Pregón del belén electrónico de Begonte

Un saúdo garimoso e fraterno a todos e a cada un dos que vos dignastes vir a este templo para a inauguración do xa famoso belén de Begonte. Saúdo a todas as autoridades que nos honrades coa vosa presenza. Saúdo especialmente a don Xesús e a don Xulio, almas desta creatura que hoxe nos congrega. Saúdo e agradézovos a todas as persoas que dun xeito ou outro colaborades  ou vindes colaborando ao longo destes corenta e nove anos para que este pequeno milagre sexa unha realidade.

Nuestro belén de Begonte, ¡qué os voy a contar!, es modelo señero de la tradición belenística que voy descubriendo en esta querida diócesis de Mondoñedo-Ferrol. Una tradición que expresa las raíces cristianas de nuestro pueblo, el amor a su cultura, el gusto por lo propio y lo cercano. ¡Qué hermoso recorrer en estos días los diferentes nacimientos que adornan casas, pueblos, iglesias…! Medio siglo de tradición nos habla de mucho esfuerzo, de muchas personas, de mucho cariño y entrega, de mucho amor que no se puede perder. Garanticemos entre todos que esta tradición, que es más que tradición, permanezca entre nosotros con nuevo ardor, nueva savia y nuevas esperanzas.

La labor del pregonero es anunciar. Bien recuerdo al pregonero de los pueblos de Castilla, de donde procedo, que recorría las callejuelas y las plazas para anunciar a toda la población alguna de las noticias importantes que acontecían en la tranquilidad y sosiego de la aldea. Con su corneta o con su tamboril llamaba la atención de los ciudadanos que vivían pacíficamente el discurrir de cada día. El pregonero sacaba así de la rutina y despertaba para acoger, comentar y recibir lo extraordinario que se anunciaba.

Hoy también me cabe a mí esta grata misión. ¡Ser pregonero! ¿Qué es, si no el obispo, sino pregonero del Evangelio? En verdad cuántas veces cada uno de nosotros somos pregoneros de buenas noticias o quizás de no tan buenas. El encuentro humano está marcado por pregonarnos continuamente noticias y aconteceres. Con tristeza hemos de reconocer que, a veces, somos profetas de chismorreos, y en lugar de llevar alegría y esperanza, llenamos el mundo de tristeza, desconsuelo y desesperanza. ¡Cuántos profetas de calamidades siguen llenando nuestras plazas y nuestras calles!

Yo hoy quiero ser pregonero de alegría y de esperanza, y anunciar la más bella noticia que jamás el mundo imaginó. Ni siquiera en sueños, el más osado de los seres humanos, hubiera pensado en lo que aquí acontece. Nuestro belén de Begonte lo recoge de manera plástica y monumental: en la sencillez de una aldea, en mitad de la noche, en un rincón oscuro porque no había sitio para ellos en la posada, nos ha nacido el salvador, el hijo de Dios. Un niño se nos ha dado, un niño se nos ha regalado.

Pero, ¿acaso necesitamos salvación? ¿El hombre de la ciencia y de la técnica, que pone en el progreso su fe y su confianza, necesita ser salvado? ¿De qué tenemos que ser salvados? ¿Un niño puede solucionar nuestros problemas y oscuridades? ¿Una familia pobre nos puede resolver nuestras tinieblas? ¿Qué cambia mi vida por el nacimiento de este niño? ¿Qué luz puedo encontrar en esta escena sencilla y ordinaria?

Son estas preguntas profundas que el pregonero hoy os quiere plantear en la seguridad de que no tienen fácil respuesta y no son sencillas de contestar en un sencillo pregón. Os invito a fijarnos en nuestro mundo, en la realidad en la que nos encontramos plagada de tristezas, sufrimientos y desesperanzas… La experiencia del COVID, con su pandemia que estamos atravesando, está suponiendo una experiencia fuerte desde el punto de vista personal y comunitario. Dolor, enfermedad, sufrimiento, paro, muerte… Hemos descubierto radicalmente nuestra propia fragilidad, nuestra vulnerabilidad, nuestra dependencia de los otros, nuestra pequeñez en nuestro osado endiosamiento tecnocrático… Hemos tocado fondo y hemos levantado nuestras manos suplicando ayuda y socorro. Esto que dramáticamente hemos vivido nuestra generación, visibiliza el estado permanente de la humanidad que no puede dejar de ser criatura.

A lo largo de los siglos el ser humano siempre esperó un salvador. Desde el génesis, pasando por de los profetas y el pueblo de Israel, como portavoz de toda la humanidad, el grito es unánime: ¡Ven Señor! ¡Ven, salvador! ¡Ven a socorrernos y liberarnos de nuestra debilidad, porque solos no podemos! Y Dios, que es Dios porque escucha el clamor y la súplica de su pueblo, no nos abandona en nuestra pequeñez sino que nos envió, ni más ni menos, que a su propio hijo para ser el camino de la nueva humanidad y abrirnos así a la esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva que ya han comenzado. Pero nos lo dio en forma de niño, de ser frágil y pequeño, en su debilidad…

¿En la debilidad podemos ser salvados? ¿Acaso Dios nos tiene por tontos? ¿Sin fuerza, sin poder, ni dinero, podremos solventar nuestra limitación? Pues sí, esta es la respuesta de Dios, esta es la semilla explosiva que Dios plantó hace 2000 años en el corazón del mundo y que germina con fuerza sanadora y salvadora en cada persona que le acoge.

Sí. Id a ver el Belén y veréis que en ese niño que acuna María y José, y al que adoraron los pastores, tenemos la respuesta de Dios al sufrimiento y a nuestra pequeñez. Él encabeza un linaje nuevo, que movido por su gracia, supera cualquier temor y dificultad. Él posibilita que, ante este niño, surja de nosotros lo mejor de lo que somos y tenemos. Él nos invita a vivir la grandeza de la ternura y de la sencillez que nos humanizan y nos vinculan. Él nos indica el camino de la solidaridad y de la misericordia con cada ser humano, especialmente con el que sufre. Él nos recuerda que el hombre es grande cuando sirve, cuando piensa en el otro, cuando se abre al misterio de Dios, cuando se cultiva la interioridad desde la certeza de que somos más que materia y nos trascendemos en la donación y en la entrega… El niño que adoramos nos regala la vida: esa vida con mayúsculas que merece ser vivida, y que no acaba con la muerte sino que se alarga en la resurrección que supera los límites de nuestra finitud y de nuestra pequeñez. Ese niño es el salvador que necesitamos, porque nos da semillas de nueva humanidad y engendra en nosotros la esperanza de un mañana mejor.

Me podréis decir, y con razón, que este salvador no nos saca de nuestros problemas, no soluciona nuestros límites, no nos quitan nuestras penurias… No, nuestro Dios no es un mago conseguidor que elimina nuestra libertad, sino que es un Dios que acompaña, que camina con nosotros, que nos coge de la mano, que va junto a nosotros, que nos ayuda en el crecimiento. Y así, como los buenos amigos, nos regala fuerza en la debilidad, esperanza en la oscuridad, vida en la muerte, calor en la frialdad, ternura en la soledad, riqueza en la pobreza, horizonte en la limitación, razones para vivir, gozar y festejar el milagro de la vida.

El pregonero hoy os invita a mirar este belén de Begonte con los ojos del niño. Los ojos de aquel que se sorprende ante los detalles y trasciende los hechos para preguntarse los porqués. Los ojos de niño que admira, porque solo desde la admiración podemos entender la trastienda de lo que bellamente aquí se nos representa. Los ojos infantiles que se saben preguntar y confiar en aquellos que ya han hecho la experiencia de ser salvados por este niño que hoy sigue naciendo y sigue regalándose. ¿Por qué no hoy hacernos como niños para entrar en el Reino de los cielos y vivir el gozo de acoger la salvación que hoy se nos ofrece?

Nuestro belén de Begonte recoge la idiosincrasia particular de una de nuestras aldeas de Galicia. De esta manera nos quiere anunciar algo también muy grande: que el misterio de la Navidad, el misterio de Jesús que nace, hoy se sigue haciendo realidad en esta tierra y entre estas gentes, con su sencillez y acogida de la que día a día voy siendo testigo. Pero para descubrirlo y reconocerlo, como los pastores y los Magos, se necesita observar y escuchar. En la vorágine del quehacer de cada día, en nuestras preocupaciones y trabajos cotidianos, como vemos en este belén, podemos perdernos y no reconocer el acontecimiento que sucede tan cerca de nosotros. También a nosotros nos puede suceder que nos perdamos esta salvación que hoy se nos entrega. Por ello, el pregonero os invita a observar y escuchar, que es mucho más que ver y oír, como solo hacen los sencillos y los humildes.

A eso os invito y convoco en esta Navidad usando la voz de nuestros poetas:

QUE BEN QUE VIÑESES, XESÚS!
(Manuel Regal Ledo)

Xesús, que ben que viñeses
co teu corpo miudiño
feito un gran facho de luz!
Que ben que viñeses, Xesús!

Que ben que esteas aquí
nestas terras de Abadín,
camiñando ao noso lado,
e axudando a ben vivir!

Xesús, que ben que viñeses
ensinarnos a coidar
os poucos nenos que temos
e os velliños, que son máis.

Xesús, que ben que viñeses
pois queremos camiñar
moito e ben irmandadas
en alegre sociedade.

Xesús, que ben que viñeses
para poder aturar
algunhas enfermidades
que moitas dores nos dan.

Xesús, que ben que viñeses
darnos a túa alegría,
que ás veces custa vivir
coa mente sa e espelida.

Xesús, que ben que viñeses
ensinar a perdoar,
con paciencia e tolerancia
cando nos fan algún mal.

Xesús, que ben que viñeses
darnos forza e humor,
para defender o pan
que gañamos con suor.

Xesús, que ben que viñeses
enchernos de valentía,
para sacudir o pé
de quen abusa e nos tripa.

Xesús, que ben que viñeses
falarnos de Deus Pai,
para que nunca o temamos
pois por nós fai canto fai.

Xesús, que ben que viñeses
en formas pobres e humildes,
deixándonos ver ben claro
que a xente pobre prefires.

Xesús, que ben que viñeses
facer comunidade
con todos e todas nós:
cousa fermosa e ben grande.

Xesús, que ven que viñeses,
grazas che damos por vir,
contigo estaremos sempre,
contigo habemos vivir.

Feliz Nadal!

Begonte, sábado 4 de diciembre de 2021

 

«Medio siglo de tradición nos habla de mucho esfuerzo, de muchas personas, de mucho cariño y entrega, de mucho amor que no se puede perder»

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