Homilía en la fiesta sacerdotal de San Juan de Ávila

  • Homilía de monseñor Fernando García Cadiñanos en la fiesta de San Juan de Ávila 2026

Alguien decía antes, en el encuentro que tuvimos, que somos hijos de mucha gente, fruto de muchas personas que nos ha ido marcando, que nos ha ido conformando. Somos un poquito como ese barro en manos del alfarero, que es Dios: pero Dios que tiene muchas manos, que son nuestros padres, que son los sacerdotes que nos han ido ayudando en los procesos, que son las comunidades a las que hemos ido acompañando. Todo eso es lo que nos viene hoy a nuestro recuerdo, en este lugar también tan cariñoso como es nuestro seminario.

Para muchos de vosotros estamos en el seminario de vuestra infancia que os trae muchos recuerdos; para otros es un lugar donde hemos tenido tantos momentos de encuentro, tantos momentos de reunión en los que nos ilusionamos con la misión de la Iglesia. En este contexto, estamos celebrando una fiesta entrañable, muy especial, donde cada uno de nosotros, como los homenajeados esta mañana, podemos ir compartiendo aquello que está en nuestro corazón. Y lo hacemos de la mano de este santo, nuestro patrono san Juan de Ávila, que tenemos ahí en ese cuadro que preside nuestra celebración y que está en tantos lugares de esta casa.

Este santo que vivió en una época tan lejana de la nuestra pero que quizás no fue tan distinta de la que vivimos. La suya fue una época recia, una época dura. Pero, ¿acaso alguna en la historia de la Iglesia ha sido una etapas fácil? Una etapa la suya de enorme confusión, donde había mucha diversidad, pluralidad, donde se rompen esquemas anteriores y se abre un mundo nuevo: podemos pensar en toda la reforma y lo que significó la contrarreforma. En ese sentido manifiesta también el momento en el que vivimos, donde también hay mucha confusión y está surgiendo una nueva época. Lo vemos a nivel ideológico, lo vemos a nivel político, lo vemos a nivel económico, lo comprobamos también en nuestras propias comunidades cristianas, donde a veces hay tanta crispación y enfrentamiento, donde la ideología puede muchas veces por encima del evangelio.

Y una etapa, la de san Juan de Ávila como la nuestra, como todas también, donde se hacía una urgente llamada a la conversión, a la reforma. Hoy lo llamamos conversión pastoral, una conversión pastoral que nunca se ejecutará y se llevará adelante si no existe una previa conversión personal. Y en esta época de san Juan de Ávila, como digo, distante pero no distinta de la nuestra, podríamos hacer un viaje en el tiempo, en una imaginaria máquina del tiempo, para acercarnos al santo y preguntarle, como lo harían aquellos sacerdotes a los que acompañó, qué nos diría a nosotros hoy. Quizás también aquellos sacerdotes le hablarían de sus cansancios, de sus fatigas, de sus expectativas y esperanzas frustradas, como los discípulos de Emaús…

Cuántas veces también, pienso en los que celebráis hoy los 50, 60, 25 años, aquellas esperanzas, aquellas ilusiones de los inicios de nuestra ordenación, han tenido que ir madurando y transformándose con la vida, con las cruces que habéis acompañado, con vuestra propia cruz.

¿Qué nos diría hoy san Juan de Ávila? ¿Qué es lo que le gustaría decirnos a nosotros? ¿Qué mensaje tomar de su dilatado y amplio repertorio de cartas y de homilías y que sería interesante para nuestra realidad concreta? A mí me parece que él nos diría, como también dijo aquellos sacerdotes de su tiempo, que en estos tiempos tendríamos que cuidar especialmente nuestra identidad sacerdotal. Tenemos que ir a nuestro propio ser sacerdotal. Tenemos que cultivar lo propio y genuino de nuestra vocación sacerdotal. Quizás podríamos escuchar también nosotros esta frase que decía San Juan de Ávila a los sacerdotes, aquellos a los que en tantas ocasiones predicó:

“Conviene que tu vida sea limpia, tu intención recta y tu corazón encendido en amor de Dios para que así puedas entender a otros”. En el fondo es cuidar ese ser sal y luz que escuchábamos hoy en el evangelio que hemos proclamado. Es cuidar nuestro propio corazón, es cuidar nuestra propia identidad para que vivamos en esa limpieza de corazón. Seamos hoy también limpios, sin doblez. Cuidemos también nuestra intención: cuántas veces se puede dar en nuestra existencia y en nuestro propio ministerio que las intenciones no son las intenciones propias del evangelizador, sino que se ven mezcladas por tanta mundanidad. Pero escuchar sobre todo esa palabra de Juan de Ávila que nos invita a tener el corazón encendido para que seamos capaces de encender el corazón de las personas a las que somos enviadas. Me parece una imagen muy potente de lo que es un sacerdote. Un sacerdote es un hombre que tiene el corazón encendido, apasionado por el Señor.

Cuidemos el ardor de nuestro corazón, nuestra interioridad, la ilusión de nuestro ministerio. Solamente si estamos enamorados y apasionados por Dios y llevamos el fuego en nuestro interior, podremos llenar de fuego el mundo: una sociedad que necesita este fuego del amor de Dios, del cual el Espíritu Santo, que estamos esperando, expresa perfectamente. En el fondo cuidar ese ser sacerdotal no es otra cosa, sino cuidar esa llamada que tenemos todos a la santidad.

Es la santidad a la que san Juan de Ávila invitaba a los sacerdotes de su tiempo y que nos invita hoy también a nosotros. Podríamos recordar esa frase que tantas veces nosotros hemos escuchado: “más fruto hace en la iglesia un sacerdote santo que muchos sabios sin santidad”.

La importancia y urgencia de la santidad, de la pasión, del fuego en nuestro interior. Quizás ponemos el ardor en otras cuestiones, quizás a veces nos podemos despistar en batallas ideológicas, culturales, pero tenemos que ser capaces de vivir esa santidad que sea capaz de responder a la santidad del pueblo de Dios al que servimos y de alimentar esa santidad a la que él está llamando.

Por eso, una vez que cuidamos el ser, podremos preocuparnos del hacer, del hacer sacerdotal, que en palabras de Juan de estaba marcado por tres quehaceres fundamentales.

También hoy en esta mañana de fiesta, de encuentro, de fraternidad, pero también de revisión, os invito, delante del Señor, a revisar en qué dedicamos nuestro tiempo. Decía san Juan de que el tiempo del sacerdote tiene que estar marcado fundamentalmente por tres acciones. El primero, él decía que era la oración. La oración que, en sus palabras “ ha de ser ferviente y eficaz”.

Lo decimos muchas veces, pero quizás no sé si no lo vivimos: cuántas veces lo predicamos, pero quizás cuántas veces, aunque lo predicamos nos cuesta vivirlo. Si no vivimos esa relación íntima con el Señor donde avivemos ese fuego interior, será difícil que podamos encender el fuego de nuestros hermanos los hombres a los que estamos destinados. La importancia de pasar largos tiempos con el Señor que nos permiten también llenar nuestra soledad, porque nunca estamos solos, siempre estamos acompañados por este Dios que hace camino con nosotros en medio de nuestras familias y de nuestros cansancios.

La segunda acción que Juan de Ávila nos invita a ocupar nuestro tiempo es el estudio. No solo el estudio en nuestra época de seminario, sino ese estudio permanente, esa formación permanente que no solo es una formación intelectual, que también, sino que es saber comprender las realidades de nuestro tiempo, las problemáticas que hoy afectan a nuestros hermanos a los que estamos destinados, las circunstancias que tenemos que iluminar con nuestra predicación y con nuestra catequesis. Lo habéis dicho muy bien también esta mañana cuando respondemos quizás a preguntas que ya nadie se hace porque estamos respondiendo a preguntas de otra época y quizás nuestro tiempo corre demasiado veloz.

Qué importante que dediquemos tiempo al estudio. Como Juan de Ávila le dedicaba especialmente tiempo a esa Palabra de Dios a la que escuchaba horas y horas hasta aprendérsela de memoria precisamente para ser capaz de iluminar las circunstancias que le tocaba vivir. Oración, estudio. Y la tercera realidad de la que Juan de Ávila nos invita es a vivir es la clave de la evangelización, de la misión. Y lo decía desde una imagen que también me parece potente.

Él solía decir que los sacerdotes somos padres. Qué hermoso que a nuestra gente la considerásemos realmente como hijos y viviésemos nuestro ministerio, no como una especie de intercambio de consumo, como si fuéramos una especie de vendedores de productos, una especie de magos, sino que nos sintiésemos realmente como padres de nuestra gente. ¡Cómo cambiaría nuestra actitud! ¡Cómo cambiaría el modo de nuestro tiempo! ¡Cómo cambiaría quizás nuestro lenguaje! Porque cuando hay amor, y eso es lo fundamental en relación de paternidad, todo se transforma y todo se cae.

Pues damos gracias por esta vocación sacerdotal a la que todos hemos sido llamados y damos gracias al Señor también porque él va poniendo en nuestro camino la figura de sacerdotes santos. Hoy alabamos por san Juan de Ávila, pero cuántas veces cada uno de nosotros ponemos (lo habéis dicho también en vuestros testimonios de esta mañana) la figura de sacerdotes santos que, sin ser perfectos, nos han ayudado porque estaban encendidos y nos han encendido. El ha ido suscitando estos hermanos nuestros para ayudarnos y alentarnos en esta difícil respuesta que todos tenemos y que todos debemos al Señor.

Le damos gracias al Señor por todos estos sacerdotes que el Señor ha ido poniendo en nuestro camino y ojalá que también nosotros seamos esos sacerdotes que dentro de 25 años o 50 años, los que nos sigan en estos bancos y en esta misión que permanece, nos pueden citar como referentes que suscitaron en ellos la llamada y la vocación. Gracias por nuestro sacerdocio, especialmente de los homenajeados, y que sigamos nuestro camino cuidando el ser y cuidando también esos tiempos de hacer que se mezclan entre estudio, oración y misión.

Capilla mayor del Seminario de Mondoñedo, lunes 11 de mayo de 2026

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