El pasado 3 de octubre se cumplía un año de la llegada del sacerdote Dieudonné a nuestra diócesis. Sabemos que su nombre significa “regalo de Dios” y podemos decir que Dieudonné ciertamente está siendo un regalo que agradecemos profundamente y que aporta su evangelización desde la familia mercedaria de la que forma parte. En julio fue nombrado delegado diocesano de Ecumenismo y recientemente dirigió el taller «Conviviendo con personas que rezan diferente» en el Encuentro Diocesano de Migrantes en Mondoñedo.
¿Cómo resultó la experiencia de dirigir un taller en el Encuentro de Migrantes?
Fuimos unos veinte personas, y aunque todos los participantes eran católicos, varios de ellos habían tenido una experiencia de encuentro y cercanía con el mundo protestante, evangélico o incluso con realidades de diálogo interreligioso por su relación con el mundo musulmán. Resultó bastante interesante y disfrutamos con lo compartido.
Cuéntanos un poco sobre tus orígenes, tu familia, tu infancia…
Nyamasheke, donde nací en 1989, es un pequeño distrito (1.175 km cuadrados, casi 600 poblaciones divididas en quince sectores con capital en Kagano) en el oeste de Ruanda, una zona rural frente al lago Kivu que divide Ruanda con el Congo. De mi infancia recuerdo la tarea de ir a buscar agua a la fuente (era muy importante hacerlo); cuidar el ganado de la casa; trabajar la tierra para asegurarse la comida de cada día. Mis padres eran profesores, me educaron y me llevaron siempre a la iglesia, donde fui monaguillo. En la actualidad están jubilados y celebrarán sus bodas de oro matrimoniales el año que viene.
Compartimos vagos recuerdos del genocidio de 1994 durante el café. Tenía entonces sólo cinco años y permanecen las imágenes de una hermana llevándolo a hombros para huir, y de un padre que intentó poner a la familia a buen recaudo protegiéndolos en los momentos más difíciles
¿Cómo fueron tus estudios en esos años?
A los 11 años, en el 2001, aprobé el examen para entrar en el seminario menor. En 2009 mi hermana estaba en Camerún y mantenía contacto parroquial con los padres mercedarios. Ahí nació la propuesta de cursar estudios con los mercedarios en Camerún. Me tocó dejar Ruanda y a los compañeros del seminario y del barrio con los que me gustaba jugar torneos de fútbol. En el seminario éramos de jugar mucho al fútbol, entre parroquias, competiciones…
¿Cómo fueron los años de formación en los mercedarios?
Realicé tres años de filosofía en Camerún. Luego estuve un año en el noviciado en Angola, para pasar después cuatro años más en Camerún, donde cursé la teología. De la Orden de la Merced me atrajo mucho la libertad. Realizarse en autenticidad, uno mismo, ser libre de tantas cosas que nos esclavizan, procurando esa vivencia de libertad: ayudar a ser libres a las personas en peligro de perder su fe. Me impactó mucho esa palabra: “Libertad”. Creo que es uno de los grandes desafíos del hombre de hoy. Quise ofrecer la libertad, ayudar a vivir la fe que nos hace libres; ayudar a descubrir la liberación que nos ofrece Dios. Cuando no hay fe nos falta esa libertad. Es importante mantener la fe. El peligro es perderla.
¿Qué recuerdos tienes de tus profesores y formadores?
Agradezco mucho de ellos sus enseñanzas para ser libre. Uno tiene que ser libre primero para ayudar a tener libertad al otro. El orden de la vida es importante: estar alegre, tener esperanza, tener amor. Es importante descubrirlo y conquistarlo para luego poder ofrecerlo. Eso me quedó grabado de ellos. La idea que uno tiene que ser testimonio con su vida. Me quedaré con la enseñanza de un profesor que nos enseñaba que esto de ser sacerdote es cuestión de “responsabilidad”, de vivirlo todo con mucha responsabilidad, siendo consciente de todo lo que supone el ministerio y lo que se asume con él.
Y algo que me gusta recordar es la enseñanza de que la teología se resume en la “pastoral de proximidad”. No llega con ordenarse para ejercer en un despacho o para ceñirse a un trabajo de realizar homilías. Es muy importante el encuentro con las personas… lo que nos enseñaron sobre la importancia de la “pastoral de proximidad”.
Te ordena sacerdote mercedario monseñor Sosthène Léopold Bayemi Matjei en 2019. ¿Cómo fue tu llegada a España?
Llegué a Madrid el 11 de enero de 2024 a los mercedarios de la provincia de Castilla. Estuve colaborando con la fundación-proyecto de acogida “Merced Migraciones” como intérprete durante el primer mes. Desde entonces estuve aprendiendo el idioma en una academia y celebrando en nuestra parroquia mercedaria de Santa María de Cervellón, en Ciudad Lineal. Hasta que en septiembre del pasado año me llamó el provincial a petición del obispo de Mondoñedo-Ferrol. A principios de octubre llegué con mis maletas y me acogieron en la casa mercedaria de Ferrol, así como los compañeros sacerdotes de Ferrol. Recuerdo celebrar ya el 4 de octubre en el Socorro, en la concatedral y en el Carmen.
¿Qué diferencias encuentras entre nuestras comunidades y las de tu lugar de origen?
Lo que más se percibe es el envejecimiento de las comunidades. En Camerún las iglesias están llenas de gente joven. Cuando me ordené éramos unos veinte curas junto a otros tantos diáconos (así es prácticamente cada mes)… Aquí las vocaciones son ordenaciones en solitario y no todos los años. Aquellas iglesias están llenas, con vida y participación… aunque se percibe en la juventud que comienza a contagiarse algo el fenómeno de la secularización. Ruanda y Camerún tienen presencia de muchas congregaciones religiosas, mantienen una mayoría de población católica seguida de mundo protestante, adventista y muy poco musulmán. Tenemos una buena relación, compartimos fiestas, acudimos y permitimos (también nos permiten) acudir a nuestras (sus) celebraciones. Hay un buen ambiente, no hay enfrentamiento. Yo tengo una tía adventista que viene, participa, incluso canta en la celebración; mantiene todo el respeto y manteniendo ese respeto no comulga. Vivimos un ámbito de convivencia muy enriquecedor y tolerante.
Comienzas una nueva etapa como delegado diocesano de Ecumenismo. ¿Cuáles son las perspectivas?
Creo que va a resultar una experiencia enriquecedora que me va a permitir conocer y recorrer la diócesis. Me obligará a compartir y acercarme a otras confesiones y religiones, y espero poder hacerlo transmitiendo alegría. Cada uno pone su pieza para edificar. Tenemos que despertar el encuentro-convivencia con respeto mutuo, comprendiendo que las diferencias también son una riqueza. Las diferencias no son una pobreza, no deben dividirnos, sino ayudarnos al encuentro y mutuo respeto. Toca juntarnos a orar en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en enero, sensibilizar, difundir información, acercarse a colegios y a eventos… Me gustaría crear un equipo, trabajar en equipo, compartir la tarea y no quedarme solamente en el entorno de Ferrol. Quiero hacer presencia en los otros lugares también.
En la actualidad celebras y apoyas la pastoral diocesana con la atención a varias parroquias y comunidades…
Sí, San Julián, el Carmen, el Socorro, Dolores y San Rosendo de Canido. Acompaño a las Esclavas del Santísimo, a las cofradías de Ferrol cuando lo solicitan y a la Cáritas de la UPA Ferrol-Centro. Resido en nuestra casa mercedaria de Ferrol, allí estamos cinco mercedarios, cuatro de ellos sacerdotes.
Entrevista de Javier Martínez Prieto








Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.



















