Momentos para el juego

"Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" (Mt 16, 13-20)

Inteligencia y cariño: éstas eran las dos condiciones que cumplía aquel caniche para ser tenido por "su familia". El buen párroco se sintió acaso en el deber de recordar que los animales son animales y no personas, habida cuenta del abismo que nos separa de ellos. Mientras, yo jugueteaba con el animalito entre el suelo y mis rodillas, tan ajeno como él a ese abismo en cuyo borde debía de encontrarme, por lo visto, sin saberlo ni preocuparme lo más mínimo por ello. Los animales no son humanos, es bien cierto, pero hay momentos en que se parecen a nosotros y nosotros a ellos…

Son los momentos para el juego. Se cuenta de algunas batallas que los contendientes se daban breve tregua para jugar unos con otros. No importaba entonces el bando más que si el otro es un bruto animal y yo persona. Jugando somos todos necesarios. No es posible jugar con uno mismo. Por eso el juego une más que la más justa de las guerras y la más alta de todas las banderas. Nosotros lo valoramos, sin embargo, mucho menos que el trabajo productivo y redentor. Pero, al minusvalorarlo, obtenemos un efecto inesperado: la sobrevaloracion del ocio, que es tiempo para pasarlo sin trabajar. El juego redime mucho más que el propio trabajo y su residuo, hábilmente explotado por la industria del entretenimiento.

No es posible conocer sin querer, reconocer el valor y la inteligencia de otro ser humano sin ponerse a jugar con él. Dos se conocen cuando empieza el juego. Aprenden a respetarse respetando las reglas del juego: ni trampas ni zancadillas. Sobre el terreno de juego queda al descubierto el corazón de las personas: sus sentimientos, su mundo propio. Allí se juega nada menos que la verdad del mundo común, ése que vamos componiendo o descomponiendo con nuestras palabras comunes: desde las más concretas hasta las más abstractas, desde las más humildes hasta las más sublimes. La ética en el juego es la base de la política, juego de la convivencia entre libres e iguales.

Allí donde no se juega o se juega sin reglas, no es solo el abismo entre hombre y bruto el que se abre. Se abre un abismo aún más profundo entre hombre y hombre. El que no sabe querer a una criatura indefensa no sabe desarmar tampoco a otra que puede defenderse. El que no sabe jugar con las palabras o los gestos, con las manos o los pies y con la cabeza, es como uno de esos políticos que nunca cumplen sus promesas. Sus grandes palabras mueren sin haber nacido, gastadas y vacías. Sin mundo propio no hay un mundo común que merezca la pena. Sin ética no hay política, sociedad de personas en juego y en diálogo.

Cuando Jesús se vio rechazado por su pueblo parece que se fue con sus discípulos, como quien se retira a su propio mundo, y les hizo dos preguntas. La primera: "¿quién dice la gente que soy yo?" Y la segunda: "¿quién decís vosotros que soy yo?" A mí esta escena de Jesús con sus discípulos me parece un juego de preguntas y respuestas. Había que jugar porque de lo que se trataba era de conocerse, de que aquellos discípulos -semilla de la futura Iglesia- llegaran a ser el grupo de los que conocen a Jesús en su identidad única.

La gente -el mundo común de la época- tenía una idea común de Jesús, la de que era otro entre los grandes profetas conocidos ya en Israel. Solo ellos, Pedro a la cabeza, sabían quién era Él propiamente. Por eso fueron ellos quienes recibieron, en la persona de Pedro, la misión de edificar la Iglesia e interpretar la ley, esto es, construir el mundo común en que hoy vivimos: este mundo donde cada uno tiene su nombre propio, empezando por Pedro y siguiendo por los demás. Un mundo sin abismos entre hombre y bruto ni entre hombre y hombre. Un mundo con momentos para el juego.

«No es posible conocer sin querer, reconocer el valor y la inteligencia de otro ser humano sin ponerse a jugar con él»

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