- Homilía en la ordenación diaconal de Víctor Andrés Segura González
Un saludo a todos los presentes. Un saludo muy especial a todos los sacerdotes que hoy, como forma de corona, acompañan en el altar en esta celebración; sacerdotes de nuestra diócesis de Mondoñedo-Ferrol en sus diferentes destinos. Gracias también por el esfuerzo que habéis hecho de venir hoy a acompañar a Andrés en este día de alegría para todos nosotros.
Un saludo a los seminaristas que, en nuestro seminario interdiocesano, hacéis esa pequeña comunidad para juntos discernir lo que es el camino sacerdotal y poder ilusionaros unos con otros en esta respuesta. Sin duda, este momento de respuesta de alguno de los miembros de la comunidad es un acicate, es una palabra de ánimo también en vuestro camino.
Un saludo a los que llenáis estas naves de la iglesia: de la vida consagrada —me alegra enormemente que la vida consagrada se una en estas celebraciones que son diocesanas—; un saludo a los que venís de las diferentes parroquias donde Andrés ha ejercido sus diferentes servicios pastorales: en la zona de Caranza, aquí en la zona centro y ahora en toda la UPA del Ensanche. Y a todos y cada uno de los demás lugares que habéis venido.
Especialmente a la comunidad inmigrante colombiana, que se ven vuestros rostros, y sobre todo a mis amigos de la comunidad de sordos que hoy nos acompañan, porque también Andrés está aprendiendo este lenguaje para que un día también la palabra de Dios llegue en vuestra palabra, llegue en vuestro lenguaje a vosotros.
No me olvido de los formadores del seminario, especialmente hoy, que es un día tan especial para vosotros y que quiero agradecer también públicamente; y en vosotros a todos los formadores que Andrés ha ido teniendo en su proceso. Y también a todos los profesores del ITC (Instituto Teológico Compostelano) que también han contribuido y han colaborado en esa dura, muchas veces tarea ingrata, pero que vemos frutos y también eso nos ayuda a seguir animando.
No dejo en el último lugar porque sean los menos importantes a toda la familia de Andrés que, vía streaming, gracias a Carlos, nos está retransmitiendo al otro lado del “charco”. Un saludo especial a todos: a los papás, a los hermanos, a todos los familiares y amigos. Y en último lugar un saludo a Andrés, que no eres el protagonista, porque siempre el protagonista de nuestras celebraciones es Cristo; Él es el que nos llama, Él es el que nos convoca, el auténtico protagonista de todas nuestras celebraciones.
Hoy es el domingo Laetare, domingo de la alegría. Es el domingo en el que, en este tiempo cuaresmal, se aminora un poquito la penitencia, el sufrimiento y el esfuerzo para unirnos a la alegría de la Pascua que ya la «olemos». Los sones de las bandas, los preparativos de las cofradías se visibilizan por todos lados. Y hoy es un día de alegría, pero es un día de alegría muy especial para esta iglesia diocesana porque nos ha regalado un hermano nuestro que se pone a nuestro servicio. Es un domingo de alegría porque Andrés se pone a disposición de esta iglesia diocesana de Mondoñedo-Ferrol.
A todos nos gusta recibir regalos, pero si los regalos son personales y si los regalos nos sirven, mucho mejor. Hoy Andrés es el regalo que Dios nos hace a esta iglesia. Insisto en «esta Iglesia» porque hoy comienza tu incardinación. Has hecho un proceso largo, has tenido que pasar un océano para encardinarte en esta iglesia: pequeña, humilde, sencilla, pero con muchas cualidades, con muchas capacidades y muchos carismas. Y a esta iglesia vienes a servir, enviado por el Espíritu, con su lengua, con su historia, con sus tradiciones. La incardinación que hoy has firmado esta mañana, delante de los seminaristas, no solo es un proceso jurídico, es un proceso teológico que nos lleva a la encarnación. Ojalá que este camino lo hagas realidad a lo largo de tu ministerio.
Querría comenzar dando las gracias. Gracias a ti especialmente, gracias por tu «sí». Gracias por ese “sí” que has dado al Señor. Un sí que transforma, como todos los síes, porque cuando damos un sí nos transforma y nos cambia. Pero este sí que hoy das al Señor a través de este sacramento del orden te transforma esencialmente, profundamente. Como alguien te decía hoy en la comida en forma de broma: «Es como un nuevo nacimiento, naces de nuevo, eres otra carne, formas otro nuevo ser». No solo es una función la que recibes a través del sacramento del orden, sino que es un nuevo nacimiento.
Es un sí que se une a muchos síes: los síes que todos hemos dado porque todos tenemos una vocación; los síes de toda la asamblea de la Iglesia que dice sí al Señor en cada una de sus vocaciones; y los síes de toda la historia de la humanidad. Pero me gustaría que te unieras hoy especialmente al sí del rey David que hemos proclamado en la primera lectura. ¡Qué bonita lectura para tu ordenación diaconal! David, que es el más pequeño de los hermanos. Hemos escuchado la duda de Samuel, cuando le va a ungir el nuevo rey: «Pues este primero que era guapo, hermoso, que era grande, que parecía que era mucho… este es el que ha elegido el Señor». Y sin embargo, el Señor había elegido al más pequeño. El Señor ve lo secreto del corazón. Nunca sabemos por qué el Señor nos elige; nos elige en su infinita e inescrutable sabiduría. Pero el Señor se ha fijado en ti para llamarte y darte una misión.
Qué hermoso que como el rey David hoy te sientas también pequeño. No son tus méritos (que los tienes), ni tus cualidades (que las tienes), ni tus capacidades (que las tienes), sino que es tu pequeñez y tu fragilidad la que el Señor ha elegido para que Él brille en ti, para que Él sea Dios en ti, para que en tu pequeñez nos reveles al Dios que te ha elegido. Pero date cuenta, Samuel unge a este humilde pastor para ser el rey de Israel, un poco para decir: «Cuando seas rey, cuando seas poderoso, cuando gobiernes, no te olvides de tus orígenes, no te olvides de dónde vienes». Es bonito que tú también hoy recojas esta llamada: no te olvides de dónde vienes ni de dónde eres para que desde tu pequeñez puedas ofrecerte al Señor.
Hoy recibes el sacramento del orden en el orden del diaconado, que significa, simboliza o expresa fundamentalmente dos cosas:
1. El diaconado nos recuerda que Jesús es siervo, que Jesús es nuestro servidor. A partir de ahora vas a ser como una especie de espejo: ya no tienes que reflejarte a ti, sino que tienes que reflejar a Cristo servidor, a Cristo siervo que se pone el último a lavar los pies, que es crucificado. Porque desde la cruz y desde el servicio, desde el lavatorio de los pies, es donde Jesús nos salva, donde Jesús nos sirve. Eres signo de ese sacramento de Jesucristo siervo.
2. Junto a ello, que la Iglesia está llamada a servir. La Iglesia sirve cuando sirve; la Iglesia es «más Iglesia» cuando sirve. Y eso nos lo recuerda precisamente el orden del diaconado. Nuestra iglesia está llamada a servir. Por eso luego te revestirás con la dalmática, pero el otro día leía en un libro que el vestido típico, el vestido propio del diácono, tendría que ser, no la dalmática, sino el delantal. Es el “ministerio del delantal”: de ponerte al servicio de los otros para recordarnos que Jesús nos sirve y que la Iglesia está llamada a servirnos.
Es hermoso también que, no como un paso previo para el presbiterado, sino como una manera de encarnar más a Jesús en tu vida y de identificarte con Él, recibas hoy este orden del diaconado. Porque, en definitiva, de esa manera estás expresando que solo podremos ser presbíteros cuando sirvamos. Seremos presbíteros auténticos cuando hayamos asumido este camino del servicio, de la entrega, de ponernos a disposición y al servicio especialmente de los últimos.
El Evangelio que hoy hemos proclamado nos ayuda muy bien a configurar este sacramento: el texto de la curación del ciego de nacimiento. Para servir se necesita una clave principal: que te descubras curado por el Señor. En ese ciego de nacimiento eres tú, somos cada uno de nosotros. En tu proceso de seminario y de vocación, también has hecho el mismo camino: has dejado atrás tus cegueras, has sido iluminado por Cristo y has descubierto una luz nueva que el Señor te ofrece para terminar diciendo, como el ciego: «Señor, yo creo».
Para servir bien, sintámonos previamente curados por este Señor que nos limpia de nuestras cegueras, que nos purifica de nuestras oscuridades y que nos da unos ojos diferentes para mirar la realidad y mirar a las personas a las que tendrás que servir. Y el Evangelio nos decía además algunas claves de por dónde tiene que ir tu ministerio:
· Desde abajo: Dice el texto que Jesús cogió barro, cogió el polvo del camino y con la saliva hizo barro. Solo podemos servir cuando nos abajamos, cuando realmente nos ensuciamos. El servicio siempre es desde abajo.
· El acompañamiento: Jesús va haciendo un acompañamiento a ese ciego en su proceso de sanación. El servicio es fundamentalmente acompañar el proceso lento y personal que cada uno de los que tenemos enfrente va haciendo.
· Dar dignidad: Cuando el ciego es expulsado de la sinagoga, Jesús va a él, le busca –qué hermoso – para darle dignidad. Seremos servidores cuando demos dignidad a las personas, cuando sepamos integrar a los excluidos de nuestro mundo en la comunidad cristiana.
Hoy como diácono recibes dos altares: el altar de la Palabra y el altar de los pobres. El altar de la Palabra te ayudará a configurar tu vida más con Cristo; el altar de los pobres te ayudará a escucharles, porque también en la figura de los pobres el Señor te sigue hablando.
Pues Andrés, muchas gracias por tu sí. Que tu sí traiga más síes en nuestra iglesia diocesana. Que a los jóvenes que se estén planteando la vocación, ojalá que este sí les plantee una respuesta generosa. Y que desde esta clave del ciego de nacimiento, nos ayudes también a descubrir a Jesucristo como la luz del mundo.
Pronunciada el domingo 15 de marzo de 2026 en la concatedral de San Xiao de Ferrol








Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.
Nacida en Ferrol (A Coruña) el 24 de mayo de 1972.




















