Sacerdote de la diócesis de Badajoz, Serafín es natural de Ribera del Fresno, misionero del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), llegó a Zimbabue en 1994, donde ha desarrollado una amplia labor pastoral y social. En la actualidad forma parte de la Dirección General del IEME y continúa comprometido con la animación misionera de la Iglesia.
Con motivo de la campaña del DOMUND 2026 y su visita a la UPA As Pontes, comparte con nosotros su experiencia y su visión de la misión hoy.
Serafín, estamos en Galicia, donde hablamos dos idiomas de forma nativa en buena parte, pero todavía nos cuesta abrirnos al aprendizaje de otras lenguas. El misionero pasa por un camino de inculturación e incardinación que supone el aprendizaje de los idiomas nativos. ¿Cómo realizan los misioneros ese primer contacto con la lengua y qué supone en el camino de la comunicación en tierra de misión?
Lo primero que aprende un misionero cuando llega a otro país es que tiene que ir con humildad. Uno puede llevar muchos conocimientos, buena voluntad y deseos de trabajar, pero, si no conoce la lengua ni la cultura de la gente, tiene mucho que aprender. En mi caso, cuando llegué a Zimbabue en 1994, tuve que comenzar ese proceso de acercamiento a la lengua, a las costumbres y a la manera de entender la vida de las personas con las que iba a compartir mi camino. Aprender una lengua no consiste solamente en estudiar gramática o memorizar palabras. Significa entrar en la vida de la gente, comprender sus expresiones, sus silencios, sus alegrías y también sus sufrimientos. La inculturación es precisamente eso: no llegar creyendo que tenemos todas las respuestas, sino dejarnos enriquecer por la cultura del otro. El Evangelio es el mismo, pero debe encarnarse en cada pueblo y en cada cultura. La misión comienza cuando aprendemos a escuchar y a acercarnos al otro con respeto y cariño.
¿Qué es el IEME y qué actividades y acompañamiento indispensable realiza en favor de nuestros misioneros?
El Instituto Español de Misiones Extranjeras, el IEME, es una institución misionera de la Iglesia en España que nació con el propósito de enviar sacerdotes diocesanos a trabajar en la misión ad gentes, es decir, al servicio del anuncio del Evangelio entre los pueblos y comunidades que todavía necesitan una mayor presencia de la Iglesia. Los sacerdotes del IEME no dejamos de ser sacerdotes diocesanos. Nuestra vocación se vive desde la pertenencia a la Iglesia local, pero con una disponibilidad especial para salir a otros países y compartir la vida y la fe con pueblos de culturas diferentes. El IEME no se limita a enviar misioneros, también realiza una tarea fundamental de formación, preparación, acompañamiento y animación misionera
¿Cuáles son, en estos momentos, los enclaves más complejos para la misión?
Hay lugares donde la misión se desarrolla en condiciones especialmente difíciles por causa de los conflictos armados, la persecución religiosa, la inestabilidad política, la pobreza extrema o las crisis humanitarias. Pienso en distintas zonas de África, Oriente Medio y otras regiones del mundo donde las comunidades cristianas viven situaciones de inseguridad y vulnerabilidad. Pero creo que debemos tener cuidado de no identificar la dificultad misionera solamente con los lugares donde hay guerras o persecución. También existen dificultades muy profundas en territorios donde la gente vive bajo la presión de la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades educativas o la ausencia de servicios sanitarios básicos.
¿Podemos hablar de Europa, de algún modo, como una nueva tierra de misión, por lo de la Nueva Evangelización?
Sin duda. Europa es también tierra de misión. Durante siglos, Europa ha sido un continente que ha enviado misioneros a muchos lugares del mundo. Hoy necesitamos reconocer que la misión es un camino de ida y vuelta: seguimos compartiendo nuestra fe con otros pueblos, pero también tenemos mucho que aprender de las Iglesias jóvenes de África, Asia y América Latina. En Europa encontramos sociedades cada vez más secularizadas, personas que se han distanciado de la Iglesia y generaciones que quizá no han tenido la oportunidad de conocer de verdad a Jesucristo. Eso nos plantea un reto importante. Pero no creo que debamos vivir esta realidad con pesimismo. La nueva evangelización no consiste en añorar tiempos pasados ni en intentar recuperar por la fuerza una sociedad que ya no existe. Se trata de anunciar el Evangelio de nuevo, con un lenguaje comprensible, con autenticidad y, sobre todo, con el testimonio de nuestra vida.
El lema del Domund en su centenario es «Uno en Cristo, unidos en la misión». ¿Qué ha supuesto esta Jornada en la conciencia y el compromiso de la Iglesia durante estos cien años?
El Domund ha sido, durante estos cien años, una llamada permanente a recordar que la Iglesia es misionera por naturaleza. La fe que hemos recibido no es algo que podamos guardar para nosotros. Estamos llamados a compartirla, a anunciar el amor de Dios y a colaborar para que llegue a todos los pueblos. El lema «Uno en Cristo, unidos en la misión» expresa algo fundamental: la misión no es propiedad de una persona, de una congregación o de una diócesis. Es tarea de toda la Iglesia. Cada uno participa desde su vocación y sus posibilidades: unos marchan a otros países, otros sostienen esa labor con su oración, otros colaboran económicamente y muchos dan testimonio del Evangelio en su vida cotidiana. Después de cien años, el Domund sigue siendo necesario porque el mundo continúa teniendo muchas heridas y porque todavía hay personas que necesitan escuchar una palabra de esperanza. Y también porque los misioneros nos recuerdan que la Iglesia no puede vivir únicamente preocupada por sí misma: está llamada a salir, a compartir y a servir.
¿Cómo nace una vocación misionera?
Nace de muchas maneras, pero, en el fondo, es una respuesta a una llamada de Dios. No suele aparecer de golpe ni de una forma extraordinaria. Muchas veces comienza con una inquietud, con el encuentro con un misionero, con una experiencia de servicio o con el descubrimiento de una realidad humana que te interpela.
Has estado predicando en la UPA As Pontes durante esta campaña. ¿Cómo ha sido el encuentro y cuáles son las inquietudes de la gente?
La experiencia en la UPA As Pontes ha sido una oportunidad para compartir la vida y la misión, acercar la realidad de las Iglesias de otros continentes y recordar que formamos parte de una misma Iglesia universal. En estos encuentros uno comprueba que la gente tiene interés por conocer cómo se vive la fe en otros lugares, cómo son las comunidades cristianas y qué dificultades afrontan los misioneros. También surgen preguntas sobre las diferencias culturales, la pobreza, la educación, la situación de las familias y la manera de mantener viva la esperanza en contextos difíciles. Pero creo que lo más importante es descubrir que, más allá de las diferencias, compartimos las mismas preocupaciones fundamentales: la familia, la salud, el futuro de los hijos, el trabajo, la convivencia y el deseo de vivir con dignidad. Agradezco la acogida y la posibilidad de compartir estas experiencias con las comunidades de As Pontes. Estos encuentros ayudan a comprender que el Domund no es una campaña que dura unos días, sino una invitación a mantener durante todo el año el corazón abierto al mundo.
Entrevista de Javier Martínez Prieto












Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.
Nacida en Ferrol (A Coruña) el 24 de mayo de 1972.




















