Ante las elecciones al Parlamento de Galicia del 18 de febrero

Votar es mirar la realidad. Durante estos días previos a las elecciones del próximo 18 de febrero aflorarán, sin duda, diferentes miradas a una misma situación. Pero es posible que no sea la realidad la que se observe, sino que sea la idea o la ideología la que prevalezca. Si nos damos cuenta, nuestra mirada muchas veces está marcada por el color con el que la miramos. Para votar, sin embargo, se nos invita a alzar la mirada y dejar que sea la realidad la que prevalezca sobre la idea. Es necesario superar la perspectiva autorreferencial con que observamos lo que nos rodea. Una mirada al bien común, que ha de orientar siempre el sentido del voto, ha de ayudarnos a descubrir lo que nos pasa, lo que nos acontece, lo que nos circunda. Especialmente lo que muchas veces no queremos ver o se nos oculta, lo que pasa a los que están peor que nosotros, lo que viven los pobres…

Esa mirada a la realidad nos hace ver nuestras capacidades, nuestras posibilidades. Pero también los problemas que como sociedad hemos de afrontar en esta tierra nuestra: articular una sociedad donde las diferencias no sigan creciendo, sino que se reduzcan; vertebrar un territorio que permita un desarrollo sostenible entre todas las partes que lo componen; cuidar de la familia, promoviendo políticas que ayuden en la defensa de la vida y de la conciliación de la vida familiar y laboral; promocionar un trabajo digno para todos; luchar por garantizar el acceso a la vivienda para todos; trabajar por la integración de las personas en la sociedad desde la interculturalidad; promover una cultura, economía y política que respeten la dignidad de la persona… Sin duda son estos algunos de los problemas que nos preocupan y que juntos, sin que nadie quede excluido tras las elecciones, hemos de empeñarnos por resolver.

Votar es juzgar. Cada cuatro años los ciudadanos tenemos la oportunidad de controlar el poder, de valorar lo realizado, estimar el rumbo que tomamos, evaluar la eficacia y la altura moral de los que nos dirigen, manifestar, en definitiva, el grado de satisfacción de la gestión… Es bueno que los servidores de la sociedad rindan cuentas a la ciudadanía de lo realizado, de lo prometido, de lo que se ha construido con lo que es de todos. Es verdad que la mirada cortoplacista en la política no siempre es buena, porque se necesita, para muchos temas, una mirada a largo plazo que las elecciones impiden. Sin embargo, es valioso que seamos capaces de valorar desde nuestros valores para dar talla moral a la vida pública. No permitamos que en la vida política se promuevan valores que nos destruyen, impiden la convivencia e hipotecan la vida de las próximas generaciones, ni que se enraícen la mentira, los intereses particulares, los amiguismos, la ausencia de valores, los discursos vacíos… Si esto es así, la política se desvirtúa y ha de ser renovada.

Votar es soñar. Es oportuno que tengamos un sueño sobre nuestra sociedad. Los que no sueñan son incapaces de proyectarse en el futuro. El sueño nos levanta el ánimo, nos orienta en lo que buscamos y queremos personal y comunitariamente. Los sueños tienen que ver con nuestros ideales, con nuestros principios, con nuestros valores, con nuestros proyectos, con el mundo que queremos dejar a nuestros hijos. Pongámoslos sobre la mesa y, con otros, seamos capaces de compartirlos para articularlos y hacerlos realidad. En la capacidad de soñar, los cristianos tenemos los principios de la doctrina social de la Iglesia que alimentan proyectos concretos de sociedad más fraterna y humana. No los olvidemos.

Votar es participar en la vida política. Vivimos tiempos de desencanto, especialmente en el campo político. El desapego de la política nos ha de preocupar a todos pues pone en crisis la misma democracia. La política se ha alejado de los intereses de la gente, se ha profesionalizado desvirtuándose en su propia verdad. Y, sin embargo, la política es necesaria si no queremos caer en manos de la demagogia o del populismo o del economicismo. Una política que conlleva la participación y que supera, sin duda, el momento de la votación. Sí, votar es un derecho y un deber que ha de realizarse moralmente, pero no agota el compromiso político. Este se asienta en una participación activa y permanente desde la caridad política, virtud que la llena de sentido.

Votar es elegir. Y hacerlo en conciencia. Cierto que el bien absoluto aplicado a las decisiones políticas no existe. En el ámbito de lo terreno siempre nos movemos entre lo imperfecto. No se trata, por tanto, de votar el mal menor. Prefiero plantearlo en positivo: votar buscando siempre el bien de todos y de la casa común, descubriendo qué programa permite con realismo la mejor realización posible de las extraordinarias potencialidades alojadas en los valores cristianos. Ahí nos toca discernir.

Vuestro hermano y amigo.

+ Fernando, obispo de Mondoñedo-Ferrol

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