San Rosendo, unha aposta clara pola esperanza

Saludo con afecto a todos cuantos estamos compartiendo esta celebración: a los miembros del cabildo catedralicio y sacerdotes concelebrantes, a los consagrados y a todos vosotros, hermanos y hermanas, que habéis venido esta mañana a honrar a nuestro patrón san Rosendo.

Si miramos a la historia en el siglo X, la época en la que vive nuestro patrón es una época convulsa, difícil, oscura… tanto que en muchos ámbitos se la conoce como la Edad de Hierro. Pero, a nivel religioso, es una época apasionante, novedosa, de buscar maneras nuevas de anuncio del evangelio, buscar maneras nuevas de vivir en fraternidad basándose en los principios y valores del evangelio; de abrir nuevos caminos para la transformación de la realidad buscando caminos de una mayor justicia e igualdad social. Rosendo expresa con su vida la acción de Dios en el corazón de cada creyente y la respuesta dada en fe a una vida apasionada por Cristo, la Iglesia y los hermanos. La acogida en la fe del evangelio lo lleva al misterio de comunión en la Iglesia, participación de la vida misma de Dios Padre, Hijo y Espíritu que llena su ser y que lo llama a seguirlo. Esta es la santidad, vocación universal que Dios hace a toda persona.

¿Qué podemos aprender nosotros, cristianos del siglo XXI, de este santo? ¿Qué nos puede decir hoy Rosendo de esta Iglesia que camina en las tierras que él pastoró con entrega, decisión, sacrificio y mucha fe?

Somos una Iglesia en camino, que está aprendiendo cada día. Caminar significa salir de nuestro entorno, de nuestras rutinas e inercias… Queremos descubrir nuestra conciencia misionera, teniendo “un corazón auténticamente abierto a una comunión universal, donde nada ni nadie quede excluido de esa fraternidad (LS 92)».

En este peregrinaje, Rosendo nos invita constantemente a volver el corazón al Señor, a encontrarnos con él, dejándole al Maestro que vaya transformando nuestras vidas, y anunciando a todos, con nuevo ardor e impulso, buscando caminos nuevos, la alegría del evangelio y del seguimiento de Cristo, también hoy.

Caminamos juntos, con muchos hombres y mujeres, acompañados por Cristo, y por el testimonio de tantos hermanos y hermanas que, como Rosendo, nos precedieron en la fe y alientan desde la  comunión de los santos. San Rosendo nos recuerda que esta comunión tenemos que vivirla acogiendo a cada persona en su propia realidad, tal como es, sin juzgar y viendo en ella un hermano, una hermana. Esta comunión tiene que llevarnos a un estilo nuevo de ser personas, de ser sociedad, de ser Iglesia. Esta comunión tiene que traducirse en gestos pequeños y concretos: en el amor a esta Iglesia particular tal y como es, y no como nos gustaría que hubiera sido; en el amor a cada proyecto diocesano, involucrándonos todos como algo propio; en el amor a cada persona, que nunca es un enemigo, sí un hermano; en un amor que nos lleve a compartir lo que somos y lo que tenemos, promoviendo siempre la justicia, la dignidad y la igualdad social.

Esta comunión ha de llevarnos a caminar todos en la misma dirección, sumando esfuerzos, no restando, al estilo de nuestro santo patrón.

Celebrar esta fiesta nos tiene que llevar a soñar y vivir una Iglesia que sea signo cercano del Reino, sabiendo que cada una de las dimensiones que vivió san Rosendo, de manera real y apasionada, siguen estando de plena actualidad en nuestra realidad diocesana.

A los cansados y desilusionados, la vida de personas como Rosendo invita a volar, y volar bien alto; a sumergirse en las profundidades sin miedo, confiando en aquel que nos llama a seguirlo y a ser santos, saliendo de nuestra mediocridad y siendo don y esperanza para los hombres y mujeres de hoy. A los que sueñan y viven con ilusión, Rosendo empuja a no cansarse y seguir adelante, creciendo y ampliando horizontes siempre nuevos.

Pedimos hoy la intercesión de nuestro patrono para sentir y construir una comunidad signo del Reino, punto de referencia en el servicio a la verdad para todos los hombres y mujeres de buena voluntad; una comunidad que acoge, siente y es cercana con todos, y de una manera especial con los más débiles y desfavorecidos, con los que sufren y los tristes…

Pedimos su intercesión en este momento en que estamos haciendo camino sin pastor en la diócesis. Sabemos que el Señor es el auténtico Pastor, que él es quien nos marca el camino y quien nos invita a seguirlo. A él, el buen Pastor, y encomendándonos a san Rosendo, le pedimos que nos bendiga enseguida con un pastor con un corazón bueno y samaritano, que huela a oveja y que conozca, ame y se entregue a su rebaño con pasión. Que esa pasión que pedimos para todos los diocesanos nos anime a comprometernos en hacer Reino en estas tierras mindonienses.

«Aos cansos e desilusionados, a vida de persoas como Rosendo invita a voar, e voar ben alto; a mergullarse nas profundidades sen medo, confiando en aquel que nos chama a seguilo e a sermos santos, saíndo da nosa mediocridade, e sendo don e esperanza para os homes e mulleres de hoxe»

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