Javier Martínez: «El sacerdocio no es un camino para amargarse, sino de libertad de la de verdad»

En el marco de la celebración de las bodas sacerdotales que tendrá lugar el próximo 11 de mayo en Mondoñedo, la diócesis de Mondoñedo-Ferrol quiere pone en valor la trayectoria y el testimonio de sus presbíteros. Con este motivo, presentamos una serie de entrevistas que recogen la experiencia, las reflexiones y el recorrido vital de quienes celebran este aniversario tan significativo en su ministerio.

Francisco Javier Martínez Prieto nació en Viveiro (Lugo) el 15 de abril de 1974. Fue ordenado sacerdote en la catedral de Mondoñedo en 2001. Es licenciado en Teología Bíblica y Máster en Comunicación por la Universidad Pontificia de Salamanca (UPSA). A lo largo de su trayectoria ha desarrollado una intensa labor docente en diversos centros eclesiásticos y educativos, además de ejercer su ministerio pastoral en distintas parroquias de la diócesis. También ha destacado por su vinculación con el ámbito de la comunicación diocesana y por su interés en la historia local y parroquial.

Javier, al celebrar el 25º aniversario de ordenación, ¿cuáles han sido las mayores dificultades y las mayores alegrías de tu ministerio sacerdotal?
En estos años, una de las mayores dificultades ha sido la inercia eclesial, especialmente cuando se constata una pastoral de mantenimiento frente a una pastoral verdaderamente evangelizadora. También ha resultado exigente la necesidad de recorrer muchos kilómetros para impartir docencia en materias bíblicas, encontrando en ocasiones cierto desinterés por parte de algunos alumnos que buscaban simplemente cumplir expediente con el mínimo esfuerzo, aunque también reconoce que hubo estudiantes que supieron aprovechar el trabajo.

Entre las mayores alegrías destacaría la convivencia con don Uxío García Amor y el apoyo recibido por su parte en los primeros años de ministerio. También la satisfacción de poder mirar atrás y reconocer cómo los pasos pastorales dados han confirmado decisiones y principios que he ido aplicando con el tiempo. La formación continua en materia bíblica y la afición a la investigación de la historia local y parroquial diocesana también han sido una fuente de realización personal. Al cumplir estos veinticinco años, me siento agradecido y consciente de la compañía de Dios en mi camino. En esta última etapa, me quedaría con el impulso recibido por parte de los jóvenes de la Pastoral Juvenil, cuya vivencia de fe y búsqueda me transmiten ánimo y esperanza.

Javier Martínez, centro, con José Rey, izquierda, y Manuel Polo, derecha

¿Cómo fue el inicio de tu vocación? ¿Cuáles fueron las razones fundamentales de tu compromiso?
Siempre hay un momento más específico de llamada, pero considero que el proceso de maduración es algo muy importante. Arrancamos este camino con 18 años, hoy tengo 52. Como Iglesia somos responsables de cuidar adecuadamente ese proceso. No es una tarea nada fácil y a menudo me planteo muchas preguntas sobre cómo se debe realizar ese proceso de acompañamiento vocacional en el momento actual. Pensemos que la dinámica de nuestros seminarios comenzaba, en aquel entonces, a asumir la Pastores Dabo Vobis de Juan Pablo II, y que hasta día de hoy la pedagogía formativa de seminarios y centros de estudio ha continuado remodelándose, a la luz de la sociología de un tiempo que nos toca vivir. Después de 25 años considero que la vida, la experiencia y el trabajo en ella han ido paliando las limitaciones de procesos formativos en edades muy tempranas que hicieron aguas en muchos de nuestros compañeros de generación. Con 52 años cumplidos, la vida y el ministerio ejercido han configurado mi identidad presbiteral. De ese modo hemos pasado de razones teóricas a hacer de esas razones compromisos vividos, sin los que la vida no tendría el poso, la plenitud y el sentido que Dios ha ido acompañando.

¿Qué le dirías a un joven que hoy se plantea el sacerdocio?
Le diría lo mismo que dijo Jesús, por activa y por pasiva, que «no tengáis miedo». Se trata de llenar la vida y el sentido de la propia existencia en el compromiso con la comunidad eclesial y en el campo de la evangelización. Le diría que se llene de buen humor, que sonría, que sea feliz… que este no es un camino para amargarse… que se llene de libertad de la de verdad, con una mirada repleta de horizontes grandes y sin los tópicos raquíticos de una clericalidad obsoleta.

¿Qué cambios te llaman más la atención en la sociedad desde hace 25 años? ¿Y en la Iglesia, a la luz del curso de actualización sacerdotal vivido en Roma?
Adela Cortina recordaba recientemente la caída de los principios absolutos y referentes universales que hasta aquí nos habían regido en un consenso que nadie, o casi nadie discutía. Benedicto XVI lo describía en términos de secularización y relativismo. Hemos pasado de un mundo con las ideas relativamente claras a uno que se interroga por todo y que lo pone todo en cuestión. Un tiempo de inestabilidad social que marca el cambio de época, al que se refería el papa Francisco.

Pues sí… en 25 años el mundo ha cambiado… y la Iglesia asimismo también ha cambiado, pero más que nada también su relación o modo de situarse y relacionarse con ese mundo. Viví de niño la visita de Karol Wojtyla a España, de adolescente vi caer el muro de Berlín y me ordené todavía con Juan Pablo II. Pasé por la teología de profundidad de Benedicto XVI, asistí a los momentos de una renuncia que descolocó al mismo mundo que hoy sabe leer y comprender aquel hecho. Pasé por el terremoto del papa Francisco, que cambió el eje de la rotación eclesio-teológica y del modo organizativo de la pastoral. Y llego al pontificado de un León XIV que, de momento, descubro como el hombre de la sensatez…

El 16 de junio de 1993 Juan Pablo II nos dijo a casi 2000 seminaristas en Madrid aquello de que él estudiaba todos los días y que él era siempre seminarista y seminarista mínimo… siempre en formación. El curso de actualización sacerdotal vivido este mes en Roma abre los caminos a muchos cambios que se han actualizado en la teología, en la investigación bíblica… y que me animan a leer y seguir formándome y actualizándome. Y ha sido toda una gracia tener en Sagrada Escritura en Roma, de nuevo a mi director de Salamanca, el profesor Santiago Guijarro… y descubrir lo que ha seguido abriendo e investigando en estos 25 años… seguimos formándonos… seguimos aprendiendo… siempre… somos descendientes de un pueblo errante, somos peregrinos, y estamos siempre en camino.

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