Mirarle a Él

Es una expresión de Santa Teresa de Jesús. O un deseo para sus monjas carmelitas y por extensión a todas las contemplativas.

Cuando Dios es prácticamente irrelevante en nuestra cultura actual. Cuando incluso hablar de Él o manifestarse como creyente resulta raro y provoca muchas veces reacciones despectivas por los que se rigen en la vida por lo políticamente correcto, ahí está el testimonio silencioso, discreto y fiel de nuestros contemplativos y contemplativas.

Seguramente muchos de nosotros no los conozcamos personalmente y no seamos testigos de su mirada limpia, de su alegría seductora o de su bondad apasionada. Ellos y ellas, a pesar de la crisis de vocaciones y de las limitaciones humanas, responden cada día a una llamada interior que llena sus vidas, aunque desde fuera no seamos capaces de entenderlo.

Si Dios para ellos y ellas – y también para nosotros – es “lo único necesario”; si todo en esta vida pasa, si nuestra patria definitiva no esté aquí sino más allá de aquí, de esta vida, entonces… es verdad: “solo Dios basta”.

Sus vidas enclaustradas no son una evasión del mundo ni un refugio para librarse de los vientos y tempestades de los tiempos que corren. Al contrario, el silencio del claustro, las horas de oración y contemplación,  y el estilo de una vida compartida en una comunidad de comunión y fraternidad, en virginidad, pobreza y obediencia, son – quieren ser – un testimonio elocuente de la existencia de un Dios en el que vale la pena creer y confiar, y a quien contemplar, y que siendo Amor se le corresponde con amor. No un Dios solitario, sino Misterio de Comunión y de Vida, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

 

«Sus vidas enclaustradas no son una evasión del mundo ni un refugio para librarse de los vientos y tempestades de los tiempos que corren»

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