Sin compromiso, no hay trabajo decente

Escrito del obispo diocesano con motivo de la Jornada Mundial por el Trabajo Decente 2022

«Son realidades que evidencian el sufrimiento y el dolor que se vive en esta dimensión humana cuando, lejos de respetar el orden ético justo, se pone la primacía en el capital frente al trabajo»

Se celebra hoy la Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Se trata de un día en el que se nos invita a reflexionar sobre la realidad del trabajo en el momento actual y sobre la importancia de que se desarrolle en condiciones justas y decentes. Solo así se conseguirá que el trabajo, una realidad humana tan fundamental en la vida de las personas, contribuya al crecimiento integral de cada persona y a la construcción del bien común. En efecto, como indican las organizaciones eclesiales que promueven la plataforma ‘Iniciativa por el Trabajo Decente’ (Cáritas, Manos Unidas, HOAC y CONFER), se trata de una jornada para “celebrar y reivindicar el trabajo como derecho y actividad para el cuidado de las personas, del bien común y del planeta”.

Si miramos la realidad actual, seguimos percibiendo nubarrones en la realidad del empleo. Si el año pasado hacía referencia, en este mismo mensaje, a la situación de nuestras comarcas por el peligro de desmantelamiento del entramado industrial inserto en nuestra diócesis, hoy la situación no es mucho más halagüeña. Siguen dándose escenarios que nos visibilizan un presente y un futuro dolorosos. Podemos pensar, por ejemplo, en el impacto que pueden tener las medidas propuestas en los caladeros que lleven a una reducción de la flota pesquera, tan presente en nuestra diócesis. O podemos vislumbrar las consecuencias de la inflación que está dificultando el trabajo en tantas empresas, especialmente las pequeñas, con las inevitables consecuencias en las familias, sobre todo las más vulnerables. O podemos hacer mención del medio millón de trabajadores migrantes en situación administrativa irregular que no pueden ser empleados, aunque pudieran, por reglamentos que han de ser revisados. O podemos fijarnos en tantas personas que viven en situación de paro, especialmente las más mayores, debido a la alta tasa de paro estructural que acarreamos. O podemos escuchar los relatos de tantos jóvenes y mujeres que trabajan en condiciones laborales y contratos que dejan mucho que desear, o las familias de los trabajadores que han fallecido en el desarrollo de su actividad…

Son realidades que evidencian el sufrimiento y el dolor que se vive en esta dimensión humana cuando, lejos de respetar el orden ético justo, se pone la primacía en el capital frente al trabajo. Quizás por eso hay que acoger y apoyar las iniciativas del papa Francisco, que invita a la renovación del orden económico desde otro paradigma más humano, en lo que se está llamando “la economía de Francisco”.

La Jornada de este día nos invita a movilizarnos a través de nuestro compromiso. Sabemos por experiencia que los cambios no se producen desde la pasividad. Y que solo el compromiso, acompañado de la gracia, puede iniciar procesos de cambio. Una transformación a la que todos los actores económicos están convocados: los sindicatos, buscando siempre el bien justo de todos los trabajadores, fomentando convenios y acuerdos alcanzables; los empresarios, profundizando en las consecuencias de comprender la empresa como “comunidad de personas”; los accionistas, renunciando a réditos injustos que deshumanizan y provocan dolor; el Estado, fomentando el pleno empleo, promoviendo políticas fiscales y laborales que acojan las legítimas reivindicaciones de los implicados; la sociedad en general, fomentando una conciencia social que posibilite una auténtica fraternidad; la propia Iglesia, estudiando y asimilando su propia Doctrina Social.

Los seguidores de Jesús estamos implicados en la construcción del Reino de Dios. Un Reino que se proyecta en el más allá, pero que tiene sus lógicas consecuencias en el ordenamiento de la sociedad. Precisamente esa proyección es la que hoy nos da horizonte, claves, esperanzas y fuerzas para seguir trabajando por la justicia. Ojalá nuestra Iglesia diocesana sepa acompañar y promover toda esta realidad, presencia invisible de Dios.

Vuestro hermano y amigo.

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