La vida auténtica

“Lo que os digo en la oscuridad decidlo a la luz” (Mt 10, 26-33)
A J. Ramón Pérez-Ornia, in memoriam

Su cuerpo estaba allí, bajo una caja de pino sin ornamento ni crucifijo. Su alma estaba allí también aquella tarde, sobre su cuerpo. Defraudando la vista del que busca algún signo religioso estaba también su alma, allí escondida. Había muerto como vivido sus últimos años: en intimidad celosamente defendida. Lejos de la vida pública, donde no pudieran llegar los ojos de los hombres que juzgan por apariencias porque no ven el corazón.

Unas pocas personas esenciales fueron todo lo que me encontré al acercarme al cristal que separa, en el mortuorio, el mundo de los vivos del difunto inmundo y frío. Su viuda, su hijo, sus hermanos y allegados, sus contados amigos verdaderos. Sobre una mesa, los periódicos del día abiertos por la página que la prensa le dedicaba en despedida. El periodista, el político, el profesor, el hombre público, llenaban titulares por un día. Un día que no era, en realidad, más que otro. Toda su luz no fue sino un destello fugaz entre su vida y su memoria, dos sendas perdidas a la vista de los hombres que miran sin ver más allá de lo que ven.

No quiso funeral ni siquiera rezo de costumbre. No quiso nada más allá de los que quiso en esta vida: a su mujer, ante todo, a su hijo y a los suyos. Todo lo que le importaba estaba más acá, en la oscuridad de una vida acompañada desde el hogar al hospital y desde el hospital al hogar. Vivió desde un lado y desde el otro: como el que cuida, primero, y como el que se deja cuidar después hasta el final. Por eso su vida fue enteramente suya, porque no huyó de ella hacia la luz donde los hombres no son hombres sino sombras de sí mismos, apariencias que solo cuidan apariencias. No quiso nada más allá de la oscuridad en que vivió su vida propia: enfermedad y duelo, dolor y más dolor entre unas cuantas exaltantes alegrías.

Recuerdo su voz sin miedo a las palabras, buscándolas una a una como quien busca el aroma de las cosas. Su acento me sonaba a lentitud frágil y a sabiduría probada en largas conversaciones y en silencios cargados de preguntas. Para escucharle había que pararse al borde del camino ¿Creía en la transcendencia? Creo que dudaba. Dudaba de lo que creía pero no de lo que sentía. Por eso, cada vez que tomaba la palabra, era tomado perfectamente en serio. Era como si de la oscuridad de una vida marcada a fuego por la pasión y la derrota brotara una luz que no es de este mundo. Y como si yo ahora estuviera escuchando esa luz, esa voz…

Es la voz que me sigue hablando desde el fondo de su alma desnuda a la hora de la muerte, alma que los hombres no han podido matar siquiera en su postrera despedida, alma enteramente suya hasta sus últimas palabras. Y, al escucharla, veo al que pocos, acaso, han visto, al que fue en su juventud y será después toda su vida: antes que hombre de cátedra o tribuna, humilde ministro de la Iglesia. Porque nuestro hombre empezó siendo sacerdote y quién lo diría ahora que sale de este mundo como otro Job, el que desnudo vino a este mundo y desnudo esperó irse de él. A la luz de este mundo, que juzga por apariencias, nadie lo diría. Pero, a la luz de la fe, que ve el corazón de las personas, yo lo digo. En la oscuridad del que se ha ido sin ceremonia alguna he oído su voz. Y también la mía.

Un puente de cristal, claro y frágil, permite pasar de una a otra luz. De la luz de las apariencias a la luz de la fe. A la luz de las apariencias una despedida como la de nuestro hombre parece insignificante ¿Sería la suya una apuesta por la muerte sin esperanza? ¿Le rendirían la duda y el dolor a la certeza de que nada más cabe esperar después de la duda y el dolor? Yo no veo rendido al que nunca entregó su alma a nadie, ni a Dios ni al diablo. La duda no busca la certeza. Busca a alguien que pueda escucharla. La duda es una pregunta entre muchas. Y todo el que se hace una pregunta tiene algo en común con el que alza una plegaria: necesidad de ser escuchado.

Los símbolos de la fe son ese puente de cristal, claro y frágil, que permite pasar de una a otra luz. Buscarlos con la vista es desvirtuarlos. No se han hecho para ser vistos sino para ser puentes. Los puentes, mientras se pasa por ellos, no se ven. La luz de las apariencias sirve para cuidar las apariencias, esto es, para ocultar lo que no se quiere ver. Y es que la luz de este mundo deja siempre algo en sombra. La luz de la fe, en cambio, es luz sin sombra alguna. Puente de cristal, claro y frágil. El que pasa por él puede verlo todo a su través: el símbolo y la realidad, los símbolos y su ausencia. Todo habla al corazón del que ve más allá de las apariencias.

La luz de la fe es un puente para el regreso. A las apariencias no se vuelve nunca. A nadie se le ha logrado convencer fácilmente de que no ha visto lo que ha visto o creído ver. Si lo ha visto con sus propios ojos, ¿quién le hará dudar? La propia duda cartesiana se entrega a la certeza del pensar, del sentir, del ver. Si dudo, al menos no puedo dudar de que hay dudas, pensamientos, sensaciones dentro de mí. En cambio, la luz de la fe invita al regreso. Pasando por ella más allá de las apariencias es como empiezo a comprender lo que sucede más acá de ellas. Más acá de ellas sucede la humanidad del hombre que sufre y duda, que espera y se desespera, que necesita ser escuchado, ya se haga sus propias preguntas o alce sus propias plegarias.

Si de las apariencias surge la necesidad, de la fe surge la libertad. Difícilmente se le convence a nadie de que no ha visto lo que ha visto o creído ver. Las apariencias confunden y convierten. Confunden porque es imposible que uno lo haya visto todo y, sin embargo, uno tiende a creer que ya lo ha visto todo. Y convierten porque, convencido de lo que ha visto y vivido, uno toma siempre sus decisiones en la vida. Uno es como es porque ha visto lo que ha visto en la vida. La necesidad se le impone. También para el converso, esto es, para el que no se permite la duda acerca de lo que ha visto el día de su conversión.

Uno cualquiera, en cambio, se vuelve libremente a contemplar el féretro desnudo de su amigo y dice…

«Y es que la luz de este mundo deja siempre algo en sombra. La luz de la fe, en cambio, es luz sin sombra alguna»

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