Ganamos todos: Mis sentimientos ante el Sínodo

Escrito del obispo diocesano publicado en la revista «Orar»

El proceso sinodal que hemos iniciado es un auténtico momento de gracia para nuestra Iglesia de Mondoñedo-Ferrol. La pandemia ha supuesto un duro golpe para nuestras comunidades: la imposibilidad de encontrarse, el envejecimiento de muchas de ellas, los miedos a contagiarse… han demostrado aún más la fragilidad de nuestro tejido eclesial que, si lo sabíamos, esta situación ha adelantado y evidenciado.

Además, la “rapidación” de nuestro tiempo, es decir, la rapidez con la que suceden los cambios sociales y culturales que sufrimos, requiere de capacidad de reflexión y de discernimiento, que siempre es comunitario. A veces da la impresión de que bailamos a otro compás, de que no nos ajustamos a las necesidades de nuestros contemporáneos y respondemos sin dejarnos llenar por el “hoy” de nuestra historia.

Nuestra Iglesia necesita trabajar permanentemente la pertenencia, como cualquier grupo social, si quiere ser significativa y eficaz en su misión. En lenguaje teológico diríamos que la corresponsabilidad es la esencia de su propio ser y quehacer y que los cambios eclesiológicos del Vaticano II, a pesar de la distancia, están lejos hoy de conseguirse. No es otra cosa la que busca la sinodalidad.

El clericalismo de nuestra Iglesia, como mal que está en la base de tantos vicios, sólo se elimina con más participación. La que puede proveer un laicado adulto que tanto necesitamos que se sienta miembro activo de la Iglesia desde su propia misión y tarea. Y la que puede orientar una forma nueva de ministerio ordenado en clave de comunión y acompañamiento.

La renovación de la Iglesia que tanto se solicita hoy, en clave de conversión, no consiste fundamentalmente en formas normativas nuevas provocadas por modas sino en actitudes y procesos que hagan más evangélica nuestra Iglesia. Y estos, animados desde arriba, han de configurar el conjunto de nuestra Iglesia en todos sus miembros, principalmente desde abajo. No se trata tanto de hacer, sino de ser. Una actitud de cercanía y de escucha, como el rostro de Dios que se nos revela en Jesucristo, que vive en el silencio de su vida de Nazaret convertida en auténtica gracia de encarnación salvadora. Una actitud de diálogo abierto y valiente en el seno de la Iglesia y con nuestro mundo, en su compleja pluralidad.

Una profunda espiritualidad es necesaria en medio de tanto activismo y superficialidad, y dentro de un ambiente que busca. Una espiritualidad que deje paso al Espíritu que nos habla y nos lleva de la mano a horizontes nunca imaginados pero necesarios. Una espiritualidad que se forja en la escucha y en la misión, en la Palabra y en la pasión por el pobre, en el diálogo y en el silencio. Una espiritualidad con Dios y con carne.

Detrás de cada uno de estos párrafos se expresa un deseo que está en la base del camino sinodal que hemos emprendido y que, sin duda, se nos regalará: aglutinar fuerzas, reflexión ante el cambiante mundo, crecer en corresponsabilidad, avanzar en la formación de un laicado adulto, renovación eclesial en actitudes, espiritualidad cristiana… Caminar juntos es ayudarse y mirar en un mismo horizonte, desde la certeza de la unidad profunda que nos vincula. Dejémonos llevar por los caminos que el Señor nos lleva y hagamos la experiencia enriquecedora del propio camino.

 

«Caminar juntos es ayudarse y mirar en un mismo horizonte, desde la certeza de la unidad profunda que nos vincula»

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