- Homilía del obispo de Mondoñedo-Ferrol en la Gruta de Nuestra Señora de Lourdes (Francia)
Queridos hermanos y hermanas. Un saludo a las diferentes hospitalidades aquí presentes, especialmente a las de Lugo y Mondoñedo-Ferrol. Saludo a todos los peregrinos aquí presentes, en este lugar tan especial.
Terminar una peregrinación aquí, a los pies de la Virgen en la Gruta de Lourdes, es siempre un momento de gracia que sobrecoge el alma. Han sido días intensos vividos personalmente, pero también unidos a nuestra comunidad diocesana y abiertos a la fe de una Iglesia universal que aquí se siente unida, junto a María. Durante estos días hemos podido caminar juntos, compartir la fe, rezar unos por otros y poner ante nuestra Madre los dolores, las esperanzas y los rostros de la humanidad entera, pero muy especialmente de nuestra diócesis y de nuestras familias. En este día damos gracias muy especialmente por todos los dones que el Señor nos ha concedido, por esta experiencia de fe y de Iglesia que hemos vivido.
Hoy, las lecturas que la Iglesia nos regala parecen escritas a medida para este momento en el que nos preparamos para el regreso.
En la primera lectura, el sacerdote Amasías intenta echar al profeta Amós. Le dice, en palabras actuales: «Vete a tu tierra, no nos compliques la vida aquí, no rompas nuestra comodidad». Amasías representa la tentación de instalarse, de acomodar la religión a nuestros propios intereses y de no querer escuchar la voz de Dios cuando nos incomoda o nos pide un cambio. Pero Amós responde con humildad y firmeza: «Yo era un pastor… pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza”».
También nosotros podemos tener la misma tentación. La tentación de no querer oír a los profetas que el Señor pone en nuestro camino. Profetas que nos desinstalan, que nos incomodan, que nos invitan a la permanente llamada a la conversión. Estamos muy cómodos en nuestra vida fácil, en nuestro cristianismo burgués, en nuestro edulcoramiento del cristianismo. Y rechazamos al que nos pide salir, entregarnos más, dar un paso más en nuestro seguimiento del Maestro.
No olvidemos tampoco nuestra común vocación a ser profetas. Desde nuestro bautismo, que hemos renovado aquí en torno a esta agua que sana y cura, fuimos llamados a ser profetas en medio del mundo, como Amós. Nosotros estos días en Lourdes hemos estado en un oasis, en un lugar de paz. Hemos estado “instalados” en la gracia. Pero la peregrinación no termina aquí; en realidad, empieza ahora. Al igual que a Amós, el Señor nos dice hoy a cada uno de nosotros: «Vuelve a tu realidad, vuelve a tu parroquia, a tu familia, a tu trabajo, y sé allí mi testigo». Somos enviados por Jesús como testigos de lo que hemos visto y oído. Comparte cómo el Señor ha tocado tu corazón a través de María, testimonia la alegría de la fe que estos días hemos tocado y sentido. No podemos quedarnos perennemente en la gruta; la gracia recibida es para ser compartida con los hermanos, en nuestra tierra.
El evangelio de Mateo que hemos proclamado nos sitúa ante una escena bellísima. Unos amigos le presentan a Jesús a un paralítico en una camilla. El hombre no habla, no pide nada; son sus amigos los que muestran la fe, y es Jesús quien lee el fondo de su corazón. Parecía la escena que tantas veces hemos visto aquí, en Lourdes, donde cientos de camillas son portadas por voluntarios, muchos de ellos jóvenes, llenos de una profunda fe. Los amigos de aquel paralítico del evangelio parecerían vuestros antepasados. ¡Qué bella labor hacéis, qué importantes sois!
El Señor siempre necesita de instrumentos, mediaciones, para acercarse a la debilidad humana y sanarla. Sintámonos siempre mediaciones privilegiadas para acercar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a Dios que quiere curarlos.
Pero otras veces, no somos camilleros, somos, al llegar a Lourdes, como ese paralítico: cansados, heridos por la vida, o con parálisis interiores que nadie ve. Esos “pecados” o sentimientos de culpa que nos impiden vivir, que nos paralizan y nos postran, que nos hacen daño, que nos impiden caminar con alegría, que bloquean nuestra esperanza y nos hacen sentir indignos.
Y Jesús, antes de curarle las piernas, va a la raíz: «¡Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados». Qué palabra tan hermosa para escucharla hoy en Lourdes. En este lugar donde tantos se reconcilian con Dios, el Señor nos dice: «Te libero de lo que te pesa, te limpio el pasado, te devuelvo la dignidad, te quiero como hijo». Así comenzó también nuestra peregrinación, porque para sanarnos el Señor nos quiere primero perdonar. El perdón es el primer y gran milagro que aquí hemos recibido. El perdón que es la misericordia de Dios que siempre sana.
La orden final de Jesús al paralítico es el gran mandato para el final de nuestra peregrinación: «Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa».
- «Ponte en pie»: Recupera la dignidad de hijo de Dios. No estés postrado, no te quedes sin caminar con otros, tienes mucho que vivir y en lo que crecer.
- «Coge tu camilla»: La camilla representa nuestra historia, nuestras debilidades, las cruces que cargamos. Jesús no borra mágicamente nuestro pasado, pero nos da la fuerza para cargar con él sin que nos aplaste. La camilla que antes nos cargaba a nosotros, ahora la cargamos nosotros a ella gracias a la fe.
- «Vete a tu casa»: Regresa a tu tierra, a nuestra tierra gallega, a tu entorno cotidiano. Que también se pueda decir de nosotros como se dijo del paralítico: al ver caminando al enfermo, la gente «quedó sobrecogida y alababa a Dios». Esa es nuestra misión al volver: que quienes nos rodean sospechen que Dios existe y hace grandes cosas al vernos regresar con el corazón transformado. Porque no es lo mismo vivir con Dios que sin Él.
Aquí, en la gruta, Bernardita vio a la Virgen. Bernardita era una joven humilde, una “pastora” al estilo de Amós, a quien el Señor eligió para recordar al mundo la importancia de la oración y de la conversión. María nos mira hoy con la misma ternura con la que Jesús miró al paralítico. Ella conoce nuestras parálisis y nos presenta a su Hijo.
Que al terminar esta peregrinación diocesana, nos acojamos a su intercesión. Que no tengamos miedo de volver a casa cargando nuestra camilla con alegría.
Madre de Lourdes, danos un corazón profético como el de Amós, una fe comunitaria como la de los amigos del paralítico, y la alegría de volver a nuestros hogares tras haber sido curados por la misericordia de Dios. Amén.
Jueves 2 de julio de 2026











Nacido en Ferrol el 21 de abril de 1983. Realiza los estudios posobligatorios, hasta COU, en el Colegio Tirso de Molina de los PP. Mercedarios en Ferrol.
Nacida en Ferrol (A Coruña) el 24 de mayo de 1972.




















