- Mensaje del obispo de Mondoñedo-Ferrol con motivo de la fiesta de la Virgen de la Merced, patrona de las prisiones e instituciones penitenciarias
Como todos los años, la fiesta de la Merced nos invita a mirar el mundo de las cárceles que suele estar tan olvidado y condicionado por todos nosotros. Nuestro conocimiento de este ámbito suele ser escaso, marcado por estereotipos y reforzado por posturas vindicativas y punitivas muy extendidas, naturales y normalizadas. Por eso, es bueno acercarnos a esta realidad con otros ojos y otras miradas renovadas para descubrir, más allá de las cifras, a cada persona, su historia y la realidad de sufrimiento que encierran sus muros, celdas, pasillos y patios.
Es indiscutible la necesidad de restaurar la justicia quebrada. Es verdad que la sociedad se tiene que proteger de comportamientos y conductas dañinas. Es cierto que en todo acto delictivo existe una víctima que ha sido violentada en alguno de sus derechos. Sin embargo, cabe preguntarse si el modelo penitenciario actual es la única solución a todos estos retos, la solución más humanizante para resarcir la sed de justicia que todos anidamos dentro, para iniciar caminos de reparación que provoquen la reinserción en la sociedad. El rígido esquema de delito y castigo no siempre favorece el crecimiento personal. Quizás, por ello, otras formas de pena son posibles y son necesarias. Y tendríamos que soñarlas juntos.
En estos años que me he acercado al mundo de la cárcel he podido constatar el dolor que allí se alberga. Pienso en los presos en situación preventiva cuyos procesos judiciales se prolongan y sumen en un mar de incertezas a tantas personas. Cuando la justicia se dilata en el tiempo y no es rápida, quizás deja ya de ser justicia tanto para la víctima como para el victimario. Pienso en los presos que sienten el peso de la soledad en las cárceles, rechazados u olvidados por sus amigos, por sus familias, por sus viejos compañeros, por la comunidad cristiana. Pienso en los sufrimientos que supone la pérdida de horizontes cuando las penas se dilatan mucho en el tiempo, en las enfermedades mentales que se multiplican con el aislamiento, en las relaciones de poder que allí dentro se establecen y que tanto dolor producen. Pienso en las horas eternas rayándose la cabeza con futuros inciertos, con relaciones rotas, con sufrimientos provocados, con deseos incumplidos… Y pienso en la mayoría de las familias que sufren juicios paralelos, que se ven marcadas por las historias de su familiar cercano, que lloran junto a su hijo, esposo o padre.
Quizás es bueno recordar hoy estas palabras de Victoria Kent, directora general de prisiones en 1931: “Una prisión es un pequeño mundo habitado por seres humanos libres ayer, caídos en desgracia hoy, y ella debe darles lo que faltó en sus vidas para incorporarse a esta sociedad arrolladora y arbitraria. Una prisión debe ser, y será si así nos lo proponemos, una escuela, un taller, un sanatorio; necesita la cárcel nuestra colaboración, nuestra asistencia y nuestro consuelo”.
Estas palabras nos recuerdan varias claves. En primer lugar, que la dignidad de la persona no se pierde nunca y que, por tanto, al hablar del mundo de la cárcel, estamos hablando de seres humanos iguales a nosotros. En segundo lugar, que la cárcel no se puede convertir en un lugar de apartamiento, sino que ha de ser un lugar reparador de tantas heridas y falta de oportunidades previas. Muchas de ellas vinculadas a la exclusión social. Como recordaba el papa Francisco, al salir de una prisión, “¿por qué ellos sí y yo no?”. Por último, que la cárcel necesita del concurso de todos para alcanzar su fin integrador y reparador.
Quizás, por eso, es bueno repetirnos las palabras del papa León XIV al visitar la prisión de Barcelona: “Dios te ama como eres, pero te sueña mejor”. El pasado no puede ser nunca una losa insalvable, sino una escuela desde la que aprender y reconstruir. El sueño de Dios quiere ser también compartido por toda la comunidad cristiana, y ojalá, por toda la sociedad. Eso exige superar muros, quitar prejuicios, posibilitar caminos, desechar consignas, abrir esperanzas. Dentro de pocos días comenzaremos el Camino de Santiago con un grupo de presos: sin duda será una posibilidad real de abrir caminos de libertad, de futuro, de oportunidad.
Vuestro hermano y amigo,
+Fernando, obispo de Mondoñedo-Ferrol








Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.
Nacida en Ferrol (A Coruña) el 24 de mayo de 1972.




















