Manos Unidas en su Mesa del Hambre: “El derecho a la alimentación es una prioridad para construir la paz”

  • La segunda Mesa del Hambre analiza la relación entre conflictos, desigualdad y acceso a los alimentos con motivo del Día Mundial de la Alimentación
  • 645 millones de personas padecieron hambre en 2025 y 266 millones afrontaron inseguridad alimentaria aguda en 47 países y territorios

Una mesa vacía puede decir tanto sobre una guerra como un frente de batalla. Esa fue una de las imágenes que quedó sobre la mesa en la segunda edición de la Mesa del Hambre de Manos Unidas, celebrada en la Fundación Botín bajo el lema “Alimentando la paz. Hambre, conflictos y derecho a la alimentación”.

El encuentro, organizado con motivo del Día Mundial de la Alimentación, que se conmemora el 16 de octubre, reunió a personas dedicadas a la ayuda humanitaria, el periodismo de conflictos, la cooperación y la defensa de los derechos humanos. El objetivo no era solo describir la magnitud del hambre, sino preguntarse por qué sigue produciéndose y qué decisiones políticas pueden evitarla.


Las cifras no bajan solas

El informe SOFI 2026 estima que 645 millones de personas padecieron hambre en 2025, el 7,8 % de la población mundial. Es la tercera bajada consecutiva, pero los avances siguen siendo lentos y muy desiguales entre regiones.

A esa realidad se suma la inseguridad alimentaria aguda: 266 millones de personas la afrontaron en 47 países y territorios durante 2025. El Informe Mundial sobre Crisis Alimentarias confirma, además, algo inédito en sus diez años de historia: se registraron hambrunas en dos territorios en un mismo año, en partes de Gaza y Sudán.

“Los avances frente al hambre siguen siendo insuficientes y los conflictos agravan las crisis alimentarias”, afirmó Fidèle Podga Dikam, coordinador del departamento de Estudios y Documentación de Manos Unidas. En su análisis, las guerras desplazan a la población, destruyen medios de vida y dejan consecuencias que no desaparecen cuando callan las armas; a la vez, el hambre, la exclusión y la falta de oportunidades alimentan nuevas tensiones.


Cuando comer se convierte en arma

La primera mesa, “Los conflictos del hambre”, juntó tres miradas complementarias: la de Esperanza Santos Suárez, gestora de emergencias de Médicos Sin Fronteras; la del reportero gráfico Miguel Ángel de la Fuente; y la de Jordi Calvo, coordinador del Centre Delàs. Podga Dikam moderó el debate.

Para De la Fuente, la conexión entre guerra y hambre no es abstracta. “El hambre también es un arma de guerra y casi siempre la sufren quienes menos tienen que ver con ella”, señaló. Su experiencia documentando conflictos le lleva a una conclusión incómoda: una guerra no termina en el frente, sino en un campo imposible de cultivar, en una familia sin saber qué comerá al día siguiente.

 

Santos puso el foco en quienes cargan con las secuelas durante más tiempo. Los conflictos destruyen sistemas sanitarios e infraestructuras, pero, según explicó, lo más grave son sus efectos sobre la infancia: el hambre, la pobreza y los problemas de salud mental pueden acompañar a los niños y niñas durante generaciones. Para ella, el triángulo conflicto-hambre-pobreza termina produciendo siempre injusticia.

Calvo amplió la mirada hacia las fronteras. “No podemos criminalizar a quienes huyen del hambre y las guerras”, defendió, en referencia a la forma en que a menudo se recibe a las personas desplazadas cuando llegan a Europa.


Más que repartir alimentos

La segunda mesa, “Del diagnóstico a la acción: construir la paz desde el derecho a la alimentación”, pasó de las causas a las respuestas. Participaron Rafael Grasa, profesor emérito de Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Barcelona; Emma Orejudo, subdirectora de Transición Ecológica, Agua y Lucha contra el Hambre de la AECID; y María González, directora de Enraíza Derechos. Moderó Marco Gordillo, coordinador de Incidencia y Alianzas de Manos Unidas.

Grasa recordó que ni la guerra ni el hambre tienen una única causa. Actuar sobre los factores que aceleran las crisis exige, según su planteamiento, políticas públicas capaces de intervenir en las causas estructurales y no solo en sus efectos más visibles.

Orejudo defendió que el acceso a una alimentación adecuada es un derecho humano universal. Desde la Cooperación Española, explicó, ello implica que los Estados deben respetar, proteger y garantizar ese derecho: las personas dejan de ser beneficiarias pasivas y pasan a ser titulares de derechos.

González fue más directa: “El hambre no es un accidente irremediable ni un problema de escasez de alimentos”. Para la directora de Enraíza Derechos, se trata de una violación evitable de un derecho humano, que exige decisiones políticas orientadas a prevenir sus causas.


Una condición para la paz

Desde Manos Unidas, la propuesta es vincular de forma explícita alimentación y paz. Garantizar el derecho a comer no consiste únicamente en responder a una emergencia: supone proteger a las comunidades, asegurar el acceso a recursos esenciales y fortalecer sistemas alimentarios capaces de resistir las crisis.

“Manos Unidas nació para luchar contra el hambre, conscientes de que el hambre es la expresión más radical de la pobreza”, recordó Gordillo. La organización lleva casi siete décadas trabajando con comunidades vulnerables en distintos países, convencida de que garantizar la alimentación contribuye también a construir sociedades más justas y pacíficas.

En el cierre, la presidenta de Manos Unidas, Cecilia Pilar, lanzó un llamamiento a instituciones, comunidad internacional y ciudadanía: “Garantizar el derecho a la alimentación es una condición indispensable para vivir con dignidad, avanzar en justicia y construir la paz. El hambre es evitable: no podemos aceptar que siga siendo una realidad para millones de personas”.

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