por el capellán cuando yo estaba de guardia y acudía a la habitación, la gente se quedaba un poco desconcertada, tanto el personal como la familias.

De la tarea del hospital durante todos estos años, ¿qué te ha aportado y qué ha significado para ti?
Es difícil resumirlo en unas líneas. Para mí ha sido un privilegio y un lujo estar estos años ahí. Haciendo presente a Dios y a la Iglesia, era mi campo de misión. Agradecimiento a la Iglesia que confió en mí. Agradecimiento a los compañeros con los que he compartido esta misión, a todos los capellanes que han estado estos años. Siempre me sentí parte del hospital, por eso también estoy muy agradecida al personal de todos los servicios. Intenté hacerme cercana y vivir desde la humanización que mi fe me ha enseñado y me sigue impulsando: ver, acoger, cuidar, alentar, acompañar… a todos, porque todos somos personas e hijos de Dios. Me alegré con los que se sentían ayudados y reconfortados, y sufrí en las situaciones difíciles. He aprendido mucho en este servicio religioso sobre la vida, sobre lo que de verdad importa, sobre el sufrimiento, sobre la alegría auténtica y también sobre la muerte. Las familias, los pacientes, me han enseñado mucho.

Llegado el momento, te tocó ser delegada diocesana de Pastoral de la Salud. ¿Qué objetivos y procesos se pudieron llevar a cabo?
Esto ocurrió cuando terminé de estudiar teología en el ITC de Santiago. En el año 2008 participé en la peregrinación diocesana de Lourdes y allí se me propuso hacerme cargo de la delegación diocesana de Pastoral de la Salud. Había ya mucho camino andando con mis antecesoras. Fue una época en la que conocí mucho más la diócesis, pues visité muchos grupos parroquias de voluntarios de Pastoral de la Salud. Para compartir materiales y formación. También fue una época de cambios en el Hospital da Costa de Burela, donde empezaron a incorporarse también en el servicio religioso los laicos. Fue muy enriquecedor todo lo compartido a nivel regional con los cursillos los encuentros de capellanes. Fue una época en la que el director del SIPS (Servicio Interdiocesano de Pastoral de la Salud), Jesús Martínez Carracedo, lo nombraron director del Departamento de Pastoral de la Salud de la CEE, y entonces me tocó asumir la dirección de SIPS. Otra fuente de riqueza por todo lo compartido con los delegados regionales y diocesanos de toda España. También en esta época como delegada conocí más las residencias de mayores, donde nos hacíamos presentes con distintas celebraciones; conocí el CAMF Ferrol, donde ya antes de que llegase yo estaba funcionando un grupo de voluntarios.

Caranza y Cáritas fueron espacios importantes de compromiso también en estos años. ¿Qué supuso ese encuentro pastoral y cómo te has sentido en la participación diocesana?
Como dije antes, en 2008 terminé Teología y el obispo de aquel momento, don Manuel Sánchez Monge, me dijo de venirme a vivir a Ferrol, se iba a inaugurar la iglesia nueva de Caranza y quería que formara equipo con un sacerdote que ya era mayor, don José Couce, y con otro más joven pero que le tocaba ser vicario general, don Antonio Rodríguez Basanta. Acepté y me vine a colaborar ya más plenamente en esta diócesis. Ahora era el hospital, la delegación de Pastoral de la Salud y el formar parte de este equipo de Caranza. En la parroquia aprendía de la mano de don José a trabajar en Cáritas, antes no había participado en este ámbito. Fueron años de ilusión, pues empezamos en un espacio nuevo la andadura de tres parroquias. Allí sentí y viví y vivo la importancia de la comunidad en toda su amplitud. Laicos muy comprometidos, religiosos/as, y yo como instituto secular. El trabajo en Cáritas me abrió los ojos a realidades duras y complejas, pero que me enseñaron mucho sobre la capacidad de superación de las personas y sobre lo poco que necesita Dios de nosotros para manifestar su amor a los que pasan por situaciones de pobreza. En la diócesis siempre me sentí en mi Iglesia particular, familiar donde sufro con los problemas y situaciones difíciles y donde gozo con los logros.

¿Qué mensaje te gustaría compartir con toda la toda gente que te ha acompañado y que has acompañado?

En primer lugar, un mensaje de gratitud por haberme dado la oportunidad de estar en un ámbito tan especial como es la hospitalización. Gracias por todo lo que me han enseñado, por todo lo que me han enriquecido a nivel humano. A los que he acompañado, agradecerles la confianza que han puesto en el servicio religioso, y también su ejemplo de fe, de lucha. Ojalá que siempre seamos capaces de estar y de hacer presente la fuerza y el sentido que da a la vida la fe en Dios.

Y después de la jubilación…
Seguiré colaborando con la parroquia de Caranza, con las mismas responsabilidades y con la esperanza de llevarlas a cabo mejor y con más dedicación.

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