Homilía en la fiesta de la Virgen del Carmen 2026

  • Homilía del obispo de Mondoñedo-Ferrol en la fiesta de Nuestra Señora del Carmen-Día de las Gentes del Mar 2026

Estamos celebrando hoy una fiesta muy singular: la patrona de la Armada, la Virgen del Carmen. No es una celebración menor: todos sabemos y somos conscientes del amor y el respeto que la Virgen del Carmen suscita en tantos miembros del Pueblo de Dios, pero especialmente en tantos miembros de la Armada y en todos los hombres y mujeres relacionados con la mar. Su imagen está muy presente en todos los lugares singulares e importantes de la vida de un marino: desde el puente de mando, los puertos, las salas comunes y públicas… Pero si cabe, su icono está más grabado, quizás a fuego, en el corazón de todo hombre y mujer del mar. Y eso es lo importante y el lugar que la Virgen del Carmen más desea. Por eso, esta devoción conoce el corazón y la profundidad de todo marino: porque en ella cada uno ha sabido depositar sus lágrimas, sus esperanzas, sus sufrimientos, sus deseos y anhelos, su soledad.

Si todos los años es importante esta celebración y marca un hito en el calendario particular de esta ciudad de Ferrol, este año lo es de una manera singular: celebramos exactamente 125 años desde que aquella Real Orden de 1901 oficializara lo que el corazón de los marinos ya sabía desde siglos atrás: que la Virgen del Carmen es la legítima Patrona, la capitana de nuestros barcos y la guardiana de nuestras vidas en el mar. Agradezco la invitación que me habéis hecho hoy para acompañaros en esta fiesta.

Hacemos hoy memoria agradecida de toda esta historia que, sin duda, expresa una doble fidelidad: por una parte, la fidelidad de los hombres y mujeres de la Armada, que han entregado a María sus quehaceres, sus problemas y sus dificultades. Pero, por otra, la fidelidad de María que nunca abandona a sus hijos necesitados. Así lo hemos escuchado en el Evangelio, como encargo de su propio Hijo. Estar cerca de la Iglesia, sentirse madre de todos. Por eso, la Virgen, en sus diferentes advocaciones, sabemos que socorre y acoge el corazón herido y necesitado, el corazón suplicante y esperanzado que se abre a la misericordia de Dios. Sin duda, hoy agradecemos tantos consuelos que las gentes del mar habéis sentido y experimentado en el abrazo maternal de la Virgen del Carmen. Por eso, nuestra primera palabra hoy es gracias. Gracias a Dios por el regalo de su Madre.

No me canso de indicar que el mar, ese medio que desde la lejanía, en los días de calma del verano, suscita paz y sosiego en las personas que se acercan a nuestras costas es, desde el punto de vista de la cultura de nuestra civilización, un medio que muestra, mejor que ninguno, la fragilidad del ser humano. Se trata de un medio muchas veces hostil en el que el ser humano siente su pequeñez, su debilidad, su dependencia del otro, la urgencia y necesidad del hermano.

Vivimos hoy tiempos donde queremos ocultar, anular y superar la fragilidad, la limitación, las debilidades. En la búsqueda del trashumanismo y del posthumanismo pensamos que lo propio del ser humano es la perfección y la ausencia de límites. Inconscientemente, este afán de perfección y de rechazo de la fragilidad en esta hora tecnológica y de la inteligencia artificial, nos genera mucho dolor y complejidad en su gestión. Así lo comprobamos en los problemas que encontramos cuando nos encontramos con nuestro propio ser creatural, limitado y pequeño, incapaz de hacerlo todo y que derivan en tanto stres, cansancio existencial, depresión e incluso suicidio. O lo percibimos en las dificultades de nuestra sociedad para acoger humana y misericordiosamente a los que no valen, no cuentan, no saben, no producen en nuestra sociedad como son los pobres, los descartados, los ancianos, los enfermos terminales, los discapacitados. O se evidencia en la cultura de la competitividad que nos hace querer ser siempre más a cuenta de los demás, en una carrera de obstáculos por demostrar un curriculum sin mancha, ni defecto, que vence al otro. En fin, son muchas las formas y expresiones de nuestra sociedad que no alcanza a comprender ni asimilar su límite, su vulnerabilidad, su debilidad.

Quizá las gentes del mar, de la mano de la Virgen del Carmen, podrían ayudar a nuestra sociedad a generar una nueva cultura, que tanto necesitamos: la cultura que se fundamente en la debilidad, en la fragilidad, en la dependencia. Todos somos frágiles, y nos hace bien serlo, sentirlo, creerlo, expresarlo. La fragilidad nos sitúa ante nuestro propio ser, lo que siempre nos da paz y tranquilidad. Y la fragilidad ha de provocar en todos los que queramos ser humanos la provocación ética al cuidado, a la atención, al mimo, a la ternura como elementos de la nueva cultura que tanto necesitamos.

El papa León XIV en su última encíclica Magnifica Humanitas nos habla precisamente de todo esto: somos una magnífica humanidad, tenemos una dignidad universal, pero la dignidad no nos la da nuestra clase social, ni nuestras capacidades, ni nuestros títulos, ni nuestros honores, si nuestra valentía. La dignidad que necesita ser custodiada y promovida se fundamenta en la naturaleza humana. Esa misma que Jesús, el Hijo de María, ha acogido en su misterio de la Encarnación, y ha asumido en su hacerse pobre, empequeñecerse, esclavizarse para descubrir también el camino del ser humano. Así lo expresa el papa León: “la Encarnación abre un camino diferente. Mientras las ideologías antiguas y nuevas empujan al hombre a la superación técnica del límite y a elevarse por encima de los demás para afianzar un dominio, el misterio del Hijo de Dios que entra en nuestra condición narra un movimiento opuesto: el Dios vivo que desciende a nuestra historia para liberarnos de toda esclavitud, asume nuestra debilidad y la transforma en lugar de salvación”.

La fe cristiana se sitúa así en otras claves que fueron siempre polo de atracción en las nacientes comunidades cristianas: Jesús fue descubierto desde los inicios como Buena Noticia para los pobres, para los afligidos, para los necesitados, para los desesperados… en Él encontraron siempre una luz, una esperanza, una salvación. A Cristo, que es nuestro Salvador, lo acogeremos en la medida en que nos descubramos pequeños, necesitados de salvación. En el corazón de aquel que está lleno de seguridad, de orgullo, de autosuficiencia, de fortaleza en sus propios medios, no cabe la salvación que Dios nos ofrece desde la Cruz.

Es verdad que el alma del marino se forja, por tanto, en la valentía, en la fuerza, en el ánimo y en el ardor… pero no es incompatible nunca con la propia fragilidad, con la dependencia, la necesidad del otro, el sentimiento de impotencia, la urgencia de la esperanza y de la ayuda de lo alto. No todo lo podemos, ni lo sabemos, ni lo conocemos, ni lo podemos alcanzar.

Por eso, la Virgen del Carmen es invocada siempre como nuestra estrella de los mares, nuestro puerto seguro. Antiguamente, los navegantes levantaban los ojos al cielo para buscar esa estrella que les indicaba dónde estaba el norte. Hoy, en esta sociedad hipertecnificada, lo hacemos con otro medios digitales, quizás más seguros. Pero en la travesía de la vida, de nuestra propia construcción vital, no existen estos instrumentos, ni tenemos un mapa que seguir y manuales que consultar. Cada uno, personalmente y en el silencio de su propia conciencia, ha de alzar la mirada y descubrir cuál es su norte, cuál es su horizonte vital que le da sentido a su travesía por la vida…

Queridos amigos: La Virgen del Carmen sigue siendo esa referencia limpia. En un mundo confuso, Ella nos señala el norte verdadero, que es su Hijo Jesús. Mirad a Cristo, descubrid a Cristo como la fuerza y el norte seguro de vuestra existencia.

No quiero concluir mis palabras sin hacer una referencia a una realidad que está en el centro de todo hombre y mujer de la Armada, y que hoy también está aquí, en esta celebración, muy presente. Me refiero a la familia. Un barco no navega solo con la dotación que se ve en cubierta; navega también con el amor, las oraciones y la paciencia de las familias que se quedan en tierra. Vosotros vivís el sacrificio de la partida, pero ellos viven el sacrificio de la espera.

María supo muy bien lo que es esperar. Supo lo que es la incertidumbre, el miedo por el futuro de su Hijo y el silencio del hogar. Por eso, hoy le encomendamos de manera entrañable a vuestras familias. Que la Virgen del Carmen sea el abrazo que reconforte a vuestros cónyuges, a vuestros hijos y a vuestros padres cuando la distancia se haga insoportable. Que cuide de vuestras casas mientras vosotros cuidáis de la paz en la mar.

Ponemos a la Virgen del Carmen una vez más como patrona de la Armada y de las gentes del mar. Que ella nos ayude a construir una humanidad más humana, más sensible a los que nos encontramos en esta misma travesía, más cercana los unos de los otros.

Iglesia castrense de San Francisco de Ferrol, jueves 16 de julio de 2026

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