- Pronunciado por el obispo diocesano, monseñor Fernando García Cadiñanos, en la Praza Maior de Viveiro el 3 de abril de 2026
Un año más nos disponemos a celebrar el día de Viernes Santo. Este año es un año especial. Conmemoramos el 75 aniversario de la Hermandad de las Siete Palabras y, de forma excepcional, ocupamos el espacio de la plaza pública para este Sermón, como se hizo durante los primeros años. Es para mí un honor y una honra, que expreso junto a mi alegría por esta conmemoración.
Permitidme comenzar este Sermón con dos consideraciones: la primera tiene que ver con el espacio en donde realizamos este acto. ¿En una sociedad laica, donde la presencia de lo sagrado se considera espacio personal y privado, tiene sentido exponer a Cristo Crucificado y predicar sus siete últimas palabras en la plaza pública? ¿No tendría que recluirse al espacio privado de los templos, sin necesidad de tener que exponerse en el lugar que es de todos y que comúnmente compartimos hombres y mujeres tan diversos? No es momento, quizás, para rebatir estas pretensiones laicistas que hoy tanto se imponen. Os felicito porque, hoy Viveiro proclama algo hermoso: su alma más propia sabe que lo religioso también le pertenece; que lo cristiano no ofende sino que suma; no limita sino que posibilita; que el mensaje de Cristo en la Cruz nos ayuda a vivir a todos mejor; que es un modelo y ejemplo que no puede perderse, es un acontecimiento que merece la pena ser actualizado y expuesto en el corazón de la ciudad, como es su plaza mayor, para que todos lo conozcan, lo admiren, lo imiten…
Una segunda consideración: el sermón de las Siete Palabras necesita mucho de lo que San Ignacio de Loyola llamaba “composición de lugar”. Para este gran santo, era necesario que, en la imaginación personal de cada uno, fuésemos capaces de recrear e imaginar la escena que estamos narrando para que su mensaje y actualidad nos pudieran provocar más honda y realmente. La composición de lugar te ayuda a acoger lo que hoy Dios te quiere comunicar a ti, quiere compartir contigo. Imaginarnos la escena, quizás con nuestros ojos cerrados, nos ayuda a acoger la fuerza y la riqueza de lo que hoy acontece. En esta voluntad de recrear lo que aconteció, nuestros hermanos franciscanos, de los que bebe tanto la tradición de la Semana Santa de Viveiro, buscaron que nuestra plaza mayor se convirtiera teatralmente en el Monte Calvario de Jerusalén. También nosotros, como hace dos mil años los jerosolimitanos, estamos en esta pequeña colina acompañando a un reo, a un justo ajusticiado. Estamos asistiendo a una ejecución que quiere ser ejemplizante, como pretende siempre la justicia terrena. Este es el espectáculo que hoy se nos propone, acompañados también de autoridades, soldados, espectadores y curiosos. Se nos propone hacer un viaje en el tiempo, retrotraernos a la Jerusalén de hace dos mil años y, ser testigos en primera línea de las 7 últimas palabras de un reo desde su patíbulo.
Como podéis imaginar, se trata de un acontecimiento duro y cruel, pero a la vez íntimo y profundo: el momento de la muerte de una persona. Estas palabras se convierten en un testamento de vida que ha de ser guardado a fuego en el corazón de los que lo contemplan y le siguen. De ti y de mí. Y se pronuncian desde una cátedra muy especial y extraña que les da una profundidad radical: la Cruz. Porque desde la Cruz estas palabras alcanzan sentido y cumplimiento.
PRIMERA PALABRA: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)
La primera palabra de Cristo se la dirige a su Padre del Cielo. También lo hará con la última. Toda su vida ha sido, en definitiva, un diálogo con el Padre con el que tantas veces ha establecido una conversación íntima. No extraña, por tanto, que en estos momentos finales donde se encuentra Jesús en su patíbulo, reabra abiertamente esta comunión íntima con el Padre a quien ha entregado su vida y del que ha recibido su misión.
Este diálogo con el Padre es espejo del diálogo de tantos creyentes con nuestro Dios con quien, en el silencio de nuestro corazón, contrastamos lo que nos va aconteciendo, lo que vivimos y estamos llamados a iluminar. Para la oración no es necesario ir al templo y formular frases aprendidas desde niños: la oración es una conversación con nuestro Dios a quien presentamos nuestra vida, lo que vemos, lo que nos acontece, lo que sufrimos, lo que esperamos, lo que deseamos… como Jesús hoy en la Cruz.
La oración de Jesús, perdónales, se convierte en la síntesis de todo su mensaje en esta tierra: perdón. Al ver lo que se le viene encima, Jesús reclama el perdón. Para eso ha venido: para manifestarnos y ofrecernos el perdón del Padre, para reconciliarnos. Esta palabra es un acto de amor, el último acto de amor de Cristo: perdonar. ¿Cómo no recordar las parábolas de la misericordia, que aparecen en el Evangelio de Lucas, y que nos hablan y describen la belleza del perdón y la misericordia del Padre? ¿Cómo no rememorar ahora la invitación que Jesús había hecho a los suyos y que él vive en primera persona: “amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos”?
Perdonar… si hay algo que se nos hace complicado en esta vida es perdonar. ¿Verdad? Y, por eso, tenemos tantas heridas de guerra, por eso tenemos tantos caídos a nuestro lado, por eso vivimos con el reloj parado en vivencias que ya no pueden ser modificadas… Perdonar es como abrir la mano y dejar que de ella salga el daño causado, el rencor que nos impide caminar, el dolor que nos oprime. Solo el perdón nos cura, solo el perdón nos hermana, solo el perdón nos permite vivir con el tiempo a punto. En definitiva, solo el perdón nos libera y nos hace libres. El perdón nos saca de nuestra cárcel del pasado para poder ser cobijo de nuevo.
Y, porque el perdón nos es tan difícil, es Dios mismo el que se adelanta y nos lo ofrece. Él toma la iniciativa y te lo regala para que lo experimentes y disfrutes la belleza de sentirse perdonado, no condenado, mirado con amor y con una nueva oportunidad. El perdón de Dios es lo más grande y lo que más le define: Dios es perdón y nos regala su perdón para que, empapados de él, sepamos vivir una vida plena y feliz.
Quizás alguno pueda decir… ¿Y de qué me tiene que perdonar Dios? ¿Qué le he hecho yo para haberle ofendido? Es quizás este, uno de los dramas de nuestro mundo: la ausencia del sentido del pecado, vivir como si Dios no existiera, vivir de espaldas a Dios, pensar que a Dios no le importa nuestra vida, nuestras obras, nuestros proyectos. Y, sin embargo, Dios que te ha creado y que te ama, sufre cuando te haces daño, cuando haces daño a los que conviven contigo, a nuestra casa común en la que habitamos. Por eso te puede ofrecer su perdón.
Gracias, Padre, por el perdón que nos regalas y nos ofreces.
SEGUNDA PALABRA: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43)
La segunda palabra de Jesús está dirigida a uno de los ladrones que comparten con él el suplicio y el escarnio público. La tradición ha puesto nombre a aquellos ladrones que, como monaguillos, acompañaron y ayudaron a Jesús en su primera y única misa, el ofrecimiento de su vida al Padre: Dimas y Gestas. Nombres propios, con historias concretas. Me vienen hoy a la memoria los rostros de mis hermanos presos a los que ayer lavé los pies en la cárcel de Teixeiro. Me vienen también a mi corazón la historia de tantos presos a los que he acompañado en el camino de Santiago o en mis visitas a las cárceles: hermanos nuestros a los que, mayoritariamente arrinconamos, sepultamos en vida, condenamos por los errores, juzgamos con venganza, personas a las que nos cuesta dar una segunda oportunidad. Hombres y mujeres de nuestros pueblos y ciudades, de nuestras mismas parroquias a los que quizás no hemos sabido acompañar, integrar, ayudar.
Jesús les mira con amor. Y les regala una promesa: el paraíso. No sé si sabéis que la palabra paraíso viene del persa y se refiere a ese lugar idílico, un jardín imaginario, lleno de árboles frutales, de fuentes y sombras donde se encuentra la paz y la armonía. Es el lugar deseado y buscado permanentemente. Nos evoca también el paraíso de nuestros primeros padres, de Adán y Eva, donde brillaba la armonía de la creación.
¡Cuántas veces también nosotros hemos utilizado esta palabra cuando estamos en lugares que nos asombran, que nos atraen, que nos conectan, que nos pacifican! Todos tenemos, sin duda, un pequeño paraíso que ahora podemos traer a nuestra mente y al que deseamos regresar en algún momento.
Para el creyente el paraíso es básicamente el cielo. Pero quizás lo hemos deformado y, esta palabra de Jesús, nos invita a reconsiderar nuestro concepto: porque hemos creído que el paraíso es un premio otorgado por Dios para los perfectos, para los puros, para los que lo hacen todo bien, para los que no tienen mancha. Además, hemos considerado el paraíso como un lugar, como un espacio de tranquilidad y sosiego individual, sin que nadie me moleste. Para enredarlo más, el paraíso lo hemos colocado al final de nuestra vida, en solución de discontinuidad con este mundo del que no participa para nada.
Al decir Jesús “hoy estarás conmigo en el paraíso” nos invita a convertirnos de esta mentalidad y cambiar nuestra mirada: el paraíso ya no es un premio para los intachables. Es un regalo inmerecido que Dios nos ofrece, como a Dimas, que sabe descubrir al Rey y Señor de su vida. Ser santo no es ser perfecto, sino acoger nuestra vulnerabilidad y ofrecerla al Creador. El paraíso tampoco es un lugar: es fundamentalmente una compañía, es gozar de la compañía de aquel que estaba especialmente volcado hacia los pequeños y los pobres, de aquel que nos manifiesta la ternura de Dios. El paraíso tampoco se debe relacionar con un espacio de bienestar individual, sino que se alcanza desde la cruz, desde el dolor y el sufrimiento, porque también en la Cruz comienza la resurrección. De esta manera, el dolor y la limitación no están al margen de nuestra salvación y nuestro desarrollo, sino que se integran necesariamente. Por último, el paraíso no tiene lugar al final del camino: se va construyendo aquí, se va realizando aquí. Hoy estarás conmigo en el paraíso, porque hoy se hace presente el Reino. El proyecto de Jesús, su reino de perdón y de justicia, es semilla del esperado paraíso.
¡Gracias, Señor, por regalarnos y abrirnos las puertas del paraíso!
TERCERA PALABRA: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Hijo, ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26)
La tercera palabra de Jesús en la Cruz se dirige a su madre y a su discípulo amado. Ellos, como imagen, semilla y figuración de lo que es la Iglesia, permanecen al pie de la Cruz, al pie del Crucificado. Aquí está naciendo la Iglesia que no puede estar sino al pie de la Cruz. Este es su sitio y su lugar original y permanente.
Al mirar a María que permanece junto al dolor, pienso en tantas madres que acompañan a sus hijos en el dolor de la vida. Las madres que permanecen siempre como puerta de esperanza para sus hijos. Las madres que despiden, rompiéndoseles el alma, a un hijo que ha fallecido. Las madres al pie de la cama en el hospital, al pie de la puerta de una cárcel, al pie de un centro de desintoxicación, al pie de un hogar de discapacitados… Qué hermoso y qué grande descubrir que una madre siempre espera, siempre apoya, siempre confía.
Sin duda, desde este altar de la Cruz que se convierte hoy también en cátedra, Jesús pensó en su madre: una viuda que se quedaba también sin su único hijo. Por los caminos que Él había recorrido tanto, se encontró con infinidad de viudas que pertenecían a ese grupo de especial vulnerabilidad, como diríamos hoy. Junto a los huérfanos y a los extranjeros, las viudas constituían el colectivo más empobrecido y necesitado del momento. Jesús, desde la Cruz, pensó en ello y se compadeció. ¿Acaso podía haberse olvidado? ¿Él, que tenía una mirada y sensibilidad especial y muy fina para observar y captar las personas necesitadas, podía escapársele esta situación? ¡Qué lejos está esta mirada de la nuestra, que tantas veces se fija en los ricos y poderosos, y que permanece indiferente ante las nuevas pobrezas!
Pero al encomendar a Juan el cuidado de María, no solo está confiando a una persona vulnerable para su cuidado: está despertando una nueva maternidad que se convierte en filiación y se transforma en fraternidad. En la Cruz está naciendo un nuevo regazo donde María recibe a toda la Iglesia y donde todos los hijos de la Iglesia, tú y yo, acogemos a María como Madre. En este intercambio, surge también una fraternidad entre todos afianzada en el misterio de Dios y de María.
En esta palabra, Jesús nos invita a vivir la belleza de vincularnos: Él nos provoca y nos conduce a no vivir la vida aislados. Y nos pide solícitamente que no dejemos al margen a nadie, sino que percibamos la grandeza de descubrirnos vinculados y comprometidos los unos para con los otros. Cuando las noticias nos hablan de que crece la soledad no deseada, cuando el individualismo nos aleja de las necesidades y alegrías de los otros, cuando todos vivimos encerrados en nuestros muros… desde la Cruz se nos pide hacernos cargo del otro. Así vivió Cristo, para quien nadie fue indiferente y que, desde la Cruz, carga con todas las cruces y dolores humanos. Así se entiende que Jesús se dirija a su madre con el calificativo de “mujer”: ella es la nueva Eva, madre de los creyentes, como imagen de la Iglesia. Una Iglesia que quiere vincularnos, despertarnos a la belleza y la dureza de la fraternidad. Porque la fraternidad no es un ideal sino que es una verdad, una realidad que nos viene dada y que estamos llamados a recorrer.
¡Gracias, Señor, porque desde la Cruz te preocupas de nuestra soledad y nos pides que nos abramos a los hermanos! ¡Gracias por concedernos a María como Madre que tanto acompaña nuestro duro caminar por esta vida!
CUARTA PALABRA: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46)
La cuarta palabra de Jesús se convierte en un grito. Parece un grito de desesperación, de sufrimiento extremo. Sin duda, tras esta plegaria, se esconde la oscuridad más absoluta, el dolor más grande, el padecimiento más enorme. Jesús de Nazaret hace suyo, en este momento, la noche oscura más oscura y sin sentido.
Su abajamiento llega hasta aquí. Él que era divino, se despojó de su rango y tomó la condición de siervo. La encarnación, que es un camino y un proceso de abajamiento, tiene aquí un nuevo escalón: conocer el dolor más grande, la oscuridad más negra y solitaria. Jesús vive aquí la noche oscura del dolor y de la soledad. Hasta ese nivel quiere conocer Jesús el corazón humano, para salvarnos, para que nada humano le sea indiferente ni desconocido.
Al contemplar este dolor me viene a la memoria los momentos por donde también nosotros atravesamos esta noche oscura, los momentos en los que nos interrogamos ante las injusticias y los sufrimientos de nuestro mundo. El dolor de las madres que pierden a sus niños en las travesías de las pateras, el sufrimiento de las víctimas colaterales de las guerras sin sentido de nuestro planeta, los holocaustos e injusticias que golpean nuestras conciencias, la oscuridad y las dudas de las víctimas inocentes de enfermedades… Todos tenemos en nuestro corazón tantas experiencias en las que nos hemos preguntado ¿por qué? ¿Dónde está Dios en tanto dolor y sufrimiento? Son las preguntas que nacen del misterio… ¿Por qué tanto dolor? ¿Por qué los silencios de Dios?
Y al experimentar este sufrimiento, Jesús nos propone el camino. El salmo 22, que es la plegaria orante de Jesús en la Cruz de la que están sacados estos primeros versos, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?, comienza con la pregunta, pero concluye con un paso a la confianza y con la certeza de que Dios acompaña este momento en su inescrutable providencia. La oración en los labios de Jesús no concluye en el interrogante y en la duda, sino que da el salto a la confianza y a la fe. Por eso, el salmo que parte de su situación dramática, concluye con una afirmación: “Pero tú, Señor no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. Fieles del Señor, alabadlo… porque no ha sentido desprecio ni repugnancia hacia el pobre desgraciado; no le ha escondido su rostro: cuando pidió auxilio le escuchó”.
Esta palabra de Jesús, que también dirige a su Padre, es un modelo de oración que cuestiona nuestra oración personal. ¿Cómo oramos? ¿Sobre qué oramos? ¿Qué actitud tenemos en la oración? Ya lo vemos, la oración de Jesús recoge toda su existencia, su situación, el drama de su peregrinar. Jesús ora desde su vida, desde su fragilidad y desesperación. Acoge su propio caminar y lo eleva en confianza al Padre. Porque desde su plegaria lo que destaca es la confianza, la certeza de que Dios lo acompaña, de que, en su silencio, la respuesta es su presencia escondida que nos fortalece, que nos sostiene, que no se pierde.
¡Gracias, Señor, por no abandonar nunca la nave de este mundo, aunque parezca que, a veces, estés dormido! ¡Gracias porque tú vas con nosotros y nos comprendes y acoges nuestro grito desesperado! ¡Sostennos siempre en nuestra fragilidad y no permitas que nos hundamos!
QUINTA PALABRA: “Tengo sed” (Jn 19, 28)
La quinta palabra de Jesús no tiene un interlocutor claro: se dirige a todo el que le quiera escuchar, de aquel momento o de todos los tiempos. Tampoco define el objeto de su sed, si es física o es imagen y metáfora de algo más grande. El soldado romano, quizás movido por una sana compasión, al oír este grito le alarga su propia bebida, una mezcla que llamaban posca y que era común entre los legionarios romanos.
Al contemplar esta palabra me viene a la mente la imagen de nuestro mundo. También él, tan satisfecho y embebido en tantas cosas, expresa dramáticamente su sed, que tiene que ser calmada. ¿No es acaso el consumismo, en todas sus formas de viajes, experiencias, compras, una forma de apagar la sed de la gente? ¿No es acaso la realidad de las diferentes dependencias una manera de calmar la sed que sufrimos? Por otra parte, ¿no hay una urgencia de reivindicar y de buscar una vida digna para todos? ¿No tenemos que reconocer la existencia de buenos y nuevos samaritanos que se acercan a los que, en nuestro mundo, tienen sed de ternura, de cercanía, de cariño?
Sí, nuestro mundo está sediento. ¡Cuánta soledad en nuestras calles y casas que grita una palabra de ánimo, una puerta abierta, una mano tendida, una conversación amistosa! ¿Cómo no pensar en la sed de sentido que tienen hoy tantos hermanos nuestros, especialmente los más jóvenes? ¿Cómo no recordar el drama de los suicidios que, en nuestra provincia de Lugo, es el más alto del país? ¿Acaso no deja de ser una expresión dramática y real de la sed de esperanza de tantos hermanos y hermanas nuestras que se han quedado exhaustos y cansados de vivir?
Quizás esa sed es la que hoy, muchos contemporáneos nuestros, especialmente muchos jóvenes, manifiestan cuando se dice que hay una vuelta a lo religioso y a lo sagrado. Los analistas de la realidad nos hablan de algunas expresiones y movimientos que muestran una vuelta a lo espiritual concretada en manifestaciones artísticas, en canciones y películas, en movimientos y movidas que se fijan en lo religioso y hacia lo que se acercan con curiosidad y admiración. Quizás todo esto muestra la necesidad de saciar esa sed de infinito y de sentido que todos buscamos y necesitamos, esa sed de agua auténtica y no estancada. Ojalá pudieran descubrir en la Iglesia la fuente que “mana y corre” y que ayuda a apagar esa sed del alma en forma de trascendencia y de fraternidad.
Pero la palabra de Jesús expresa, especialmente, su sed. ¿Cuál es la sed que tiene Cristo? Si recordamos el evangelio, esta es la segunda vez en la que se indica la necesidad de beber de Jesús de Nazaret. En el pozo de Jacob, también a la samaritana le solicita de beber, porque tiene sed. Pero en aquella hermosa conversación, que quizás aclara la palabra que aquí escuchamos, Jesús manifiesta la sed de intimidad y de amistad con cada uno de nosotros. Jesús, en aquella ocasión, tiene la sed de saciar la sed de aquella mujer. Jesús tiene sed de hacer el bien, de llenarnos de vida, de calmar nuestro deseo, de entrar en amistad profunda con nosotros. Como decía San Agustín, “Dios tiene sed de que los hombres tengan sed de Él”. Porque teniendo a Dios, lo tenemos todo. Como afirmaba Santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta”. Jesús tiene sed de estar contigo para que lo tengas todo. ¿Se puede querer más?
Gracias, Señor, porque tú eres el agua viva que calmas mi sed. Con el salmista, también yo quiero rezar hoy: “Como busca la cierva corrientes de agua, así me alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42). Gracias porque tienes sed de mí, porque quieres que viva en ti para que no me falte de nada. Gracias por abrirme tu corazón desde esta cátedra que es tu Cruz.
SEXTA PALABRA: “Todo está cumplido” (Jn 19,30)
La vida de Jesús de Nazaret se extingue. Consciente de sus últimos momentos, el Maestro hace un repaso de toda su vida. Y como haciendo un juicio sobre ella concluye sentenciando: “todo está cumplido”. Fijaos… son palabras llenas de esperanza, son palabras que nos hablan de una misión y parecen dirigirse a aquel que le ha enviado para mostrarle: “todo está hecho”. Es un mensaje que rezuma paz y satisfacción: la de aquel que ha cumplido lo que se esperaba de él.
Jesús, al ver próximo su final, no concluye diciendo: “todo se acabó”. Si así lo hubiera dicho es como si hubiera cerrado para siempre la puerta, hundido en la desesperanza. Diciendo “todo está cumplido” parece mantenerse aún el diálogo y se espera la respuesta de aquel que lo envió. En efecto, el Padre no podía callar ante esta vida ofrecida y plegada a hacer siempre la voluntad del Padre. Por eso, lo resucitó de entre los muertos ratificando así su vida y su misión.
¡Qué distinto el final cuando se mira como respuesta a una misión y a un envío! La vida es misión, la vida es vocación. Pienso, al proclamar esta palabra, en tantas personas que así conciben su existencia, desde la clave vocacional. Pienso en tantos moribundos, a los que he acompañado, que miran hacia atrás sin remordimientos y con satisfacción por la misión cumplida. Así nos invitaba Santa Teresa a comprender el paso seguro de la muerte: “Porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgados de quien hemos amado sobre todas las cosas. No será ir a tierra extraña sino propia pues es la de quien tanto amamos y nos ama”. Sí, Dios que nos ama, nos llama y nos envía para una misión. El misterio de la vida, el quehacer de cada persona, es descubrir esta vocación y responder a ella con generosidad. ¿Señor, qué quieres de mí? ¿Dónde me quieres y para qué me quieres? ¿Cómo estamos viviendo la vida: simplemente ‘acabando’ los días o estamos ‘cumpliendo’ una misión? No lo olvides: la vida es una llamada que Dios nos hace para algo, para alguien. Acoger esta verdad da un sentido nuevo, pleno y diferente a la existencia. La vida es un don que se vive dándose.
Así vivió Jesús: por eso, hoy puede ofrecer toda su existencia al Padre, para quien la ha vivido. No se la reserva, la ofrece. Y, así, puede afirmar con enorme paz: “Todo lo que me ordenó Dios mi Padre lo he cumplido a la perfección. He anunciado la buena noticia, el Evangelio del Reino de Dios, lo he confirmado con obras y palabras, he vivido entre los hombres haciendo el bien, les he descubierto que Dios es Padre de brazos abiertos, que espera siempre al hijo pródigo, que los criterios de Dios son algo diferente de aquellos que se usan entre los hombres, y que las palabras más serias no son placer, dinero y poder, sino entrega, misericordia y servicio. He cumplido en obediencia el proyecto de Dios mi Padre. He entregado mi vida a la muerte, para transformar todas las muertes en oportunidad de vida para siempre. Sí, todo está cumplido”.
Al contemplar esta palabra, damos gracias por la vida de Jesús siempre en diálogo y buscando la voluntad y las cosas del Padre. De esta manera nos descubre el secreto de la condición humana. Solo podremos decir que nuestra vida está cumplida, es decir, que ha servido para lo que estaba destinada, cuando también nosotros la vivamos como Cristo: entregándola, donándola, generando vida… Aquel que pasó por el mundo haciendo el bien, aquel que al testificar sobre su vida la reconoce como “cumplida” nos abre al misterio del don. Somos seres para los demás, somos seres para los otros… En la medida que así vivamos, también nosotros podremos decir: “todo está cumplido y bien cumplido” y podremos dar gracias así por una existencia no perdida.
¡Gracias, Señor, por tu vida bien cumplida, bien repleta y bien llena de amor! Que también nosotros cumplamos nuestra misión.
SÉPTIMA PALABRA: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lc 23, 46)
Esta palabra, como muchas anteriores, es parte de un salmo, en este caso, del salmo 31, que reza Jesús desde la Cruz. Como buen judío orante, conocedor de los salmos y de la Escritura, los últimos momentos de su vida están llenos de plegarias y oraciones con la sabiduría de los salmos. La Cruz, que ha sido cátedra de enseñanza, se convierte ahora en el templo y altar definitivo del sacrificio.
Tres términos afloran en estas palabras: Padre, manos, espíritu.
Jesús comienza llamando a Dios Padre. Su última palabra la dirige al Padre, como la primera. Su testamento es así una perfecta inclusión: comenzó invocando al Padre y culmina descansando en Él, recordándonos que nuestra vida es un viaje de retorno al Amor. Se concluye una conversación con su Padre bien amado a quien entrega toda su vida. Muere con la serenidad de un niño que duerme en los brazos de su padre. Así es Dios: un Padre/Madre bueno, bondadoso, vital. Para eso ha venido Cristo: para revelarnos el rostro de Dios. Un rostro que tantas veces deformamos, empequeñecemos, ensombrecemos. La vida creyente consiste, tantas veces, en revisar y corregir nuestra imagen de Dios. Ella es la que configura nuestra manera de orar, de relacionarnos con Él, de reconocernos en la Iglesia. A veces oramos a una caricatura de Dios que nosotros mismos hemos fabricado, perdiéndonos la inmensidad de su verdadera ternura. En muchas ocasiones la gente se manifiesta atea, pero lo es de un Dios en el que yo tampoco creo, ni quiero reconocer en las palabras de Cristo. Purifiquemos y hagamos un esfuerzo por descubrir a Dios: Él siempre nos sorprende, nos saca de nuestras seguridades y de nuestros esquemas.
En tus manos… ¿No es hablar de Dios de una forma demasiado humana? ¿Acaso Dios tiene manos? Desde luego que no tienen manos físicas, pero tiene la caricia de creación y el sostén de la providencia. Y no olvidemos tampoco que sus manos están marcadas siempre por las llagas y las heridas de los clavos. Encomendarse a sus manos es reconocer que, más allá del dolor y de la injusticia de los hombres, existe un lugar seguro donde nada se pierde. Es la invitación para que nosotros, en nuestros momentos de incertidumbre, aprendamos a soltar el control y a confiar en esas manos que no aprietan sino que acogen. Es una invitación al abandono: dejar de sostenernos a nosotros mismos para permitir que sean Sus manos las que nos sostengan. Por otra parte, Dios no tiene manos, pero también te tiene a ti y a mí para que seamos sus manos en medio de nuestro mundo y prolonguemos así su caricia y su abrazo a tantas situaciones de sufrimiento y desconsuelo.
Encomiendo mi espíritu… Jesús no muere, entrega el espíritu. Es curioso que los evangelistas, al referirse al momento final de la vida de Cristo, no nos hablan de una muerte sino que narran un tránsito que expresan entregando el espíritu. Me parece una manera hermosa de indicarnos que Cristo, el crucificado, muerto por nosotros, vive y ofrece su misma vida para prolongarla y alargarla en su Iglesia. Él nos concede su Espíritu para que lo acojamos y lo hagamos nuestro. No se trata de una energía abstracta, sino recibir su mismo estilo de vida, su misma forma de amar. En cierta manera, al exhalar su espíritu no está ocurriendo un final, sino una siembra. Ese espíritu que entrega al Padre es el mismo que será derramado sobre nosotros para que Cristo siga vivo entre nosotros. ¡Qué suerte tenemos que, al finalizar su vida, Jesús nos entrega su mismo Espíritu: el que ha alentado su misión, su tarea! El Espíritu que le llevó al desierto, que le acercó a los más pobres, que le condujo por senderos de ternura y misericordia, que le inspiró las parábolas y las palabras de aliento, que le mantuvo en las horas de dificultad. El Espíritu que hoy vive entre nosotros porque nos lo ha entregado el Hijo en el Padre.
Gracias, Señor, por darnos tu Espíritu. Que vivamos siempre según tu Espíritu. Gracias Señor por tu muerte por nosotros.
CONCLUSIÓN
Hemos concluido este Sermón. Hemos acompañado a Jesús en sus últimas horas entre nosotros físicamente. No hemos presenciado un espectáculo, hemos participado en un misterio, en un manantial de vida. Os sugiero dos invitaciones:
· Seguro que Jesús hoy te ha querido regalar algún mensaje para tu vida, algo que necesitas especialmente. Acógelo, escúchalo, atiéndelo…
· En segundo lugar, responde a esa invitación que has escuchado, y configura tu vida con los mismos sentimientos y pensamientos de Cristo. Haz tuyos los deseos de Cristo en la Cruz. Sabemos que no es fácil, pero es nuestra tarea. Como en su momento expresó un célebre actor, Jim Caviezel, “Si estás buscando una vida fácil, entonces lo tuyo no es la fe católica. Pero si vas a decir que eres católico, vívelo. Vive tu vida. Eso es lo que necesitamos. Necesitamos guerreros. Necesitamos santos en la tierra ahora. Los necesitamos urgentemente. Necesitamos personas que le den la espalda al pecado”.
Dios ha muerto por nosotros. Dios ha muerto por amor para darnos vida. Dios ha entregado toda su existencia. Hoy la Cruz deja de ser un madero de ejecución para ser un árbol de vida. Que la vida que aquí hemos visto donada la prolonguemos como siempre de vida por las calles de nuestra ciudad.
Gracias a la Hermandad de las Siete Palabras por poder facilitar un año más, y ya van 75, este sermón que siempre nos tiene que llenar de fe, esperanza y caridad. No os canséis de realizar este servicio a nuestro pueblo y de ofrecernos este hermoso regalo. Que Cristo nos bendiga y nos llene de su Paz.
Foto de portada: María Gueimunde (Facebook)








Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.
Nacida en Ferrol (A Coruña) el 24 de mayo de 1972.



















